Bolivar Hernandez*
He sido toda mi vida un gourmet selectivo, porque como muy bien, saludable y con un gusto por los platillos exquisitos. Debo admitir que no como carne, ni mucho menos vísceras. Vale hacer unas observaciones al respecto, soy vegetariano de la secta ovo-láctica. Y también, como algunos mariscos como langostinos, langosta y camarones. Pescados, no.
Y entre las verduras, hay algunas que detesto absolutamente como los brócolis. Después de pasar por un cáncer, éste era un alimento muy recomendable para ese maligno padecimiento; y los comí en exceso.
Disfruto de muchos tubérculos como papa, camotes, malanga, yuca y jícama.
Pese haberme criado en un hogar de clase media, donde se comía muy bien, mi gusto por la comida era muy limitado, más por lo melindroso que fui de niño con la comida, que por otras razones.
Confieso que mis esposas jugaron un papel fundamental en convertirme en un gourmet, ya que ellas tenían una cultura culinaria amplia. Con ellas conocí los espárragos y las alcachofas, y hasta la fecha continúo consumiéndolos.
Durante mi juventud
Estuve viviendo en un internado de la escuela normal, varios años comí muy mal. Y luego, en las casas de estudiantes, los alimentos eran escasos y sin chiste, y comí muy mal; peor que en el internado.
Hasta que me casé empecé a comer bien, muy bien, y con platillos exquisitos. Mi primera esposa era una excelente cocinera y la última también, a las otras se les “quemaba el agua”.
Tengo el hábito de comer siempre en restaurantes baratos y muy caros. Por razones de trabajo y por puro gusto de comer bien, acudo seguido a los establecimientos gastronómicos de mi agrado.
Hace algunos años tuve una crisis financiera terrible, no tenía para pagar la renta de mi casa de soltero, ni para comer. Mi sueldo estaba embargado por una de mis exesposas. Caí en la indigencia absoluta.
En esa época, el gobierno de la Ciudad de México creó un sistema de comedores comunitarios, ollas comunes, cocinas de barrio, para la población desposeída o en pobreza profunda.
Una comida costaba 10 pesos, y consistía en una sopa desabrida, de verduras, por ejemplo, con un trozo de zanahoria flotando en el agua caliente. Arroz, frijoles de la olla (parados). A veces, carne de res o de pollo y, ocasionalmente puerco; agua de sabor (limonada, naranjada o jamaica), apenas pintada y poca azúcar. Esas comidas se acompañaban con muchas tortillas, las llenadoras. No se podía repetir, no era buffet.

Los usuarios de los comedores comunitarios
Para poder ingresar, hacíamos una larga fila (100 personas en promedio) y nos sentábamos en mesas muy largas para unas veinte personas cada una.
Quienes éramos esos hombres y mujeres miserables, indigentes en su inmensa mayoría, por 10 pesos podíamos comer una vez al día. Durante la comida se congregaban: pordioseros, limosneros, prostitutas, niños de la calle, policías, vendedores ambulantes, ladrones, drogadictos, alcohólicos, comerciantes, payasos callejeros, empleados de baja estofa, y yo.
En esos comedores públicos se habla poco, lo mínimo, entre los comensales. Y todos los días éramos los mismos. Nos saludábamos con un ademán que consistía en elevar el brazo derecho y moviendo la mano, como si fuera un abanico.
Me hice amigo de las cocineras de varios comedores comunitarios del Centro Histórico de la Ciudad de México, y como siempre lo he hecho, era para tener un trato preferente en el servicio. Más comida por No comer carne.
Entre todos esos seres miserables, indigentes y marginales, llamaba la atención mi presencia ahí, sospechaban todos de mi. Principalmente, las dudas eran de los encargados de la cocina, pensaba que yo era un espía del gobierno para detectar fallas o anomalías en el servicio.
La aventura en esos comedores comunitarios se prolongó por varios meses, y siempre llegué en mi bicicleta, con la cual entraba hasta la cocina, y me lo permitían.
Un día mi vida cambió radicalmente pues obtuve un trabajo bien remunerado. Y con prestaciones sociales, gracias a un buen amigo a quien ayudé en otra época.
Mi vida de comensal ha transcurrido entre mesas de la realeza europea, como es el caso de mi amigo, un Conde francés, y convivios con la burguesía añeja de México, hasta almuerzos con los desheredados de la tierra.
¡Hasta pronto amigos del buen comer y del buen beber!, la vida es bella y fascinante.
*La Vaca Filósofa

