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Confesiones de un psicoanalista

Foto: RazorMax 
Bolivar Hernandez*
Me inicié en el oficio de psicoanalista desde el lejano año de 1990, cuando empecé mi formación como analista en Argentina y Chile, durante mi estancia en Sudamérica. Sobre todo en la Argentina, existe una larga tradición del psicoanálisis. Es una práctica común para mucha gente, inclusive los taxistas tienen un analista de cabecera.
El ejercicio de la clínica psicoanalista lo he realizado en México mayormente, y muy reciente en Guatemala, donde quedé atrapado por la pandemia del COVID-19, y aquí he permanecido desde entonces.
En las más de tres décadas que llevo ejerciendo el oficio de psicoanalista, he visto muchos pacientes cara a cara, en el diván de mi consultorio.
Pero también, desde hace muchos años, empecé a tratar pacientes que viven en el extranjero, en Europa esencialmente, de manera virtual. Asunto prohibido antiguamente por las sociedades psicoanalíticas conservadoras de México.
Mi oficio de psicoanalista, en Guatemala
Tiene dos vertientes: presencial y/ o virtual. Dado el caos vial de la Ciudad capital, muchos pacientes optan por un análisis virtual.
Sin embargo, tengo varios pacientes que acuden a consultas presenciales, y de ellos quiero contar las experiencias surrealistas que me han ocurrido hasta la fecha. Son casos particulares que no permiten la generalización, así que no saquemos conclusiones precipitadas.
Hay un conocimiento escaso sobre el psicoanálisis en Guatemala, los pacientes confunden la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis. O me piden la píldora que ataque sus síntomas, o bien, me piden la guía del bien vivir, el qué hacer con sus vidas.
No receto píldoras, ni tampoco doy reglas del buen vivir. ¡No es mi papel! Parto del principio que el paciente se haga cargo de sus decisiones vitales y asuma las consecuencias de sus actos. ¡No hay recetas mágicas!
Los pacientes que acuden a mi consultorio por vez primera, me han sorprendido bastante por sus actuaciones que no había vivido antes. En Guatemala en la primera cita, algunos pacientes acuden con algún pariente o acompañante, inclusive con alguna mascota.
He tenido primeras entrevistas en las cuales los pacientes llegan con la abuela, su madre, sus hermanos o con sus hijos, y se trata de pacientes adultos. Tengo un paciente que trae a la sesión a su amante, que es una señora mayor que él. Otro paciente fuma un cigarro electrónico porque no puede dejar de fumar. Tengo el consultorio al aire libre, en un jardín interior, único en Guatemala.
Debo explicar en una breve conferencia acerca del psicoanálisis y sus diferencias con la psiquiatría y la psicología conductual.
Cobro, en Guatemala, una cuota ridícula por sesión y sin embargo el paciente solicita una rebaja o un descuento. Esto es típico en este país. Me preguntan si manejo alguna promoción. Son pacientes de clase media, pero con apreturas económicas.
Cobrar la ridícula suma de una sesión se convierte en un asunto complicado, nunca traen efectivo, luego entonces hay que hacer una transferencia bancaria, trámite que puede ser prolongado de dos a cuatro días.
Los pacientes suelen tomar vacaciones o salir de viaje sin previo aviso, luego quiero cobrarles las sesiones suspendidas y ellos se indignan y no vuelven jamás.
Las excusas para no asistir a las consultas son diversas e inverosímiles
Inventan enfermedades súbitas y mortales, matan parientes lejanos, aluden al mal clima de la ciudad, llueve mucho, hay mucho tráfico. Es un caos la capital guatemalteca, eso es verdad.
La constancia en el tratamiento es un asunto impredecible. Una vez se sienten bien, dejan de asistir a la terapia. ¡Y ni adiós dicen!
La rotación es constante, los pacientes entran y salen con facilidad. No existe la noción del largo plazo, para escudriñar el inconsciente, ¿para qué?
Los pacientes que atiendo en forma virtual y que viven en Europa o México son los que me sustentan económicamente; los pacientes guatemaltecos son inciertos y veleidosos.
Voy a seguir en el ejercicio de mi oficio, es mi deber ayudar a quien me lo solicite.
No pienso en el retiro, ese término no existe en la profesión de psicoanalista, entre más viejo más experiencia se pone al servicio de los pacientes.
Algún día volveré a México y retomaré mi consultorio que dejé abandonado sin querer , porque solo venía por unas cortas vacaciones a mi tierra, mi segunda patria, y aquí sigo, tres años después…
*La vaca filósofa.
Foto: RazorMax 
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