Los desmedidos aranceles del presidente Donald Trump a Brasil vinculándolos a frenar la persecución política contra el ex presidente Jair Bolsonaro, desató un torbellino en el cual la defensa de la soberanía nacional se puso a la orden del día. En este contexto cabe mencionar, brevemente, el significado esencial de la soberanía, es decir la capacidad de una nación para dictar y conducir su propio destino y defenderse de las interferencias externas de cualquier naturaleza, entre ellas las militares.
Lorenzo Carrasco y Geraldo Lino*
Hablando con rigor, el presente embrollo de Brasil con los Estados Unidos de Donald Trump es una interferencia política en asuntos internos que, al menos en tesis, no representan amenazas concretas a los intereses estadounidenses, atribuida en la orden ejecutiva emitida por la Casa Blanca.
No se puede ignorar, sin embargo, que en las últimas elecciones presidenciales de 2022, Brasil si fue el blanco de una secuencia de intervenciones nada discretas provenientes del gobierno de Joe Baden. Entonces hubo diversas visitas de altos funcionarios civiles y militares a la capital del país, Brasilia, las cuales no ocultaban su voto favorable al entonces candidato Luiz Inácio Lula da Silva, en aras de preservar la democracia amañada determinada por el gobierno mundial; el contrincante era el entonces presidente, Jair Bolsonaro que buscaba la reelección.
Enumeramos esas injerencias “democráticas”
- Julio de 2021: William Burns, director de la CIA.
- Agosto de 2021: Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional y Juan González, consejero para el Hemisferio Occidental.
- Abril de 2022: Victoria Nuland, subsecretária de Estado para Assuntos Políticos.
- Agosto de 2022: Lloyd Austin, secretario de Defensa.
A su vez, ya electo, el agraciado no tuvo vergüenza de apoyar abiertamente a la candidata del Partido demócrata estadounidense, Kamala Harris, en las elecciones estadounidenses de 2024, llegando al extremo de calificar la eventual victoria del republicano Donald Trump de retorno del “nazismo y del fascismo con otra cara.”
Pero en ese entonces no se escucharon quejas sobre violaciones de la soberanía nacional debido a las visitas de los dignatarios estadounidenses, ni tampoco acusaciones al presidente brasileño por entrometerse de tal forma en el pleito electoral estadounidense.
El episodio actual se presta, apropiadamente, a una serie de cuestionamientos sobre amenazas reales y potenciales a la soberanía brasileña.
Áreas más vulnerables
Una de las más preminentes es la dependencia técnica de los servicios digitales de las Big Techs estadounidenses -Google, Amazon, Microsoft, Meta, Oracle y Beta-, que se manifiesta en campos esenciales como el de la infraestructura de la computación en nube, el almacenamiento de datos, programas, herramientas de ventas en línea, marketing, pagos en línea, comunicación, inteligencia artificial y varias más-.
El acta CLOUD (Clarifying Lawful Overseas Use of Data Act), por ejemplo, permite el acceso de las autoridades estadounidenses a los datos públicos y privados brasileños sin el consentimiento o el conocimiento de sus titulares.
Otra deficiencia se refiere a los sistemas de geolocalización, fundamentales para una gama enorme de actividades económicas cotidianas. Aunque se habla de que la obstrucción del GPS, estadounidense, es técnicamente inviable y de que existen otros sistemas disponibles -el GLONASS ruso, el Galileo de la Unión Europea y el BeiDou chino-, la total dependencia de sistemas fuera del dominio nacional es una gran vulnerabilidad en un momento de transición mundial en la que la inestabilidad constante parece el “nuevo normal.”
De la misma forma, no obstante que ocupa la mitad de la superficie de América del Sur, Brasil todavía no dispone de un satélite meteorológico propio, por lo que es totalmente dependiente de Estados Unidos y de la Unión Europa para las previsiones meteorológicas. El CBERS-5, creado en equipo con China, no se pondrá en órbita hasta antes de 2030.
Sin dejar de lado un satélite de vigilancia militar, recurso imprescindible en un país de una magnitud tan grande y del que incluso ya poseen países de menores dimensiones y grado de desarrollo entre ellos, Argelia, Marruecos, Nigeria y África del Sur.
Tales deficiencias son consecuencia directa de una falta de visión de largo plazo, que nunca permitió al programa espacial brasileño un desarrollo adecuado. A pesar de que el impasse con Estados Unidos haya motivado al gobierno a crear una comisión para analizar la posibilidad de crear un sistema de geolocalización nacional, aun suponiendo que hubiere la necesaria voluntad política, este no es un proyecto que se pueda realizar en menos de una o dos décadas.
Una cuestión más seria nos lleva a otro aspecto de la soberanía fundamental
La capacidad de formular normas económicas y financieras referentes a la ocupación física y al aprovechamiento de los recursos naturales del territorio nacional, hace décadas alienadas a agentes ajenos a los intereses más grandes del país.
Las primeras, al sistema financiero, quien, independientemente del gobierno en turno, maneja las finanzas nacionales por medio de un Banco Central aferrado al control de la inflación con intereses estratosféricos (actualmente en el podio mundial), esquema que convirtió a Brasil en una fábrica de intereses y dividendos, en detrimento del necesario progreso de sus fuerzas productivas.
En cuanto a la ocupación territorial y a los recursos naturales, la decisión fue entregada a un aparato ideológico internacional que pone en práctica criterios exacerbados de protección del ambiente y de los pueblos indígenas como elementos de arbitraje supremo para toda suerte de empresas productivas, en particular los proyectos de infraestructura vitales para brindar ganancias de productividad económica y de movilidad para poblaciones carentes del interior, principalmente en la región de la Amazonía legal.
Las intromisiones de las organizaciones no gubernamentales extranjeras o con financiamiento extranjero, respaldadas por tecnócratas gubernamentales fuertemente influenciados por ellas, contra empresas de infraestructura vital: la exploración de la Margen Ecuatorial Brasileña; la ferrovía Ferrogrão; la pavimentación de la autopista Manaos-Porto Velho (BR 319); la explotación de potasio en Autazes (AM); el drenaje del río Paraguay; y numerosos otros.
Todos estos actos muestran que la soberanía de Brasil ha sido abordada de manera bastante restricta por los que ahora Tiros y Troyanos la invocan con un proverbial pecho hinchado, repleta de las limitaciones recurrentes de las decisiones tomadas por las élites dirigentes a partir de las décadas de 1980-90, mutando la idea de un proyecto nacional de progreso, prevaleciente en el medio siglo anterior, por la adopción dócil al programa del “globalismo.”
Desde entonces, Brasil dejó de ser un país que sabía enfrentar y solucionar sus problemas. Cambió metas de desarrollo por metas de inflación y desforestación y se hundió en el pantano del estancamiento socioeconómico, técnico e industrial, al desperdiciar sus enormes potenciales humanos y naturales y al alejarse de asumir un papel protagonista en el orden mundial.
Sin considerar -y enfrentar- ese cuadro de limitaciones y desafíos, hablar en defensa de la soberanía nacional no pasa de ser retórica vacía.
*MSIA Informa
