La aplastante victoria de Donald Trump en las elecciones del 5 de noviembre prueba, una vez más, el desmoronamiento del proyecto globalista del poder mundial esforzado por consolidarlo en las últimas décadas, como si se tratara de la transmutación política de una ley universal. En sentido estricto, el resultado electoral sólo sorprendió a aquellos que se dejaron llevar por encuestas de opiniones amañadas y defectuosas y análisis cegados por una ideología.
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Por esta razón, la propaganda políticamente correcta de la mujer negra e hija de inmigrantes, encarnación misma del “sueño americano” (imagen que ha desaparecido hace mucho tiempo), no permitió percibir el rechazo masivo de la población estadounidense, especialmente en el interior, a las agendas urbanas de los estados costeros del Este y California, cuyos temas predominantes son: el identitarismo/wokismo, el problema ambiental exacerbado centrado en una crisis climática inexistente y la transición energética acelerada contra los combustibles fósiles.
Así, resulta irónico que Francis Fukuyama, uno de los promotores del globalismo con su extraña tesis del “fin de la historia”, se viera obligado a admitir la realidad, en un artículo publicado en el Financial Times de Londres el 11 de noviembre. Según él, la importancia de las elecciones “representa un rechazo decisivo por parte de los votantes estadounidenses al liberalismo y a la forma particular en que la comprensión de una ‘sociedad libre’ ha evolucionado desde la década de 1980″.
Fukuyama define el liberalismo clásico como una doctrina construida en torno al respeto por la dignidad de los individuos a través de un estado de derecho que protege sus derechos y controles constitucionales sobre la capacidad del Estado para interferir con esos derechos.
Y admite:
“Pero en el último medio siglo, este impulso básico ha sufrido dos grandes distorsiones. El primero fue el auge del neoliberalismo, una doctrina económica que canonizaba los mercados y reducía la capacidad de los gobiernos para proteger a los perjudicados por el cambio económico. El mundo se ha vuelto mucho más rico en general, mientras que la clase trabajadora ha perdido empleos y oportunidades. El poder se desplazó de los lugares donde nació la Revolución Industrial a Asia y otras partes del mundo en desarrollo”.
Y prosigue: “La segunda distorsión fue el auge del identitarismo o lo que podría llamarse liberalismo ‘woke’, en el que la preocupación progresista por la clase trabajadora fue reemplazada por protecciones dirigidas a un conjunto más estrecho de grupos marginados: minorías raciales, inmigrantes, minorías sexuales y similares. El poder del Estado se utilizó cada vez más, no al servicio de una justicia imparcial, sino más bien para promover resultados sociales específicos para estos grupos”.
El resultado, y no solo en Estados Unidos, admite Fukuyama, generó un descontento generalizado con un sistema de libre comercio que eliminó sus medios de vida mientras creaba una nueva clase de súper ricos, y también con partidos progresistas que aparentemente se preocupaban más por los extranjeros y el medio ambiente que por su propia condición económica.
Otra evidencia irónica de la retracción globalista
Es la erosión de la capacidad industrial de EEUU, que se manifiesta en la incapacidad del complejo militar-industrial del país para mantenerse al día con la superioridad cuantitativa y cualitativa demostrada por Rusia en la guerra en Ucrania, además de las dificultades para mantenerse al día con los rápidos avances militares de China, los cuales han sido anatematizados por las élites gobernantes de Washington.
Por esta razón, la contraparte belicista del globalismo, el Nuevo Orden Mundial, que algunos llaman la Pax Americana (aunque se parece mucho más a bellum que a pax), también se encuentra ante la perspectiva de un jaque mate con el regreso de Trump a la Casa Blanca.
Esta es la percepción de Ivo Daalder, exembajador de Estados Unidos ante la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y presidente ejecutivo del Chicago Council on Global Affairs: “Trump no está interesado en sostener la Pax Americana como lo estuvieron sus 14 predecesores… La Pax Americana terminará oficialmente el 20 de enero de 2025, cuando Estados Unidos juramentará a Donald J. Trump como su 47º presidente. El país y el mundo serán muy diferentes debido a esto (Politico, 08/11/2024)”.
El propio Trump, en su discurso de victoria en la madrugada del 6 de noviembre, prometió: No iniciaré guerras, terminaré guerras.
Obviamente, habrá que esperar para ver cómo enfrentará los enormes desafíos que se avecinan, empezando por la hostilidad manifiesta del Establishment (dos atentados de asesinato). Sin embargo, las ondas expansivas provocadas por su regreso triunfal denotan que, además de ser un síntoma del vaciamiento globalista, su presencia en el Despacho Oval puede ser un eficaz agente catalizador de este proceso histórico.
Sobre el globalismo
En esencia, el globalismo consiste en la transferencia de las atribuciones y responsabilidades de los estados nacionales soberanos, a tecnócratas no electos vinculados a redes internacionales del poder mundial con la finalidad de ejecutar un programa supranacional. Este último es ejecutado por agencias gubernamentales, entidades privadas, los denominados “think-tanks”, ONGs y otros del eje euroatlántico, y agencias multilaterales que forman parte del sistema de las Naciones Unidas, formando estructuras de “gobernanza global” (o, si se prefiere, gobierno mundial).
Su supuesto fundamental es que la creciente complejidad e interdependencia de los problemas mundiales trascienden las fronteras y exigen que los estados nacionales cedan porciones de su soberanía para permitir que se les haga frente de manera efectiva.
El proceso adquirió el impulso de avalancha a partir de la década de 1990, con la implosión de la Unión Soviética y el advenimiento simultáneo de la globalización financiera y el Nuevo Orden Mundial decretado por el presidente estadounidense George H.W. Bush (1989-1993), cuyos pilares fueron el centro financiero de Wall Street y el poder militar estadounidense.
Así, el globalismo en términos llanos es la tentativa de conservar el poder mundial unipolar, originado por las élites excepcionalistas de Estados Unidos.
