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Vince Mabansag vino al mundo a la 01:29 de la madrugada del 15 de noviembre en Tondo, Filipinas, y recibió de Naciones Unidas (UN) el homenaje simbólico de ser el octavo mil millonésimos habitantes del planeta Tierra. Pasaron tan sólo 12 años desde la marca anterior de 7 mil millones, como señaló un comunicado de UN:
Este crecimiento sin precedentes se debe al aumento gradual de la expectativa de vida humana a causa de la mejoría de la salud pública, de la nutrición, de la higiene personal y de la medicina. Es también resultado de la alta y persistente fertilidad de algunos países.
Por una ironía histórica, la pequeña Venice llegó al mundo en medio de los trabajos de la vigésima séptima conferencia climática de Naciones Unidas (COP-27), reunión que representa actualmente el epítome de la ideología opuesta al crecimiento y al progreso de la población mundial, el maltusianismo, en su moderna versión ambientalista.
En su versión original de finales del siglo XVIII
La ideología del reverendo inglés Thomas Malthus se destinaba a difundir la falaz noción de la existencia de “límites” tanto del tamaño de la población como de los medios para sostenerla. Malthus, en realidad, era profesor de Economía Política de la Escuela de Heileybury de la Compañía de las Indias Orientales, que preparaba a los funcionarios de la empresa, la que encarnaba el empeño colonial británico, y sus ideas, iguales a las de Adam Smith, no pasaban de darle un barniz “científico” a las prácticas políticas y económicas del Imperio Británico.
Para Malthus, la hipotética limitación se debería a la imposibilidad de alimentar una población que crecía en una razón geométrica, contra una producción de alimentos que crecía en una razón aritmética. Sus herederos intelectuales, como el biólogo estadounidense Paul Ehrlich, autor del libro de 1968 “La bomba poblacional,” uno de los libros de cabecera del neomalthusianismo contemporáneo, no refinaron mucho el argumento; llegaron al extremo de sugerir el límite para la población mundial de dos mil millones de personas.
Para esos catastrofistas no importa que la población se haya multiplicado por ocho desde la época de Malthus. A su vez, la producción agropecuaria mundial puede alimentar hoy nada menos que 12 mil millones de personas, 50 por ciento más que la población existente, como nos dice en su libro Destrucción en masa; geopolítica del hambre (Cortez Editora, 2013), el sociólogo suizo Jean Ziegler, exencargado especial de UN para el derecho a la alimentación y una de las autoridades mundiales más grandes en ese tema.
En un artículo publicado en el periódico canadiense The Hamilton Spectator (23/11/2022), el Dr. Sylvain Charlebois, profesor de la Universidad Dalhousie, a propósito del nacimiento del habitante 8 mil millones, afirma:
¿Estamos produciendo los suficiente para alimentar a ocho, nueve o hasta diez millones de personas en la Tierra? La respuesta es sí.
Los sectores dedicados a la alimentación están adaptando y creando nuevas técnicas a un ritmo espantoso. Muchos subestiman la capacidad de adaptación de los involucrados en la agroalimentación, de la producción al consumo. Al tiempo que nuestro planeta produce alimentos suficientes para alimentar a los más de ocho mil millones de personas que los habitan, las desigualdades sistémicas y las disparidades económicas han conducido a una distribución desequilibrada y al acceso irregular a los géneros agroalimentarios. La corrupción, las pandemias, la pobreza, la falta de infraestructura y, es claro, los conflictos geopolíticos, los que hemos visto este año con Ucrania y Rusia, con frecuencia debilitan nuestra seguridad alimenticia mundial.
En el fomento de la variante ambientalista del maltusianismo por los centros de poder angloamericanos a partir de la década de 1960, la noción de la limitación de la población fue adornada con conceptos de mucho atractivo emocional como los límites del crecimiento, capacidad de carga, huella ecológica, biocapacidad y, más recientemente, huella de carbono y sobrecarga de la Tierra. Ninguno pasa de ser un engendro para ofrecer una justificación supuestamente científica para el pilar central del neomalthusianismo/ambientalismo: la idea de que el planeta no dispone de recursos naturales ni de condiciones ambientales para permitir que todos los pueblos y naciones del mundo puedan disfrutar de niveles de vida por lo menos cercanos a los alcanzados por las 40 naciones más ricas.
Idea falaz científicamente injustificable y moralmente inaceptable.

Las falacias del catastrofismo climático
En lo que toca al catastrofismo climático que es la punta de lanza del programa ambientalista actual, así como la gran mayoría de los elementos de esa pauta contra el progreso, hay que decir que no resiste ni la prueba elemental del método científico:
- Para que hubiese influencia humana discernible en la dinámica climática mundial, sería necesario que hubiese anomalías en las oscilaciones de temperaturas atmosféricas/oceánica y de los niveles del mar verificados desde la Revolución Industrial del siglo XVIII (a grosso modo, en los últimos 250 años), en comparación con las registradas anteriormente, en el Holoceno (la época geológica iniciada hace 12.900 años) y en los últimos periodos glaciales/interglaciares, en los últimos 400 mil años.
- El examen de esos registros, a partir literalmente de millares de estudios realizados en todos los continentes por científicos de docenas de países (una buena fuente es el sitio estadounidense www.co2science.org), no muestra ninguna anomalía relevante, ni en los niveles absolutos ni, principalmente, en los gradientes (tasas de variación) de las oscilaciones de dichos parámetros-
- Por el contrario, en el periodo entre 16.000 y 6.000 años atrás, la elevación de los mares alcanzó una media de 1 metro por siglo, que es siete veces mayor que la verificable en los últimos 110-120 años, como registran los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos (IPCC) de Naciones Unidas. Y en el inicio y en el fin del periodo frío conocido como Dryas Reciente, entre 12.900 y 11.600 años atrás, los gradientes de temperaturas atmosféricas llegaron a ser 24 veces más grandes que los registrados desde 1850-70. Incluso a lo largo del Holoceno, las oscilaciones atmosféricas/oceánica no muestran ninguna anomalía respecto a los últimos 150-170 años, según los datos del IPCC.
- En resumen, la ausencia de tales anomalías, el método científico tradicional sugiere que no es posible inferir ninguna influencia humana en la dinámica climática global (las “islas de calor” urbanas constituyen otro fenómeno, en una escala dos órdenes de magnitud inferior).
- En lo que toca a la supuesta correlación entre las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono (CO2) y las temperaturas, en el Holoceno Medio, entre 5.000 y 7.000 años antes, se verifican temperaturas y niveles del mar más altos que los actuales, con concentraciones de CO2 más bien bajas.

