A principios de 2026, muchos analistas serios afirman del fracaso en Ucrania y que la negativa a admitir esta verdad está llevando a provocaciones continuas que podrían desencadenar una guerra mayor para la que la OTAN no está preparada.
Gabriel Camilli*
Debemos prestar atención a la excesiva confianza en el poder aéreo como una forma de atacar sin consecuencias, es la ilusión de “pelear desde lejos” y esto es peligroso cuando se trata de estados poderosos como Rusia, que tienen la capacidad de responder y llevar la guerra “aún más lejos”.
Washington busca controlar las principales rutas energéticas mundiales, marginar los hidrocarburos rusos y obligar a sus socios y potencias emergentes a depender del gas natural licuado estadounidense.
Lo que está en juego va más allá de Ucrania: Concierne a la arquitectura energética global
Ya no estamos en una guerra territorial, sino en una guerra de corredores. El Mar Negro, el Ártico y el Indopacífico: El espacio estratégico se ha vuelto fluido.
El intento de Estados Unidos de controlar estos flujos se alinea con la lógica clásica de dominio marítimo. Pero ahora choca con una Eurasia estructurada, mecanismos financieros alternativos y una progresiva desoccidentalización del comercio.
Lecciones y perspectivas futuras
El caso ucraniano demuestra los límites estructurales del modelo de intervención occidental: Un equilibrio inestable entre la solidaridad política, el temor a una escalada y los intereses económicos. La guerra puso de relieve cómo la cooperación militar y de inteligencia puede fortalecer a un país a corto plazo, pero no puede sustituir una estrategia autónoma y sostenible.
Desde una perspectiva geopolítica, el conflicto tuvo tres efectos principales:
- El fortalecimiento táctico de Rusia, que transformó su economía en un sistema de guerra permanente.
- El declive político de Europa, cada vez más dependiente de las decisiones de Washington.
- La fragmentación de la credibilidad occidental, percibida mundialmente como selectiva y oportunista.
El futuro de Ucrania dependerá de su capacidad para redefinir su identidad, no solo militar, sino también política e institucionalmente, encontrando un equilibrio entre la soberanía y la realidad geopolítica.

Algunas breves conclusiones
La guerra en Ucrania se ha convertido en un conflicto “controlado”, en lugar de combatido, donde la diplomacia y la inteligencia van midiendo el pulso de la estrategia militar directa.
- Estados Unidos ha mantenido un “control” constante sobre la intensidad del conflicto (líneas rojas), equilibrando el apoyo a Ucrania con el temor a una reacción rusa.
- Europa ha demostrado su vulnerabilidad estratégica, dividida entre principios morales y dependencias económicas.
- Rusia, aunque desgastada, ha consolidado su resiliencia interna, transformando la crisis en una herramienta política e industrial.
- Ucrania ha pasado de ser un símbolo de libertad a un laboratorio de poder, donde se han puesto a prueba los límites del apoyo occidental y la fragilidad del consenso internacional.
Siguiendo la opinión de Mounir Kilani: “El verano de 2025 ofreció un atisbo de una posible distensión entre Moscú y Washington. Seis meses después, el “espíritu de Anchorage” ya es cosa del pasado: ante la continuidad estratégica estadounidense de corte “atlantista”, Rusia, a través de Sergei Lavrov, señala oficialmente su cautela.
Entre el endurecimiento de las sanciones, las restricciones al comercio energético y la reorganización geopolítica, Moscú está modificando su doctrina: Menos ilusiones, más autonomía, en un mundo multipolar que se configura, muy a pesar de Occidente.
*Cnl My (R) – Director del Instituto ELEVAN.

