abril 21, 2026

A 80 años de la victoria de Pekín

A 80 años de la victoria de Pekín

China celebró, el pasado 3 de septiembre, los ochenta años de la victoria en la Guerra mundial antifascista, como los chinos se refieren a la Segunda guerra mundial. La fecha recuerda la capitulación oficial de Japón, el 2 de septiembre de 1945.

Geraldo Luis Lino*

La ceremonia de este año marca también la consolidación de China como uno de los grandes protagonistas de la actual reconfiguración del orden de poder mundial, con la construcción de un marco multilateral de las relaciones internacionales que tiende a sepultar la hegemonía disfrutada desde 1945 por el bloque occidental encabezado en especial por Estados Unidos, luego del fin de la Guerra fría, a principios de la década de 1990.

Emblema de ese ascenso chino fue la presencia en Pequín de 26 jefes de Estados y de gobierno, entre los que destacan el presidente ruso, Vladímir Putin (quien viajara anticipadamente para asistir a la reunión cumbre anual de la Organización para la Cooperación de Shanghái, en la ciudad de Tianjin), el iraní Mazoud Pezeshkian y dos europeos, el Primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, y el Presidente de Serbia, Aleksandr Vicic, los únicos líderes occidentales presentes.

No menos simbólica fue la invitación extendida al ex primer ministro japonés Yukio Hatoyama, un crítico severo del revisionismo histórico creciente en su país, que busca “suavizar” la violencia superlativa que caracterizó la actuación de Japón en la guerra.

Esto no es tan sólo una mirada retroactiva a aquellos años de fuego y sangre, sino también a las coordenadas de una nueva era, un mensaje al mundo -un juramento oriental para la paz y un compromiso solemne para la construcción de una comunidad con un futuro compartido para la humanidad, proclamó el editorial del periódico Global Times.

El mismo texto advirtió:

“Mantener la Historia en mente sirve de solemne proclamación de los hechos de China como el principal campo de batalla de la Segunda guerra mundial y la afirmación resoluta de una perspectiva histórica correcta sobre la guerra. Por algún tiempo, en las narrativas de la guerra, ha habido una voz persistente que, intencionalmente o no, disminuye o pasa por alto la inmensa contribución de China en el principal campo de batalla oriental. Pero la verdad de la Historia no puede apagarse.”

Nuestros antepasados, nuestros padres y nuestros abuelos pagaron un precio enorme por la paz y por la libertad. Nosotros recordamos eso. Ese es el fundamento de nuestras conquistas de hoy y del futuro, recalcó Putin en el encuentro con el anfitrión, Xi Jinping, en la víspera del gran desfile militar que marcó la ocasión (RT, 02/09/2025).

La participación de China en la Segunda guerra mundial es la más desconocida de las de los grandes participantes del conflicto mundial, no obstante que haya sido decisiva para el resultado de la lucha en el Pacífico.

Después de la Unión Soviética, China fue el país más devastado, con un número de muertes todavía hoy no determinado con exactitud, aunque se estiman entre 15 y 20 millones de víctimas, la mayor parte civiles, en los 14 años de duración de la guerra con el agresor japonés.

A pesar de los enormes sacrificios, impuso una demoledora guerra de desgaste a Japón, que tuvo inmovilizados en el teatro chino cerca de dos tercios de sus tropas terrestres, sin conseguir el soñado objetivo de dominar con plenitud el país y la mayor parte de sus vastos recursos naturales, con excepción de Manchuria, donde instaló un régimen fantoche.

Hablando con todo rigor

La invasión japonesa fue tan sólo una parte de las atribuciones de China, la que, desde la década de 1920, enfrentaba una virtual guerra civil entre el gobierno del Partido Nacionalista de Chinag Kai-Shek (el Kuomitang). Los comunistas de Mao Tse-Tung y los señores de la guerra que gobernaban de facto varias provincias, principalmente en el Norte del país.

La expulsión de los japoneses, en 1945, marcó tan sólo un breve intervalo para la fase final de la guerra entre las fuerzas de Chiang y Mao, que culminó con la victoria de los comunistas en 1949 y el establecimiento forzado de los nacionalistas en Formosa, hoy Taiwán, con la protección de Estados Unidos. El costo humano extra se estima sin precisión entre los 3 y los 8 millones de muertes, nuevamente, la mayoría civiles.

Los japoneses llegaron, durante la guerra, a instalar un gobierno fantoche en Nanquín, encabezado por Wang Jingwei, exaliado de Chiang, que tuvo una breve duración y cuyo nombre es sinónimo de traición, tanto en China como en Taiwán.

La guerra se inició para China en 1931, con la invasión de Manchuria por el Ejército de Kwantung, la unidad militar más poderosa de Japón, que actuaba literalmente de forma autónoma del gobierno de Tokio. Aunque los comunistas de Mao iniciaron sus operaciones de guerrilla contra los invasores el año siguiente, Chiang prefirió conservar sus recursos (el ejército consumía el 70 por ciento del presupuesto del gobierno) para enfrentar a los comunistas.

Actuaba en la práctica como un señor de la guerra, más que como un líder nacional, siendo detestado por ello por la gran mayoría de los cerca de 500 millones de chinos.

Japón decidió, en 1937, tomar todo el país, lo que dio inicio a lo que muchos historiadores llaman la Segunda guerra chino-japonesa. Con movimientos rápidos hacia el Sur, las fuerzas invasoras tomaron Pequín, Tianjin, Shanghái y la entonces capital Nanquín, donde, en diciembre de ese año, luego de la fuga de Chiang, perpetraron la trágicamente célebre Masacre de Nanquín: El asesinato de más de 300 mil personas y la violación de decenas de miles de mujeres de todas las edades.

La Marina imperial japonesa logró imponer un eficiente bloqueo naval en 1939, que dejó a China aislada por mar, incluso antes de que el ejército japonés controlara el litoral chino. La respuesta fue la construcción de la Carretera de Birmania (la actual Myanmar), una hazaña de ingeniería de 1.154 kilómetros de extensión, construida entre 1937 y 1938 por 200 mil trabajadores que no disponían ni del mínimo equipo mecanizado. La carretera su usó para transportar abastecimientos y equipos militares hasta 1942, cuando los japoneses invadieron Birmania y la cerraron.

Foto: Ichigo121212

Apoyo de Estados Unidos

Con la entrada de Estados Unidos a la guerra, en diciembre de 1941, se incluyó a China en programa de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease) de ayuda militar, pero, con el cierre de la carretera de Birmania, los envíos se tuvieron que hacer por vía aérea a partir de India por la peligrosa ruta del Himalaya, conocida como “La joroba,” que cobró un alto precio en aviones y en vidas humana a la Fuerza Aérea estadounidense. La carretera se abrió de vuelta a principios de 1945, por las fuerzas chinas y estadounidenses.

Para el presidente Franklin Roosevelt, el apoyo a China era esencial para mantener en el país al mayor número posible de efectivos japoneses, los que, de otra forma, pudieran ser trasladados para reforzar las fuerzas en otros frentes de la guerra del Pacífico y dificultar sobremanera las operaciones estadounidenses.

Washington, de la misma forma, se empeñó en promover la unión de esfuerzos ente Chiang y Mao, con éxito apenas si limitado, pues el “Generalísimo” título del presidente) prefería ahorrar para enfrentar más tarde a los comunistas, incluso, desviando buena parte de los materiales enviados por Estados Unidos para tal fin.

Chiang gobernaba con mano de hierro la parte del país que dominaba, respaldado por una feroz policía secreta entrenada por la Gestapo nazi y por un séquito de acólitos dispuestos en posiciones claves del gobierno. En términos económicos y políticos, era dependiente de la poderosa familia Soong, de su mujer Mayling, la más rica del país y con contactos políticos y empresariales influyentes en Estados Unidos.

Un severo crítico de su gobierno era el agregado militar estadounidense, el coronel (luego general) Joseph Stilwell, quien pasó gran parte de su carrera en China y que, además de hablar con fluidez el mandarín, era un profundo conocedor del país, de su cultura y de su pueblo. En 1943 registró lo siguiente:

(Él) odia a los llamados comunistas. Pretende aplastarlos guardando las municiones que se le proporcionan y ocupa los territorios de ellos en cuanto se retiran los japoneses. No hará ningún esfuerzo para luchar seriamente. Quiere acabar la guerra moviéndose sin esfuerzo, con una gran cantidad de materiales, para perpetuar su régimen.

Washington envió en julio de 1944 al cuartel general de Mao en Yan’an, en la región central del país, a un grupo de diplomáticos y de militares con gran experiencia en el país, para intentar atraer a los comunistas a un frente común contra los japoneses y evaluar las perspectivas políticas para la postguerra. Para los integrantes de la Misión Dixie, que así se llamó a este grupo de expertos, no cupo duda que el escenario era favorable a los comunistas, los que, por otra parte, deseaban el respaldo de Estados Unidos para evitar la guerra que ya se dibujaba para arrasar el país.

En una conversación con el veterano diplomático John Service, nascido en China, Mao afirmó:

“China debe industrializarse. Esto se puede hacer -en China- con la libre empresa y con la ayuda del capital extranjero… Los intereses chinos y estadounidenses son correlativos y similares… Nosotros podemos y debemos trabajar juntos… Estados Unidos no debe recelar que nosotros no cooperaremos. Debemos cooperar y debemos tener ayuda estadounidense… no podemos correr el riesgo de cruzarnos en su camino -no podemos arriesgarnos a tener un conflicto con ustedes.”

En una carta dirigida a Roosevelt, Mao manifestó el deseo de viajar a Washington para presentar personalmente sus pretensiones para el país. Por desgracia para la Historia, todo el empeño fue saboteado por las maquinaciones del poderoso cabildo de la familia Soong, en Washington, y sus aliados en el espionaje militar estadounidense. La consecuencia fue el apoyo de Estados Unidos a Chiang en la guerra civil que comenzó poco después del fin de la invasión japonesa.

Michel van der Vegt

Fin de una guerra e inicio de otra

La ocupación japonesa de China estuvo marcada por atrocidades comparables a los crímenes cometidos por los nazis en Europa, superándolos en ocasiones, como en la Masacre de Nanquín. El ejército imperial instaló en Manchuria la tenebrosa Unidad 731, la que practicó horrendos experimentos de guerra biológica y química en decenas de miles de prisioneros civiles y militares. Así como ocurrió en Europa, luego de la guerra, en lugar de responder por sus crímenes de guerra, los especialistas de la unidad y sus documentos fueron reclutados directamente por Estados Unidos, ya con la mira puesta en el Guerra fría con los ex aliados soviéticos y chinos.

Manchuria fue el escenario final de la guerra, con la fulminante ofensiva del Ejército Rojo, que destruyó el Ejército de Kwantung en una semana y, con él, toda y cualesquiera intenciones de Japón de proseguir la lucha. Para no pocos historiadores, más que los ataques atómicos de Hiroshima y Nagasaki, el ataque soviético fue el factor decisivo de la rendición japonesa.

Terminemos con las palabras del historiador checo Ladislav Zemánek, investigador del Instituto China-CEE de Budapest e integrantes del Club de Análisis de Valdai:

Esa historia trae una clara alerta para el presente

Así como la política de la Guerra fría llevó a Occidente a encubrir y hasta a lucrar con crímenes fascistas, a las élites actuales en Washington, Londres y Bruselas están empeñadas en reescribir la Historia para servir a los nuevos choques.

Al minimizar los sacrificios de China y de la Unión Soviética y exaltar su propio papel, preparan a las sociedades occidentales a una nueva ronda de hostilidades. La memoria histórica se convierte en sí misma en una campo de batalla, donde las verdades incómodas de apagan y se crean narrativas para justificar la acumulación de tropas y el enfrentamiento geopolítico.

Fotos: MaoNo/ Pixabay/Michel van der Vegt 

About The Author

Maestra en Periodismo y Comunicación; directora de noticias, editora, jefa de información, articulista, reportera-investigadora, conductora y RP. Copywriter de dos libros sobre situación política, económica y narcotráfico de México; uno más artesanal de Literatura. Diversos reconocimientos, entre ellos la Medalla de plata por 50 Aniversario de Radio UNAM y Premio Nacional de Periodismo, categoría Reportaje.

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