Javier Esteinou Madrid*
La interpretación y difusión que le dio el modelo de comunicación epidémico de la Cuarta Transformación a la severa pandemia del SARS-CoV-2 ante la opinión pública, se enfocó fundamentalmente en la entrega de estadísticas diarias de muertos, numero de contagiados, cantidad de hospitalizados, porcentaje de casos recuperados, cambios en la gráfica epidémica, compra de vacunas, avance de ciudadanos vacunados, algunos pequeños comentarios al respecto, etc.; pero nunca se dimensionó el suceso como un mega evento social dentro del largo ciclo de la historia nacional.
Cuando más, en el mejor de los casos, se ubicó como una crisis de salud grave que existía en el país y debía atenderse para que no afectara más la dinámica económica que estaba en fuertes tribulaciones, el funcionamiento social y el futuro proceso electoral intermedio de 2021.
Dicha conducción comunicativa sobre el cálculo de la mortalidad por la pandemia produjo la versión de la existencia simultánea de un doble país: por una parte, la nación fantasiosa creada por la Secretaría de Salud donde la crisis sanitaria estaba “domada”, el número de muertos era “normal”, el manejo fue “exitoso”, los recursos médicos existían en abundancia, el personal especializado trabajaba sin obstáculos, no habría rebote epidémico, las vacunas nos salvarán rápidamente, etc.; y por otra parte, el crudo México real, donde la mortandad fue exponencial, el contagio estaba fuera de control, los medicamentos no alcanzaban, el cupo hospitalario quedó desbordado, el personal médico se encontraba exhausto, la gráfica del contagio no cedía, la economía continuaba estacada, el sistema educativo se mantenía paralizado, las funerarias y crematorios no paraban de incinerar cadáveres, etc.
Todo ello construyó comunicativamente un país esquizofrénico donde la narrativa, la propaganda, el discurso, la oratoria y las cifras oficiales, no representaron las dolorosas circunstancias que enfrentó la población en tierra, creando artificialmente otra representación mediática de la realidad ante la percepción de los ciudadanos para salvar la imagen del gobierno en turno.
La reinterpretación histórica
Con el fin de no colocar de manera aislada o descontextualizada la enorme relevancia del fenómeno epidémico del Coronavirus y lograr asimilar con mayor claridad la proporción histórica alcanzada por el mismo en el periodo 2020-2021 en México, es necesario contrastar el total de seres humanos fallecidos por la pandemia, frente al panorama total de muertes acontecidas a lo largo de las principales etapas cruentas de la historia nacional.
De esta forma, se podrá enmarcar dentro de un horizonte social de larga evolución temporal la trascendental dimensión que adquirió la epidemia del Covid-19 en la República, más allá de la exposición de frías, atomizadas, imprecisas y discrecionales cifras propaladas diariamente por la publicidad del gobierno de la Cuarta Transformación: colocar los hechos en el amplio contexto de la historia y no en la chata y fugaz cuadrícula cotidiana que impide su valoración con perspectiva histórica totalizadora.
En este sentido, con el fin de asimilar correctamente la magnitud del suceso sanitario desde otro ángulo epistemológico es necesario sacarlo del encuadre paralizante de la narrativa oficial y colocarlo dentro del marco amplio de la historia para entender la verdadera envergadura que le corresponde reconocerle.
Para obtener esta nueva claridad histórica, se requiere confrontar las cifras mortuorias elaboradas por los investigadores independientes sobre el Covid-19, contra el universo numérico de fallecimientos consumados aportados por los historiadores durante los principales veinte episodios bélicos y cruentos de la historia de México.
De esta forma, para ponderar con mayor lucidez la dimensión trascendental que adquirió la epidemia del Coronavirus a lo largo de los principales hechos históricos de evolución de la nación, se deberá contrastar el saldo luctuoso de la pandemia en un momento dado contra el saldo mortuorio ocurrido, por ejemplo, en la Guerra de Independencia; los ataques Comanches, Kiowas y Apaches en el Norte; la Primera Intervención Francesa; la Guerra de Texas; la Invasión Norteamericana; la guerra civil de Reforma; la Batalla de Puebla; la Segunda Intervención Francesa; la Guerra de Castas o Rebelión Maya en Yucatán; la Revolución Mexicana; la Guerra Cristera; la epidemia de la Gripe Española; la masacre de la Plaza de Tlatelolco; el Genocidio de San Fernando o la “Masacre de los 72 Migrantes”; la “Noche de Iguala”; los homicidios dolosos cometidos en los últimos tres sexenios de los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN); y los feminicidios perpetuados en toda la República mexicana, entre otros.
Mediante dicho proceso de reconocimiento comparativo se podrá ubicar con mayor transparencia el peso histórico específico que alcanzó la pandemia del Coronavirus como fenómeno social en el devenir actual de México: el método comparativo simplifica la asimilación de lo complejo y evita extraviarse en el vértigo fragmentado de la cotidianeidad.
Un mega desastre desde el siglo XVIII
Partiendo del escenario luctuoso por los que atravesó la sociedad mexicana en los diversos eventos históricos anteriores durante los últimos tres siglos en base a la población total existente en cada etapa del desarrollo nacional y confrontándolo con la respectiva situación mortuoria actual en México; una investigación académica que realicé constató que el impacto fúnebre de la epidemia del Coronavirus superó la numeralia de decesos de múltiples acontecimientos centrales en la evolución de la República.Así, tomando como punto de inicio la cifra de 514,542 fallecidos ocasionados por la pandemia de Covid-19 en el país calculados al 25 de marzo de 2021 por los analistas independientes –medición más profesional y precisa sobre el total de difuntos con su correspondiente exceso de mortalidad—; y comparándolo con el total de 126,014,024 de habitantes en ese momento en el territorio nacional, el porcentaje mortuorio en México fue de 0.40%.
Por lo tanto, cotejando ese porcentaje con la proporción luctuosa de cada uno de los 20 acontecimientos más destacados en los últimos tres siglos en la República mexicana; el estudio efectuado concluyó que el saldo trágico de la pandemia hasta marzo de 2021 superó trece de los principales eventos mortuorios medulares de los últimos 300 años de la historia de la sociedad mexicana.
De esta manera, la crisis sanitaria en México por el Covid-19 desbordó el total de fallecidos acumulados en las Guerras Comanche-Kiowa-Apache contra mexicanos (0.05%) (1821-1848); la Guerra de Texas (0.02%) (1835-1836); la Primera Intervención Francesa o “Guerra de los Pasteles” (0.0012%) (1838-1839); la invasión norteamericana (0.33%) (1846-1848); la Batalla de Puebla (0.0063%) (1862); la masacre de las Tres Culturas en Tlatelolco (0.000675%) (1968); el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) (0.00023%) (1994); el genocidio de San Fernando o “Masacre de los 72 Migrantes” (0.000063%) (2010); la ejecución de la “Noche de Iguala” (Ayotzinapa) (0.000035%) (2014); los asesinatos del crimen organizado en los sexenios del expresidente Vicente Fox (0.056%) (2000-2006); Felipe Calderón (0.10%) (2006-2012); Enrique Peña Nieto (0.12%) (2012-2018); y el total de los feminicidios cometidos en el país (0.0035%) (2015-2021).
Los únicos casos de decesos que no excedió hasta tal momento fueron los provenientes de la Guerra de Independencia (4.61%) (1810-1821); la Guerra de Reforma o “Guerra de Tres Años” (2.26%) (1857-1861); la Segunda Intervención Francesa (0.70%) (1862-1867); la Guerra de Castas o “Rebelión Maya” (1.79%) (1847-1901); la epidemia de la “Gripe Española” (2.14%) (1918); la Revolución Mexicana (7.67%) (1910-1921); y la “Guerra Cristera” (1.54%) (1926-1929) en México.
En síntesis
La dimensión de las consecuencias mortales derivadas de la pandemia del Covid-19 en México fue de tal magnitud desproporcionada que excepto el saldo fúnebre de siete importantes eventos, en todas las demás guerras internas, invasiones extranjeras, enfrentamientos armados, rebeliones civiles, masacres sociales y acciones del crimen organizado que sucedieron en México desde el siglo XVIII hasta la fecha, todos ellos fueron superados por el universo de mortalidad provocado por el SARS-CoV-2 hasta el 25 de marzo de 2021, aventajándolos en algunos casos más de quince veces.
A este panorama obligadamente hay que agregar que las cifras por decesos y contagios vinculados con los efectos de la epidemia continuaron ascendiendo de forma constante en el país después del 25 de marzo 2021 a la fecha. Por ejemplo, a diferencia de los datos computados en marzo sobre el universo de fallecidos e infectados por Coronavirus –base para efectuar este análisis–; para el 20 de mayo de 2021 tales números se transformaron sustancialmente, pues el total oficial de muertos aumentó a 221,080 (multiplicado por el factor 2.57 de los cálculos de analistas independientes) arrojó una cifra real de 568,175 fallecidos (9.05% más), con 2,390,542 casos de contagios positivos (9.26% más) confirmados en el país.
Debido a ello, la cuantificación sobre la gran trascendencia social de la crisis sanitaria del Coronavirus continúa rebasando constantemente los principales eventos luctuosos acontecidos durante el largo ciclo histórico de los últimos tres siglos en el devenir nacional ocupando, cada vez más, un lugar más destacado en el horizonte patrio y no uno marginal. Esto confirmó, cada vez más, con vigorosa contundencia matemática la superioridad letal creciente de la pandemia del Covid-19 sobre otros acontecimientos trágicos registrados en la memoria profunda de México.
Frente a la gran potencia luctuosa de dicho drama humanitario en México, es indispensable preguntar cuántas de estas muertes se podrían haber evitado, si la problemática epidémica se hubiera manejado con criterios científicos y no políticos y si se hubiera instrumentado correctamente un modelo de comunicación adecuado para orientar los comportamientos sociales con el fin de combatir la evolución de la pandemia.
Al respecto el panel independiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la crisis de salud en el mundo, determinó que debido a que el gobierno mexicano encaró la epidemia con un “Sistema de Salud” fragmentado por su reestructuración desordenada, debilitado por su mala planificación, recentralización de los servicios, monopolización de los recursos médicos, desmantelamiento del Seguro Popular y, baja inversión del gasto público para apoyar la economía e inversión; no se pudo evitar la muerte de 190,000 personas fallecidas hasta diciembre de 2020. Cantidad que pudo ahorrarse si el gobierno federal hubiera adoptado un proyecto sanitario para el manejo de la pandemia más científico y no político.
Redimensionar la epidemia
Dicho panorama constató que la existencia de la crisis pandémica en México no puede concebirse como un suceso colectivo menor que se pueda menospreciar sosteniendo que “¡no pasa nada!”, “¡podemos besarnos y abrazarnos!”, “¡la curva ya está aplanada!”, “¡el cubrebocas no nos protege!”, “¡podemos blindarnos con detentes y estampitas!”, “¡hemos tenido éxito frente a la epidemia!”, “¡es normal lo que sucede!”, “¡somos un ejemplo para el mundo en el manejo de la pandemia!”, “¡no hay que vacunar preventivamente a los médicos privados!”, etc.; sino que hasta ese momento la epidemia del Covid-19 fue el octavo hecho funerario más relevante de los últimos 300 años en los anales de la República.Debido a ello, el errático manejo de la epidemia del SARS-CoV-2 por el gobierno morenista de la Cuarta Transformación Histórica junto con la proliferación de comportamientos irracionales de la población, ocasionaron el octavo evento fúnebre más descomunal en los últimos tres siglos de toda la joven historia de México, dejando una profunda devastación demográfica, económica, laboral, social, educativa, psíquica y emocional de enorme magnitud que marcó de forma negativa las bases de la vida contemporánea de los ciudadanos mexicanos en la segunda y tercera década del siglo XXI.

