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Décadas atrás se solía calificar a Brasil, de isla de Bélgica en un océano de la India, comparación por demás imprecisa, aun considerando los vastos problemas socioeconómicos del país asiático. Hace unos días, la injusticia resultó más clara, ante la extraordinaria e inédita hazaña de tecnológica india:
Hacer descender la sonda Chandrayaan-3 en el lado oculto de la Luna a 68 grados de latitud sur, ya en las cercanías del Polo Sur lunar, zona todavía no alcanzada en casi siete décadas de exploración espacial.
En 2019, el intento anterior con la Chandrayaan-2 resultó frustrado por la pérdida de control de la nave ya cerca de la aproximación final para el descenso, pero esta vez el procedimiento fue impecable.
Para los brasileños
La hazaña india suscita de inmediato la pregunta: ¿Por qué India, cuyo programa espacial estaba en el mismo nivel que el brasileño en la década de los 1970, consiguió posar una sonda en la Luna o colocar un satélite en la órbita de Marte, mientras que Brasil ni siquiera consigue sus propios satélites, aun cuando dispone de recursos humanos y técnicos calificados y de la base de lanzamientos mejor localizada del mundo?
La respuesta no es sencilla, pero comienza con una constatación fundamental: las élites dirigentes indias se rigen por un concepto de proyecto nacional de desarrollo, en el cual, el esfuerzo espacial se inserta como un programa de Estado, cuya continuidad está asegurada independientemente de las inclinaciones políticas de los gobiernos en turno. Por aquí, sobre todo en las últimas décadas, el programa espacial ha sido encarado como una fuente de gastos que muchos consideran superficiales ante otras finalidades.
La diferencia de pensamiento y de visión se refleja en los respectivos presupuestos para este año, cuyos números son más que evidentes: 1.600 millones de dólares para la Indian Space Research Organization (ISRO) contra poco más de 7 millones de dólares para la Agencia Espacial Brasileña (AEB). El abismo entre las mentalidades se manifiesta en la reciente declaración del nuevo presidente de la Agencia Espacial Brasileña, quien admitió preferir vigilar la desforestación de la cuenca del Amazonas que enviar un hombre a la Luna.
Con todo rigor, la comparación no procede
Hay innumerables etapas precedentes a una misión lunar tripulada. Por no hablar del vehículo lanzador, tan sólo por mencionar dos ejemplos, a pesar de ocupar la mitad de América del Sur, el país no dispone de un solo satélite meteorológico propio, quedando en dependencia de tiempo de los satélites estadounidenses y europeos, o de un satélite de vigilancia militar, del que ya dispone hasta un país mucho menor y de recursos más bien modestos como Marruecos.
Para Brasil fue funesta la pérdida del sentido de proyecto nacional que sucedió a partir de la década de los 1980, cuando las élites gobernantes brasileñas se adhirieron a los dictámenes del Nuevo orden mundial, con su globalización financiera, al régimen de apartheid tecnológico y a los planes ambientalista-indigenistas -algunos imaginándose que esto abriría las puertas para ocupar un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Otros, que las maravillas de la globalización serían suficientes para impulsar al país a un nuevo estadio de desarrollo el resultado de las opciones seguidas está a la vista: India está en la Luna; Brasil sigue en el suelo.
