junio 07, 2026

El síndrome de Charles Atlas y mi figura de faquir

El síndrome de Charles Atlas y mi figura de faquir

 

Bolivar Hernandez*
Para los nacidos a mediados del siglo XX, la figura de Charles Atlas es legendaria por su extraordinario cuerpo conseguido con esfuerzos musculares inéditos.
Este fisicoculturista tuvo en su época 6 millones de seguidores en todo el mundo. Su propaganda era eficaz. Decía su cartel:
Yo también fui un alfeñique de 44 kilos.
El término alfeñique era despectivo, y significa persona de aspecto delicado y una condición física débil.
Charles Atlas no era estadounidense sino de origen italiano. Su nombre verdadero era Angelo Siciliano, y nació en 1892; a los 12 años, en 1903, emigró a los Estados Unidos con su familia. Y radicaron en Brooklyn, Nueva York.
De niño y adolescente él fue un chico delgado y debilucho, y muy acosado por sus compañeros de la escuela, quienes abusaban de él.
Cansado de su famélico físico, decidió asistir a un gimnasio y modificar su cuerpo. Inspirado en la histórica y mítica figura de Hércules, cuya musculatura era espectacular.
Cuando pudo formar una musculatura similar a la de Hércules, un compañero del gimnasio le dijo:
Te pareces a la estatua de Atlas que está en el vestíbulo.
Y de ahí se cambió el nombre y se puso legalmente Charles Atlas. Atlas era un personaje mitológico muy musculoso que cargaba en sus hombros al mundo entero.
Su primer empleo fue en un circo donde lo anunciaban como el hombre más fuerte del mundo.
Tensión dinámica, el método
Charles Atlas patentó su novedoso método llamado Tensión dinámica, que consisten en tensar y relajar los músculos paulatinamente.
Son una suerte de ejercicios isométricos y rítmicos, sin aparatos mecánicos. Consistentes en tensar y aflojar. Oponiendo la fuerza de un músculo contra otro.
Este método lo descubrió en una visita al zoológico, donde observó a un león enjaulado muy musculoso a pesar del cautiverio, cuyos movimientos era de tensión y relajamiento muscular.
Los jóvenes de la posguerra como yo, vimos en Charles Atlas un ejemplo a seguir. Anhelábamos poseer un cuerpo atlético para impresionar a las chicas de entonces. Y con un método sencillo y económico.
Debo confesar que yo sí fui un alfeñique de 44 kilos, durante mi adolescencia. Y preocupado por el poco desarrollo físico alcanzado naturalmente, decidí hacer ejercicios físicos intensivamente.
Lograr aumentar la masa corporal era la inquietud
Mi figura era la de un faquir, esos seres esqueléticos siempre sentados y meditando sobre un tabla con clavos sin experimentar dolor.
A los 28 años busqué un buen gimnasio en Coyoacán, barrio típico de la Ciudad de México. Vivía en esa época en los condominios de Altillo Universidad, en el número 1900. Bastante cerca de la Ciudad Universitaria, CU.
Ese gimnasio frente a mi condominio situado en Miguel Ángel de Quevedo, casi al lado de Aurrerá, ese enorme supermercado de la época, resultó ser el gimnasio de los actores y actrices de moda.
Ahí compartí espejos y aparatos, y sauna, con un actor guatemalteco que triunfó en el cine mexicano, él era Jorge Rivero. Tenía más músculos que cerebro.
Asistía religiosamente al gimnasio, quiere eso decir que con mucha fe, y los resultados eran especialmente nefastos. No subía de peso y no lograba tampoco aumentar la masa muscular. Un desastre aquello y una gran frustración para mi instructor personal. Las pesas me pesaban demasiado, no podía con ellas.
Cuando me pasé a vivir a la Condesa, otro barrio emblemático de la CDMX, busqué un gimnasio y encontré uno muy bueno que estaba atrás del Sears de Insurgentes, en la calle de Medellín.
También ahí acudían chicos y chicas jóvenes con aspiraciones de figurar en la televisión o en el cine. A ellos les exigen los productores unos cuerpos bien formados. Y se matan todos haciendo demasiado ejercicio y tomando un montón de anabólicos.
Todo lo que escuchaba dentro del baño de vapor o sauna
Era para matarse de la risa. Sus problemas contados en voz alta no eran problemas, sino que eran puras babosadas intrascendentes.
Yo hacía pesas con un instructor a mi lado que me apoyaba mucho, y nunca vi ningún resultado favorable. Otro instructor más frustrado con mi poco o nulo avance muscular.
Después de 20 años de insistir con los gimnasios y seguir flacucho, opté por convertirme en un corredor, lo que significó adelgazar más. Quemaba todas las calorías acumuladas en el día anterior.
Entrenaba todos los días para poder correr 10 kilómetros, tanto en los Viveros de. Coyoacán como en El Sope, en la segunda sección del bosque de Chapultepec.
A mis 50 años decidí practicar el ciclismo a campo traviesa
Dejé de correr. Y desde entonces no me bajo de la bicicleta. Ya son 27 años pedaleando todos los días. Y sigo flaco y muy contento.
Mi ideal de ser como Charles Atlas, lo abandoné hace muchas décadas. Ahora, resignado, a no tener una musculatura como la de Hércules, acepto mi condición de atleta con poca masa muscular.
Apuesto ahora más por los ejercicios cardiovasculares. Y me siento extraordinariamente sano a mi edad.
Llegué a correr 20 kilómetros con buenos tiempos, y ahora solo corro… ¡al baño!
¡Hasta pronto desobedientes!
*La Vaca Filósofa
Fotos: mattv10/Pavel-Jurca

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