Rubén Darío, desde Cali, Colombia*
Cuando me adentro a los distintos universos narrativos que la literatura me ofrece, me encuentro con un mundo autorreferencial en el que la verosimilitud y los diferentes elementos que apoyan determinadas certezas y otros, que me sugieren cierta incertidumbre; hacen que la lectura que me propongo esté determinada por la función estética y la falta de finalidad practica que tienen los discursos literarios.
La lectura tradicional a veces tiende a reducir la ilegibilidad al mínimo y a resaltar lo fundamentado de sus lecturas. A diferencia de las lecturas emprendidas a partir de la estética de la recepción, que tienden más bien, a potenciar la apertura que suministran los puntos débiles, es decir, de romper límites y encuadernaciones a la hora de interpretar.
Leer literatura para comprenderla, significa que voy a relacionar mi cultura, mi ideología, mi visión del mundo, mi experiencia literaria con esos mundos posibles y autónomos que me enfrento cuando leo literatura.
Cuando logramos vernos, reconocernos en esa otredad, y experimentar de alguna manera las sensaciones y emociones de nuestros personajes, entonces es en ese momento en el que entramos en el proceso de elaborar el significado por la vía de aprender las ideas relevantes del texto o los elementos que, desde lo humano, nos identifican y relacionarlas con las ideas y experiencias que ya se tienen.
Comprender, es el proceso a través del cual conversamos con el texto
Sin importar la longitud o brevedad del párrafo el proceso se da siempre de la misma forma y en gran medida va a estar ligado a todo ese bagaje literario y a la interpretación que tengo de todo cuanto me rodea.
Pero leer no es una ciencia, no se puede tratar de disciplinar el placer porque estaríamos reduciéndolo, disminuyéndolo. La comprensión de la literatura tiene que ver también, con la manera que yo tome para leer.
Experimentar la intensidad del placer que vivimos cuando leemos los libros tirados en el piso, acomodados de panza, ociosos y felices, o en nuestra cálida cama cuando el libro nos dio la única alegría en la desdicha de nuestra enfermedad, o en nuestra derrota más apabullante y desoladora.
La comprensión de los textos literarios además, va a estar ligada a el deseo por leer, esa combinación de apetencias y de instrucción, de tedio y de asombro, de emoción y de estudio, de placer y de deber.
Un deseo cuyo origen esté oculto y solo se logre descubrir a lo largo de todo el viaje y de la aventura en ese mundo posible, cuyo itinerario, a lo largo de las tristezas, alegrías, risas y desilusiones obedezca a una sutil dialéctica entre el azar y la voluntad.
En este sentido, leer comprender literatura es establecer un diálogo entre el lector escolar y el texto literario a partir de la idea de que la literatura no es algo imposible, ni extraño a la sensibilidad de los estudiantes o de cualquier lector; sino una forma particular de comunicación con el mundo, con los demás y con uno mismo.
Porque quizá, la literatura se constituya como un espacio alternativo para acceder al conocimiento, a la lectura, a la interpretación y al goce de los textos literarios.
