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Cuando un amigo se va: Enrique Fuentes, un sabio y erudito, gran lector y un librero excepcional

 

Bolivar Hernandez*
En México he vivido por más de medio siglo, y es natural que mis amigos sean mexicanos o extranjeros radicados en ese bello país. Tengo pocas amistades y muchos conocidos, pero los pocos amigos que tengo, uno a uno han sucumbido por la pandemia del COVID-19.
Lamento la muerte de mis amigos, todos, pero hay una pérdida que me duele más, la de mi querido Enrique Fuentes, un sabio y erudito, gran lector y un librero excepcional.
Su librería se llamaba Antigua Librería Madero que primero estaba ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y luego se cambió a la periferia del primer cuadro, en la calle de Bolívar esquina con San Jerónimo, junto al Claustro de Sor Juana.
La costumbre
Era reunirnos un par de veces a la semana en el Café Regina, y charlar amenamente sobre diversos temas históricos, lingüísticos y políticos también. Su presencia era un gozo enorme para mi. Después de muchos años de trato con Enrique, empezamos a platicar sobre nuestras vidas personales.
Enrique tenía una biografía de aventurero, envidiable. Yo lo soy también, pero nunca nada comparable a su trayectoria.
Él fue marinero, y muchos años más tarde fue gerente regional de la línea aérea española Iberia. Para rematar su vida como el librero destacado que fue en la CDMX.
Enrique tuvo dos hijos, un varón y una mujer. El hijo varón era un aventurero dedicado a la espeleología, explorador de cuevas profundas, y en una de esas aventuras al interior de una cueva en San Luis Potosí, el chico desapareció para siempre; y nunca se pudo recuperar su cuerpo y darle sepultura, y eso martirizaba muchísimo a mi amigo.
Su hija es poeta, escritora, y madre de los únicos nietos de mi amigo. Ella, al morir Enrique por COVID-19, se hizo cargo de la librería por un corto tiempo, y finalmente la cerró definitivamente con un rico acervo en su interior.
Rico no solo por la variedad de libros raros y especiales, sino por la inversión monetaria existente en libros que suman muchos millones de pesos.
Enrique, mi amigo, murió en la pobreza y con una deuda descomunal de gastos médicos ocasionados por su internamiento en un lujoso hospital de la capital mexicana, donde finalmente perdió la batalla.
A sus casi 80 años
Enrique fue conminado a abandonar el hogar conyugal a petición de su entonces compañera de vida, una prestigiosa académica universitaria, por motivos ridículos, ajenos a una falta de deslealtad a la relación matrimonial, ya que nunca Enrique engañó a su señora y lo puedo afirmar con certeza, porque lo conocía muy bien.
Enrique tenía una casita de campo en Tlalpan, para estar ahí los fines de semana y descansar del trajín de la vida urbana. Una casita y huerta ubicada en las faldas del Ajusco. Y ahí fue a dar Enrique luego de la separación obligada por su ex mujer.
Transito seguido por la Antigua Librería Madero, y no dejó de pensar en mi amigo Enrique Fuentes, saltillense orgulloso de su origen norteño. Y me invade la tristeza y la melancolía por su ausencia definitiva.
Me hizo el honor de obsequiarme valiosos libros de historia y de antropología, que yo le agradecí de cierta forma con la donación de libros míos.
La pérdida de un amigo es brutalmente dolorosa, que no puede ser saciada con nada, es un vacío profundo en mi alma.
Querido Enrique:
¡No olvidaré jamás tú sentido del humor tan mexicano, irreverente, sarcástico! Un abrazo a todos los amigos de Enrique.
*La Vaca Filósofa
Foto: Free-Photos
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