Bolivar Hernandez*
Don Juan Tenorio, esta obra de teatro escrita por el español don José de Zorrilla, en el año 1844, es un drama pasional que se representa todos los años con gran éxito.
Allá por los días de muertos y los fieles difuntos se suele escenificar esta obra, que representa el romanticismo de la época. Don Juan Tenorio es un personaje temerario, asesino de de sus rivales de amores y un seductor de mujeres propias y ajenas.
Así, por una apuesta enamora a doña Inés, ella internada en un convento para ser monja, tiene 17 años y don Juan le dobla la edad. Al final mueren los enamorados, doña Inés por tristeza, y don Juan en un duelo.
Mi amigo actor y galán de teatro, cine y televisión, Juan Luis, escenificaba a don Juan Tenorio cada año, en el bello espacio medieval del Teatro Helénico, situado en avenida Revolución, muy al sur de la Ciudad de México.
En noviembre se pone en escena dicha obra, en una época de mucho frío. El Helénico tiene un espacio al aire libre y muy adecuado para esa puesta en escena, porque parece un castillo medieval.
Los espectadores ataviados con ropa invernal, se sitúan en las gradas que rodean el escenario, el foro, y tienen a los actores a corta distancia, a un metro solamente. Mi amigo el protagonista de esta obra, recita largos parlamentos de memoria. Tiene una retentiva prodigiosa. ¡Admirable!
Lo que le sucede a Juan Luis, como a muchos otros actores y actrices, es que no se quitan de encima el personaje que interpretan y, en la vida real, se comportan idéntico a su personaje favorito.
Don Juan Tenorio, que en la vida real es mi amigo Juan Luis, es un hombre encantador, alto, blanco, ojos azules y un gran erudito. Muy enamoradizo, como todo un galán de telenovelas exitosas. Coqueto y simpático, ingenioso en sus dichos, piropea sin descanso a las mujeres jóvenes y bellas.
Solíamos reunirnos todas las semanas en el café El Toscano del parque México, en un corrillo de actores y actrices, quienes hablaban solamente de trabajo y de los cientos de castings que tienen agendados. Juan Luis corregía la dicción y modales de todos ellos. Yo le decía cariñosamente “El Corregidor”.
Los participantes de las tertulias en mi mesa del Toscano, no eran cultos ni preparados como mi amigo Juan Luis. Aparte de tomar café cotidianamente estos actores, actrices y yo, también acostumbrábamos ir, en petit comité, tres o cuatro, a comer antojitos, mariscos y platillos gourmet.
Todo en la misma área: Condesa, Roma, Del Valle, Escandón y Centro Histórico.
Éramos unos sibaritas, pobres, pero con gustos de la aristocracia. Mis amigos actores son muy dados a visitar cantinas o bares de la Ciudad de México, para beber cerveza y comer las ricas botanas de esos sitios famosos. Y yo, abstemio, sufrí con eso.
Íbamos muy seguido a la colonia Escandón, a la famosa cantina El León de Oro, en la calle Martí. Donde las botanas eran una delicia, a decir de mis amigos. Debo decir que todas las botanas de esta cantina se caracterizaban por su alto contenido en grasas, colesterol, triglicéridos, sales y carbohidratos.
Y mis amigos, dichosos, consumiendo todo eso, y a veces repetían porciones, de por sí muy abundante. En nuestra mesa de siempre, en esa cantina, la concurrencia al notar la presencia de actores famosísimos, acudían por un autógrafo o a tomarse una fotografía con Juan Luis. Y enviaban cervezas a nuestra mesa, gratis.
Yo, sin ser actor también escribí autógrafos en servilletas. La fama de mis amigos alcazaba a salpicarme a mi.

En cierta ocasión…
Llegamos los cuatro amigos de siempre a la cantina El León de Oro, estacionamos los carros en su amplio anexo. Y en la puerta de acceso, estaban cuatro chicas extranjeras: argentinas y brasileñas, fungiendo como edecanes o hostess, contratadas por el lugar.
Jóvenes con cuerpos esculturales, sonrisas blancas perfectas, muy altas, atléticas. Muy simpáticas y encantadoras, todas ellas. Seductoras, con fineza de trato.
Esas edecanes espectaculares con minifalda y zapatos de tacón alto y escotes amplios, nos sonreían y nos miraban con picardía a todos y nos ofrecían una copa de whisky al entrar.
Todos nos negamos a aceptar esas copas tentadoras, salvo Juan Luis quien, de inmediato, como un galán de cine mexicano quiere ligarse a la bella argentina, y acepta jubiloso esa copa de whisky. Y pensó, ya ligué aquí.
Estuvimos en la cantina comiendo y bebiendo copiosamente por espacio de varias horas. Y tuvimos una amena conversación sobre mujeres, política y futbol; en la televisión del lugar, por cierto, estaba un partido del Barcelona.
Como ya los conozco muy bien, que mis amigos comen y beben como náufragos y al final la cuenta se divide en partes iguales, yo siempre pido al mesero que mi cuenta la pago aparte, solo mi consumo. Un agua mineral y una torta de huevo, es algo barato y nutritivo.
Las cuentas de mis amigos son estratosféricas. La cuenta especial de mi amigo Juan Luis por poco le ocasiona un infarto al miocardio.
El tal whisky delicioso que le ofreció la edecán argentina al entrar, costaba una fortuna, una sola copa. Con el costo de esa copa de whisky bien se podría comprar una botella de champán.
Mi amigo se puso lívido, y reconoció su error, tremendo error de apreciación. Ella, la edecán no estaba enamorada de él, ni deseaba un romance con este don Juan Tenorio iluso. Años después, la burla a Juan Luis por su desliz con la edecán argentina, continúa con gran regocijo de nuestra parte.
*La vaca filósofa

