El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca puede ser un potente catalizador para la inexorable transición del orden de poder global de una unipolaridad hegemónica centrada en el eje euroatlántico a un sistema multipolar cooperativo, que hoy por hoy tiene su eje de gravedad en el eje euroasiático, pero se espera que en aras de la estabilidad y justicia mundial Estados Unidos sea uno de los pilares fundamentales.
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Aunque Trump ya se ha presentado como un opositor al globalismo hasta ahora imperante, está lejos de ser un campeón de la multipolaridad. Él es un empresario pragmático forjado en el feroz ambiente de las grandes empresas estadounidenses, una experiencia que combina con la de un presentador de reality shows y un agudo olfato para captar las preocupaciones predominantes de la población, reflejadas en sus propuestas y prácticas de gobierno.
Sin vínculos históricos con la estructura permanente de gobierno que manda en Washington, el denominado Estado Profundo (oscuro), lo ve igual que a un enemigo a neutralizar a cualquier costo, así lo constatan los intentos de asesinato judicial y físico de los que ha sido blanco desde su primer mandato. No será de extrañar que en el actual se produzcan otros.
Ya en la toma de posesión, Trump trastoco varias directrices globalistas, emitiendo órdenes ejecutivas contra las agendas ambientales/climáticas, energéticas e identitarias (woke), simbolizadas por la declaración de que, a partir de hoy, será política oficial del gobierno de los Estados Unidos que solo haya dos géneros: masculino y femenino.
Al mismo tiempo, retiró al país del Acuerdo de París y suspendió las leyes y regulaciones ambientales que imponen restricciones a una variedad de actividades económicas, comenzando con la exploración petrolera y costosos incentivos para las llamadas energías limpias, como la eólica y la solar.
Este efecto Trump
Ya se ha manifestado en la salida de grandes bancos y fondos de gestión de activos -JP Morgan, Citigroup, Bank of America, BlackRock, etc.- de las respectivas entidades volcadas al compromiso de las altas finanzas globalizadas con la agenda net zero, entre ellas la Net Zero Banking Alliance (NZBA) y Net Zero Asset Managers (NZAM).
Ineserciones acompañadas por la propia Reserva Federal, el banco central privado de EEUU, que se retiró de la Red de Bancos Centrales y Supervisores para la ecologización del Sistema Financiero (NGFS), entidad creada en 2017 para catalizar la financiarización de la agenda global ambiental y climática.
Son un conjunto de medidas que podrían catalizar un golpe mortal a la igualmente debilitada agenda de la descarbonización de la economía mundial.
Por otro lado, incluso antes de asumir el cargo, Trump sorprendió a aliados y adversarios con sus altanería sobre la incorporación a EEUU del Canal de Panamá, Groenlandia y Canadá, incluso utilizando la fuerza militar, bajo el pretexto de la libre seguridad mundial, pero en realidad buscando el control de los recursos naturales.
Sin vaticinar la evolución de lo que quiera en realidad hacer al respecto, y aparte de su conocido estilo de negociador duro, no hay más espacio en el mundo para la expansión de una base de recursos naturales al estilo imperial, con o sin coerción militar.
Sin embargo, con un poco de visión de largo alcance, sería factible aprovechar la propuesta de su mano derecha Elon Musk, el nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) quien, en paralelo a la toma de posesión presidencial, pronunció un discurso entusiasta sobre la exploración de Marte utilizando naves espaciales tripuladas, un vector optimista para proyectar la capacidad creativa de EEUU en un futuro cercano.
Musk, cuya compañía SpaceX ha logrado importantes avances en la tecnología de lanzacohetes, insiste en que se debe establecer la presencia humana en Marte, un objetivo que no está lejos de cumplirse, pues así fue una misión tripulada a la Luna en 1961, cuando el entonces presidente John F. Kennedy lanzó el Proyecto Apolo, que alcanzó el satélite de la Tierra en 1969.
Sin embargo, se trata de una empresa que sería mucho más fácil, optimizada y justificada si, en lugar de ser una iniciativa individual de Estados Unidos se extendiera a un programa conjunto con las otras potencias espaciales, entre ellas Rusia, China, India, Japón, la Unión Europea, Israel e Irán.
En 1963, el presidente Kennedy anhelaba superar la Guerra fría
Mediante un acuerdo insólito de cooperación entre Estados Unidos y la Unión Soviética para una misión conjunta a la Luna. Lamentablemente, su asesinato en noviembre de ese año, -por las mismas estructuras de poder que aún hoy se obstinan en la ilusión de la hegemonía global-, frustró una iniciativa que podría haber anticipado un gran salto cualitativo de progreso para toda la humanidad.
Aunque parezca utópica en un momento de crisis global y rivalidades estratégicas como la actual, se trata de una propuesta que podría representar una contribución decisiva de Washington a la consolidación de un sistema multipolar de relaciones internacionales cooperativas, en lugar de retrasar el cambio de época en curso con estériles, pero sangrientas, disputas hegemónicas.
La extensión al espacio cósmico sería el auténtico “destino manifiesto” para la humanidad en su conjunto: el “Imperativo Extraterrestre”, descrito así por el ingeniero alemán Krafft Ehricke, uno de los pioneros del programa espacial estadounidense. Liderar tal esfuerzo podría dar mayor importancia a la multipolaridad y consolidar a Estados Unidos como un protagonista de alto nivel del nuevo orden global.
