El asesinato de Enrique Quiñonez en Villa Unión, no es una cifra más; es una herida directa al orgullo y a la vida cotidiana de quienes habitamos esta tierra.
Bernardo Méndez Lugo*
A los sinaloenses nos corre el béisbol por las venas y el trabajo honesto por las manos. Por eso, la noticia que sacudió la mañana de este sábado en Villa Unión, nos duele en lo más profundo: Enrique Quiñónez Garzón, el hombre que escribió una página dorada en nuestra memoria deportiva al lanzar el primer juego sin hit ni carrera en la historia de los Tomateros de Culiacán, fue asesinado a balazos mientras trabajaba al volante de un carro de plataforma.
Tenía 57 años y, lejos ya de los aplausos de los estadios, se ganaba el pan de cada día como cientos de miles de paisanos.
Quienes viven en Sinaloa saben perfectamente lo que han significado los últimos dos años. No nos lo cuentan en los noticieros nacionales ni en las conferencias oficiales; lo vivimos cada mañana al despedir a nuestros hijos rumbo a la escuela, al abrir la cortina de un negocio o al salir a trabajar en carretera.
La violencia dejó de ser una nota lejana para convertirse en una sombra permanente sobre nuestras mesas, nuestras calles y nuestras familias.
Durante más de veinticuatro meses, nuestra respuesta natural como sociedad ha sido la cautela y el resguardo. Nos hemos ido encerrando poco a poco, bajando la voz, evitando salir de noche y tratando de esquivar las balas con el silencio.
Es humano tener miedo
Cuando la autoridad parece rebasada y la impunidad se vuelve costumbre. Sin embargo, como sinaloenses, tenemos que mirar de frente una verdad incómoda: Quedarnos callados no nos está salvando.
Cuando una sociedad se acostumbra a ver caer a su gente buena —a un ídolo del montículo, a un conductor, a un comerciante, a un joven— y al día siguiente pasa la página como si fuera parte del paisaje, le estamos entregando las llaves de nuestro estado a la barbarie.
El periodista puede consignar los hechos y los gobiernos de los tres niveles pueden presumir despliegues, pero si nosotros, los ciudadanos de a pie, no alzamos la voz, nada va a cambiar de fondo.
Sinaloa necesita despertar de este letargo impuesto por el terror. Es momento de pasar de la resignación a la exigencia cívica.
Manifestarnos de manera pacífica, tomar nuestras plazas, acompañar a las familias de las víctimas y exigirles con firmeza al gobierno municipal, al estatal y al federal que cumplan con su obligación constitucional de darnos seguridad, no es un acto de rebeldía: es un acto de amor propio y de supervivencia.
Nuestra tierra no merece ser sinónimo de miedo ni de luto eterno. Sinaloa es su gente trabajadora, su música, su campo, su deporte y su solidaridad inquebrantable en los momentos más duros.
Honrar la memoria de Enrique Quiñonez y de tantas víctimas inocentes exige que rompamos el cerco del silencio. Hagamos escuchar el grito ciudadano que hoy urge en cada rincón del estado:
¡Basta de normalizar la tragedia! Sinaloa merece vivir en paz, y nos toca a nosotros exigirla.
