Bolivar Hernandez*
¡Ahí van los chapines! Esa era la exclamación de los campesinos indígenas de Chiapas cuando veían a esas largas caravanas de indígenas guatemaltecos, con sus bultos enormes en sus espaldas, bultos envueltos con unas mantas de cuadros típicas para el uso de los guatemaltecos.
Se sabia que los chapines traían en sus espaldas mercancías de contrabando, fayuca, le decían. Objetos varios: vajillas, aparatos electrodomésticos, radios y televisiones. Vendían sus mercancías en todo el estado de Chiapas.
Y luego volvían a Guatemala con sus bultos de mercancías mexicanas. Tal como lo hacían los indios desde la época prehispánica, grandes comerciantes de Mesoamérica.
En esa época yo trabajaba en Chiapas con las comunidades campesinas indígenas de las riberas del caudaloso río Grijalva, que nace en Guatemala, igual que el río Usumacinta, que desembocan en el Golfo de México en las costas de Tabasco.
Yo contaba con 28 años, y me dedicaba a organizar a las comunidades campesinas que iban a desalojar por efectos de la construcción de la presa La Angostura, para la defensa de sus tierras y patrimonios que quedarían irremediablemente bajo las aguas del embalse de 100 kilómetros de largo y 40 kilómetros de ancho, el lago artificial más grande del país.
En aras del desarrollo del país y en nombre del Progreso nacional, iban a despojar de sus recursos naturales a una basta región agrícola y ganadera muy próspera de la Depresión Central del Estado de Chiapas.
Las indemnizaciones miserables que ofrecían a las 22 comunidades afectadas por la presa de La Angostura, dieron pie a una lucha contra la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Y mi tarea era asumir la defensa y organizar a los campesinos.

Viví un par de años en esa zona de las comunidades campesinas indígenas
Básicamente en los pueblos de la ribera derecha del Grijalva, cuya población más importante era Venustiano Carranza, y en la ribera izquierda La Concordia , un pueblo grande poco urbanizado.
Estuvimos un grupo de antropólogos encargados por la CFE para hacer el estudio de las comunidades afectadas y proponer el cambio regional a partir de la nueva situación lacustre por venir.
Concluido el estudio, yo me quede en la región a cargo de las organizaciones campesinas para la defensa de sus patrimonios ante el gobierno federal y estatal.
En esa larga estancia de trabajo con campesinos indígenas mexicanos, veía en la montaña las caravanas de chapines con sus bultos en las espaldas, que marchaban en silencio y ordenadamente. Pocas veces hablé con mis paisanos que eran muy desconfiados para hablar con un ladino, como yo.
Durante el conflicto armado en Guatemala por 30 años, en los años 80
Diez años después de mi presencia por aquellas tierras, los chapines emigraron por miles a México a pie, huyendo del terror impuesto por los gobiernos militares de Guatemala.
Chiapas y Guatemala son pueblos hermanos, son de las mismas etnias, hablan los mismos idiomas locales, costumbres similares, son bajitos, desnutridos, y explotados en ambos lados de la frontera. Hablamos de vos, no de tú.
En estos momentos que veo las desgracias que ocasionó el huracán ETA, en Guatemala, observo a miles de indígenas desprovistos de lo más elemental para vivir, no hay alimentos, perdieron sus pocas pertenencias. Y el gobierno voltea para otro lado y no ve las necesidades de sus habitantes. Miles de damnificados y cientos de muertos, es el saldo preliminar.
Y pensé en los chapines de mis tiempos juveniles que vi caminar por las montañas chiapanecas con sus enormes bultos en las espaldas comerciando con otros campesinos indígenas, sus hermanos, naturalmente.
Son los mismos unos y otros, y las desgracias las comparten y se ayudan mutuamente. El pueblo salva al pueblo, es una máxima revolucionaria.
Me duele la desgracia de la gente pobre, de los desposeídos de siempre, que son marginados por el sistema socioeconómico vigente aquí y allá.
Asumo que ya no puedo luchar como lo hice antes por los más débiles, ya no tengo la fuerza y la vitalidad de mi juventud, pero tengo la capacidad de indignarme y protestar por las injusticias que veo todos los días en esta finca bananera de Centroamérica.
Quiero un futuro mejor para todos, incluyendo a mis hijos y nietos, yo ya aporté un grano de arena en esa larga batalla por recobrar la dignidad. El relevo generacional tiene que tomar la estafeta y, sin duda, alguna lo harán.
*La Vaca Filósofa

