Bolivar Hernandez*
Memorias del subdesarrollo, fue una famosa película cubana filmada en los primeros años de la revolución 1968, en la cual se retrata la vida de Sergio, un pequeño burgués en La Habana, que decide quedarse en la Isla mientras su familia se va a Miami, huyendo de los barbudos que tomaron el poder.
Utilizó ese título certero para contar mi historia del retorno a Guatemala, y a la finca en particular.
Me fui a estudiar a México en 1964, y nunca volví como se lo prometí a mi padre, y fue por varios motivos: Matrimonios, hijos, trabajos interesantes, y mi gusto por vivir en una gran urbe como lo era el Distrito Federal, a mediados del siglo XX.
Después de residir por 44 años en la Ciudad de México, en el 2008, enfermo gravemente de cáncer, batalló contra esa enfermedad como un guerrero samurái dispuesto a jugarme la vida por vida. En 2010 logró sanar en definitiva, y mis hermanos me ofrecen una estancia en Guatemala para la convalecencia, y decido volver a la patria.
Desde el 2010 hasta el 2022, son 12 años que han sido de idas y vueltas, entre México y Guatemala, y en el ínterin estuve 8 años continuos en México hasta el inicio de la pandemia del COVID-19, cuando vuelvo otra vez a la patria y, desde ahí, no me he movido de Guatemala.
El caso es que para mí, regresar a esta nación centroamericana, es como volver al país del cual salí hace 58 años, con pocos cambios sociales y políticos visibles.
Sigue siendo esta sociedad clasista y, sobre todo, racista, con estructuras coloniales encabezadas por los criollos descendientes de aquellos del siglo XVI. Las desigualdades sociales, regionales y económicas son lacerantes.
Una sociedad patriarcal rígida, premoderna, prejuiciosa
Las mujeres ocupan un sitio subordinado a los varones. Inclusive muchas mujeres de clase media y estudiada, se casan y de inmediato usan el apellido del marido añadido al suyo de soltera. En algunos casos, desaparecen voluntariamente los apellidos de soltera de las mujeres, para usar el apellido del hombre con el que se casaron.
A lo largo de mis estancias en la Ciudad de Guatemala, he conocido varías mujeres con pretensiones de tener una relación sentimental, lo cual es toda una odisea. Aceptan las pretensas invitaciones a desayunos y almuerzos, solamente, ya que una cena puede prestarse a un encuentro sexual (!!)
Mi última aventura, en ese sentido, ocurrió hace mucho tiempo. Conocí a una atractiva mujer de 55 años, exitosa empresaria farmacéutica, madre soltera, que vivía con su madre de 90 años, a la cual había que pedir permiso, autorización, para asistir a un restaurante a almorzar.
Desistí del intento romántico por esas extravagancias pueblerinas.
En mi ausencia del país por 48 años, la sociedad guatemalteca dejó de ser mayoritariamente católica, y se tornó evangélica, protestante. El avance de las Iglesias evangélicas es avallasador. Hasta mi familia extensa hizo la conversión del catolicismo al protestantismo. Por ese motivo dejé de frecuentar las reuniones familiares, que ahora incluyen sermones y predicas interminables.
La mayoría de los conductores de taxis son evangélicos y predican sin recato a sus pasajeros. A mi siempre me llenan de bendiciones al concluir el trayecto contratado.
Es posible que la resistencia de muchas personas a aplicarse las vacunas COVID-19, tenga relación directa con su conversión al protestantismo, al igual que ocurre en los EU, donde consideran la pandemia obra del diablo, de satanás.
Quiero relatar dos incidentes recientes, típicos de un país subdesarrollado
Me corto el cabello cada 15 días porque me crece muy rápido; conseguí un peluquero joven para esa tarea tan frecuente. Uso un corte fácil de realizar, muy corto, y con una raya horizontal del lado izquierdo, hecha con cuidado y con navaja.
Le comenté: Me voy a México de vacaciones, hazme la raya un poco más ancha, por favor. Y la hizo tan ancha y tal como la usan los pandilleros, las maras salvadoreñas, que me avergonzó demasiado lucir así, mi cabello en México. Nunca más volví con este peluquero inepto y abusivo.
Ahora voy a contar mi experiencia con un sastre, al cual acudí para confeccionar un chaleco elegante para vestir con propiedad.
Me dijo: Yo trabajo muy bien los chalecos, tengo suma experiencia en eso.
Me presento en la sastrería, me toma las medidas meticulosamente, selecciono los casimires que me agradan, todo va perfecto. Y me cita para dentro de 15 días. Cumplido el plazo para la entrega del chaleco fino y elegante, asisto ilusionado a la sastrería a recoger mi capricho.
Lo saca de una bolsa de plástico, me lo pongo y… ¡no me queda! No me cierra, le faltan 4 centímetros para poder abotonarlo.
No lo puedo creer, ver tanta ineficiencia del sastrecillo valiente, y se queda impávido observando su desaguisado evidente. Tomé con furia el chaleco y salí de ahí encabronado.
Soy un hombre paciente, tolerante, buena onda con los artesanos en general, pero confieso que ahora sí tuve la intención de colgar de los pulgares al peluquero y al sastre también. O intentar crear nuevos castigos corporales.
Como diría Cristina Pacheco, del Canal 11, Aquí nos tocó vivir, y ni modo de cambiar de país otra vez por no poder cambiar a estos individuos. Me quedo en la finca y con una paciencia franciscana, sonreiré cada vez que busque un técnico, obrero, artesano, y que me ofrezcan sus magníficas habilidades.
Es difícil vivir en una sociedad que va entrando apenas al siglo XX, sí, dije siglo XX, cuando he vivido en otras sociedades más modernas y desarrolladas. ¡Acepto mi realidad!
¡Que viva el Tercer Mundo!, ya que es encantador y fascinante para un escritor como quien escribe, su seguro servidor.
*La vaca filósofa.

