Bolivar Hernandez*
He tenido mucho más contacto con los alcohólicos que con el alcohol propiamente dicho. Mis primeros recuerdos se remontan a mi niñez en el pueblo de mi padre, Cuilapa, Santa Rosa, Guatemala, donde pasé largas temporadas durante mi infancia y adolescencia. Ahí me percaté de la existencia de los bolos (borrachos ) y de las cantinas y prostíbulos, que abundaban por doquier.
En aquella época…
Los niños y jovencitos del pueblo bebían bastante alcohol, ya fuera aguardiente o cerveza. El alcoholismo estaba normalizado y nadie se escandalizaba por ello. Era un acto común observar a varios bolos tirados en la vía pública, ahogados de alcohol, inconscientes.
También el tabaquismo se daba en forma temprana entre los niños y adolescentes. Fumaban tabaco, cigarrillos, no mariguana. Esa es otra historia.
Como he relatado en otras historias de mi vida, en Cuilapa abundan familiares míos por el lado paterno; y muchos de ellos fueron alcohólicos, tanto varones como mujeres.
El caso que más me marcó como un niño de 9 años, fue un día, quizás un sábado o un domingo, que salí a pasear por el pueblo acompañado por un primo de mi edad, y en una calle próxima al parque central, me di cuenta que había un hombre mayor tirado en la banqueta intoxicado por el alcohol. Mi primo y yo nos acercamos hacia ese hombre y me doy cuenta que era un tío, primo de mi padre, y padre de mi primo.
Le dije: Primo, ese hombre es tu papá.
-Sí, me contestó. Y simplemente brincó encima de ese cuerpo, el cuerpo de su padre, y siguió su camino, como si nada.
Me detuve estupefacto frente ese cuerpo yacente, sin saber qué hacer. ¡Era mi tío!
Entendí perfectamente que el alcoholismo en mi familia era una enfermedad crónica entre muchos de ellos. No había nada qué hacer, lamentablemente.
A los 9 años, decidí no beber alcohol jamás, además mi padre era abstemio; él era mi modelo, mi ejemplo. Meritorio el caso de mi padre, ya que muchos de sus parientes cercanos eran alcohólicos conocidos.
Cuando crecí y me fui al internado de la Escuela Normal Rural
Durante tres años de mi vida, estando en plena juventud, por las noches nos escapábamos un pequeño grupo de condiscípulos míos, y nos íbamos a pie unos tres kilómetros hacia la cabecera departamental llamada Chimaltenango, para visitar los prostíbulos.
Mis compañeros, pobres todos, querían beber cerveza y sólo les alcanzaba para una o dos máximo, con eso no se podían emborrachar como ellos querían.
Como me gustaba mucho el baile, me puse a dar clases de cumbia a las meretrices de un par de prostíbulos, ya que él sistema aplicado por estas mujeres era el famoso fichaje para bailar con los clientes y ganar un dinero extra.
Ellas no sabían bailar, y por ello ganaban unos pocos quetzales y deseaban ganar más. Las convencí para recibir clases de baile y obtener una paga simbólica por ello.
Después me fui a México a estudiar la universidad, y allá me reuní con unos amigos guatemaltecos y vivimos juntos en una casa de estudiantes. Ellos fueron mis compañeros en la secundaria. Y, para aquel entonces, ya bebían bastante alcohol.
Un año conviví con mis paisanos en esa casa de estudiantes. Ellos bebían religiosamente sábados y domingos, ya que sus familias les enviaban unas remesas en dólares para su subsistencia y otros menesteres, y ese no era mi caso.
Debe reconocer que mis paisanos siempre me invitaron a beber con ellos, iban muy seguido a Garibaldi, al Tenampa, y yo declinaba esas invitaciones reiteradas, y les pedía que mejor me invitaran a comer, porque tenía mucha hambre. Y su respuesta era que ¡NO, a chupar sí, pero a comer no!En la universidad observé que mis compañeros entraban a clases con envases de refresco en forma sistemática. Contenidos que consumían a lo largo de las clases, y luego supe que esos envases están cargados con ron mezclados con refresco de cola.
Fui invitado a muchos convivios universitarios con altos consumos de ron, en esa época estaba de moda el Ron Havana, por su bajo precio y alto contenido de alcohol. Yo asistía con la esperanza de poder comer algo diferente a los menús espantosos de las casas de huéspedes. Algunas veces comía algo, muchas otras, no. Solo había cerveza y ron.
Ya graduado de la universidad
Mis colegas profesores me invitaban muy seguido a cenar a sus casas, y me pedían llegar con una botella de alcohol.
Ponían juntas todas las botellas y las vaciaban en un recipiente haciendo con ellas una mezcla explosiva; los efectos eran inmediatos y devastadores en la concurrencia.
Me mantuve siempre abstemio, pero esa condición mía incomodaba demasiado a todos mis colegas antropólogos.
Me reclamaban mi proceder, y me decían: No podemos beber tranquilos frente a ti porque tú no bebes y eso nos mete ruido, mucho ruido.
Recuerdo las cenas en casa de un querido colega, alcohólico, que se transformaba en un monstruo con el alcohol, lo desconocía. Varias veces, intoxicado hasta el límite, quiso golpearme con saña. Nunca entendí esa actitud agresiva hacia mi, de parte de esa fina y distinguida persona que era mi amigo estando sobrio.
Me retiré muy pronto del mundanal ruido, y me refugié en otros círculos de amigos.
Finalmente, mi amigo, el alcohólico, terminó sus días en un hospital psiquiátrico por su trayectoria como enfermo de alcoholismo.
Desde hace dos años luego de convivir con la pandemia del COVID, he decido no participar en ninguna actividad social o familiar, me he retirado definitivamente de la vida social. Quizás la pandemia me sirva para encubrir mi ser huraño y anti social de ahora.
¡Hasta pronto amigos!, y les digo salud, pero para brindar por la vida sana. Sean felices si pueden, sin beber alcohol.
*La vaca filósofa

