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El breve y más violento conflicto interno que incendió Kazajistán en los primeros días del año se apagó, aunque todavía sus causas no son totalmente conocidas. Por la información disponible se observó allí una dinámica ya ocurrida en otros países puestos en la mira de los planes estratégicos de los altos círculos hegemónicos del Atlántico Norte: protestas populares pacíficas con demandas socioeconómicas, o políticas que desembocan en actos violentos de grupos armados bien organizados representando intereses políticos y económicos internos y externos. Así, la dura reacción del gobierno kazajo y la pronta intervención de una fuerza de paz de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), liderada por tropas de élite rusas, no sólo abortó con rapidez la sublevación, sino que envió también a las capitales occidentales correspondientes un mensaje categórico: no hay espacio para sus habituales juegos geopolíticos en el área de la integración euroasiática emprendida por la Federación Rusa y por China.
A propósito, cabe anotar que el ruidoso episodio haya ocurrido en vísperas de las rondas de negociaciones entre Rusia y Estados Unidos y sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para reducir las tensiones en lo que toca a la situación de Ucrania.
El país más grande de Asia Central, Kazajistán es el noveno en extensión del mundo, pero con una reducida densidad demográfica (19 millones de habitantes distribuidos en sus 2,7 millones de kilómetros cuadrados). Dispone de abundantes recursos energéticos y minerales y comparte nada menos que 7.644 kilómetros de frontera con la Federación Rusa y 1.533 con China, lo que lo hace una parte vital de los proyectos de infraestructura de la Iniciativa Cinturón y Ruta china y de la Unión Económica Euroasiática encabezada por Rusia.
Desde el derrumbe de la Unión Soviética
Fue gobernado por 29 años por el expresidente Nursultán Nezarbayev, quien renunció en 2019, para ser sustituido por Kassim-Jomart Tokayev. En la práctica, como en otras antiguas repúblicas soviéticas, el poder real lo ejerce un grupo que controla las principales actividades económicas con socios extranjeros. En estas circunstancias, tanto Nazarbayev como su sucesor se empeñaron en promover una política exterior relativamente equilibrada entre Rusia, China y Occidente; no obstante, la participación de elementos externos en la sublevación, puede alterar ese equilibrio.
Los disturbios se iniciaron el 2 de enero en protesta por la elevación de los precios del gas licuado de petróleo (GLP), a causa del retiro de los subsidios al combustible, que mueve la mayoría de los automóviles del país y cuya producción está en manos de empresas estatales y privadas, inclusive extranjeras. El descontento, iniciado en Zhanaosen, la ciudad petrolera del sudeste del país, se extendió en los días siguientes a otras ciudades, entre ellas Almaty, centro económico y financiero, y a la capital Nursultan, grupos armados atacaron instalaciones, oficinas y edificios públicos y se enfrentaron a las fuerzas de seguridad del gobierno, en los que resultó patente el entrenamiento militar de los atacantes.
Obsérvese que estos actos sucedieron después de que el gobierno aceptó reducir los precios del combustible.
El día 5, mientras los choques entre los insurgentes y las fuerzas de seguridad se ampliaban, provocando decenas de muertes, en especial de civiles, Tokayev anunció la prisión del jefe del Consejo de Seguridad Nacional, Karim Massimov, por “alta traición”, y la renuncia del presidente del consejo, el expresidente Nazarbayev. Las medidas tienen toda la cara de una disputa interna por el poder y la posible participación de Massimov con los revoltosos, un exbanquero que fue primer ministro y jefe de gobierno de Nazarbayev.
Al mismo tiempo, Tokayev pidió el apoyo de la OTSC, la que en poco más de 24 horas envió al país una fuerza de 3 mil militares de Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán y Tayikistán, la mayor parte de ellos integrantes de una brigada blindada de fuerzas especiales rusas. La fuerza se destacó para proteger los aeropuertos de Almaty y de Nursultan y las instalaciones estratégicas del gobierno, lo que liberó a las fuerzas de seguridad kazajas para enfrentar a los insurgentes y para actuar como una reserva, si el caso lo amerita. La sorprendente rapidez de la movilización y el desplazamiento de la misión, transportada en más de 70 aviones de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas, le proporcionó al Kremlin una demostración de la gran capacidad operacional de sus Fuerzas Armadas, que se mostraron aptas para intervenir de inmediato con unidades de considerable poder de fuego en zonas de interés directo de Moscú.
Los enfrentamientos armados causaron la muerte de cerca de 190 personas, entre ellos civiles y 18 policías y militares kazajos, de los cuales dos fueron decapitados, lo que refuerza la sospecha de la participación de mercenarios islámicos provenientes de Siria y de Afganistán. Más de 1.300 integrantes de las fuerzas de seguridad resultaron heridos y cerca de 500 vehículos policiacos fueron incendiados. El gobierno anunció la detención de 12 mil personas sospechosas de participar en la insurgencia y las investigaciones revelarán más detalles sobre los participantes y sus mandos.
Ataque terrorista
En conversación por video con el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, Tokayev fue categórico (10/01/2022):
No tengo duda de que fue un ataque terrorista. Un acto de agresión bien organizado y preparado contra Kazajistán, con la participación de militantes extranjeros. Ellos son, principalmente, de países centro asiáticos, en particular de Afganistán. También había militantes del Oriente Medio. El objetivo era formar una zona de caos controlado en Kazajistán, seguido de la toma forzada del poder. Por eso se inició una operación de contraterrorismo.
En una video conferencia de emergencia de la OTSC, el 10 de enero, el presidente ruso, Vladimir Putin, fue igualmente enfático al señalar a los responsables:
“Entendemos que la amenaza al Estado de Kazajistán no fue causada por protestas espontáneas contra los precios de los combustibles, sino por el hecho de que fuerzas internas y externas destructivas se aprovecharon de la situación. Las personas que protestaban contra la situación del mercado del gas son personas que tienen los mismos objetivos y las que tomaron las armas y atacaron al Estado son personas completamente diferentes y tienen objetivos diferentes. Al mismo tiempo, se utilizaron tecnologías Maidan para apoyar las protestas”.
La mención de las “tecnologías Maidan” es una referencia directa al exitoso cambio de régimen promovido en Ucrania en 2014, luego de que las protestas iniciadas en la icónica plaza Maidan de la capital ucraniana, Kiev, se manipularan para derrocar al entonces presidente pro ruso Viktor Yanukovich. Pero, en seguida, para no dejar lugar a dudas, Putin Trasmitió un mensaje claro a quien corresponda: “Los acontecimientos de Kazajistán no son los primeros ni será la última tentativa de intervención de afuera. No permitiremos la introducción de escenarios de revolución de colores”.
La intervención de la OTSC recibió de inmediato el apoyo de China -la que, posiblemente, pudo ser acordada con Pequín. En conversación telefónica con su colega ruso, Serguéi Lavrov, el canciller chino, Wang Yi, afirmó: “China y Rusia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y vecinos amistosos de los países centroasiáticos, deben evitar que el caos y la guerra estallen en la región” (Global Times, 12/02/2022).
En resumen, tanto de Moscú como de Pequín, el mensaje es claro: se acabaron las “revoluciones de colores”, especialidad del menú geopolítico de la Alianza Atlántica.

