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Desquiciantes, las torturas que se imponían las monjas durante la Colonia

Arturo Rios

En la obra Paraíso occidental, de don Carlos de Sigüenza y Góngora, intelectual y científico, amigo de Sor Juana Inés de la Cruz, se mencionan algunos casos espeluznantes de monjas.

Describe la vida en un convento, donde algunos aspectos parecieran grotescos; eran muestras de falsa santidad, milagros imaginarios, austeridad morbosa y devoción agravada, pues el afán era destacar sobre sus compañeras, llamando la atención de las autoridades religiosas y de la sociedad.

No vacilaban en someterse a sacrificios irracionales, aun contraviniendo la opinión de sus confesores.

Presentamos algunos casos

Ana de Cristo, profesa en 1652, diseñó un utensilio de tortura; una cruz con púas que lastimaban pecho y espalda, se desnudaba frente a todas sus hermanas para flagelarse inmisericordemente.

Isabel de San José le pagaba a una de sus criadas por azotarla.

Antonia de Santa Clara le pidió licencia al arzobispo para tatuarse el rostro con un hierro candente con la leyenda:

Esclava del Santísimo Sacramento, y ante la negativa del prelado, con un puñal se inscribió ella la frase en el antebrazo.

Francisca de San Lorenzo se golpeaba ferozmente delante de toda su comunidad; buscaba la compasión de sus compañeras, se amordazaba para comer.

Tomasina de San Francisco utilizaba cuerdas en todo el cuerpo y ralladores para sangrarse senos y espalda.

FUENTE: Relatos e Historias en México, número 105.

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