La captura del presidente de Venezuela Nicolás Maduro, mediante una intervención militar estadounidense, para su posterior juicio en Nueva York, es un acontecimiento histórico que no se presta a análisis basados en perspectivas maniqueas o ideológicas, sino que debe evaluarse en el contexto de los turbulentos cambios que se están produciendo en la estructura del poder mundial.
MSIA Informa
En lugar de una captura, cada día aparecen más evidencias que indican que la madrugada del 3 de enero pasado, Maduro más bien fue entregado por un grupo de la cúpula del régimen chavista, interesado en reducir las tensiones con el gobierno de Donald Trump.
Sin tal acuerdo, la extracción de Maduro de una base militar por comandos transportados en helicópteros vulnerables al fuego de armas pequeñas y misiles portátiles, sin bajas entre los atacantes, sería prácticamente imposible.
Según la prensa brasileña en octubre pasado, la entonces vicepresidente Delcy Rodríguez, designada inmediatamente presidente interina con la aprobación explícita de Washington, participó en conversaciones con los representantes de Trump, en Catar. También titular del estratégico Ministerio de Hidrocarburos, ella, junto con su hermano Pedro Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, componen uno de los pilares del régimen chavista y de inmediato ella se manifestó dispuesta a un entendimiento con Estados Unidos.
Igualmente relevante es el hecho de que la diáspora venezolana en el extranjero, estimada en unos 8 millones de personas —una cuarta parte de la población del país—, recibió con entusiasmo la destitución del autócrata.
Desde que asumió la Presidencia en 2013, Maduro había liderado un régimen abiertamente dictatorial, con una fuerte represión a la oposición, y había estratificado el Estado entre el mando de las Fuerzas Armadas (casi 2.000 generales) y el aparato de seguridad, creado desde 1998 por su predecesor, Hugo Chávez.
Brasil y México, en particular, salen bastante perjudicados del embrollo, tras haber desperdiciado, -por carecer de una política exterior de Estado, disuelta en decisiones ideológicas-, una oportunidad decisiva para exigir con firmeza a Maduro respetar los resultados electorales de 2024, lo que habría creado serios problemas para el régimen obstaculizando su reconocimiento internacional. La falta de decisión y voluntad política, en ese momento, abrió espacio a la voluntad de Trump.
Por otro lado, la acción ordenada por Trump, en consonancia con su anunciado “corolario” de la Doctrina Monroe, cuya característica hegemónica se hizo explícita, ha sido fuertemente criticada como una violación del derecho internacional, incluso por gobiernos aliados.
El hombre es el lobo del hombre
Cabe admitir que, desde el fin de la Guerra Fría, el Derecho Internacional ha quedado relegado por otro, el utilitarista “orden basado en normas” de Thomas Hobbes (el hombre es el lobo del hombre) dictado por el eje Washington-Londres, con sedes en Bruselas y Tel Aviv; patente en las agresiones contra Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Palestina, Yemen, Irán y otros países considerados obstáculos para ese designio hegemónico.

También se incluye el cerco de Rusia por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que motivó la operación militar rusa en Ucrania, la cual, a su vez, marcó el límite del “orden basado en normas”.
Hoy en día, tenemos prácticamente en el mundo una estructura de poder tripolar, dividida en Estados Unidos, Rusia y China. La cual, echando mano de una referencia histórica, nos remite a una especie de Yalta 3.0, un acuerdo marcado por la definición de las respectivas esferas de influencia de las tres superpotencias. La geopolítica preferida del finado Henry Kissinger.
Paralelamente, no existe ninguna autoridad mundial capaz de imponer el Derecho Internacional legítimo en el ordenamiento de las relaciones entre las naciones, nada más veamos la impotencia y la decrepitud de Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, esta trilogía es un proceso que puede avanzar hacia un horizonte que podría describirse de una deseable y auténtica multipolaridad, basado en Estados soberanos reales, más proclives a la cooperación real para el desarrollo compartido que a las disputas beligerantes, y protegidos por una autoridad mundial reconstituida y universalmente reconocida.
Un referente histórico para la construcción de un tejido de confianza mutua entre bloques de poder antagónicos fue la Conferencia de Helsinki de 1975, en pleno apogeo de la Guerra Fría, inspirada en gran medida por la encíclica Populorum Progressio (1967) y las acciones diplomáticas del Papa Pablo VI en favor del diálogo y el desarrollo humano. Una inspiración similar es la que se necesita hoy para superar el actual estancamiento civilizatorio.
En un mundo multipolar, no habrá cabida para gobiernos pseudodemocráticos que se resistan al bien común y a la libre expresión de sus poblaciones, ni para entidades tecnocráticas-beligerantes como la Unión Europea y la OTAN. No es casualidad que ambos estén en la mira de Trump, quien, por sus propias razones, representa un factor de inestabilidad para la estructura de poder existente.
En cuanto al Corolario Trump
Los países del hemisferio occidental enfrentan el desafío histórico de actuar frente a él de una manera que no sea antagónica ni sumisa, sino soberana y cooperativa.
Para ello, será necesario recuperar plenamente sus respectivas soberanías nacionales, profundamente erosionadas por la acción del crimen organizado, tanto en las bases como en las altas esferas de gobierno; por la insidiosa influencia de los aparatos internacionales que manipulan cuestiones ambientales e identitarias; y, no menos, por la hegemonía del sistema financiero en la formulación de políticas públicas.
Sobre todo, esta reorganización soberana debe comenzar con una revitalización de los cimientos espirituales y culturales de cada nación, sin la cual no habrá condiciones para alcanzar un nuevo nivel civilizatorio para la humanidad.

