Bolivar Hernandez*
Tengo la vocación de casamentero, he procurado emparejar a varios con mucho éxito.
El celestino o casamentero es quien procura el emparejamiento adecuado de quienes buscan contraer matrimonio. En algunas culturas es una profesión seria.
A lo largo de mi existencia, serví de puente varías veces entre dos enamorados con deseos de casarse. Tenía la intuición que esas parejas eran compatibles uno con el otro. Y acerté en todos los casos.
He pedido la mano de varias mujeres con mucha frecuencia, la mayoría de las ocasiones en mi papel de celestino. No eran para mí. Pocas veces fui yo el que pidió la mano de mis mujeres.
Entre los grupos indígenas entre los que viví largas temporadas, existe la figura del chaperón, que es aquel que posee un arte en el convencimiento de los papas de la novia.
Es todo un ritual muy complejo y lleno ceremonias: Regalos de una familia a la otra, comidas, tragos, música, cohetes, flores.
En esas comunidades indígenas y campesinas existe también el rapto o robo de la novia, que consiste en un acuerdo entre la pareja para huir del pueblo ante la oposición de los padres de la novia. En algunas ocasiones, el robo de la chica sucede por motivos económicos del novio y su familia, que no pueden sufragar todos esos gastos suntuarios.
En mi caso
Nunca me robé a ninguna novia, a todas ellas sus padres consintieron sus matrimonios, a regañadientes en todos los casos. Excepto en un solo caso.
Al inicio de mis relaciones amorosas, los padres de ellas objetaban de mí muchas cosas para aceptar esas relaciones con vistas al matrimonio.
Los motivos de mis futuros suegros para rechazar el noviazgo, eran variados:
- Color de piel. (Moreno subido de tono, tirando a negro).
- Ser extranjero. ( Según ellos, yo era africano y salvaje).
- Ser profesor universitario ( Como sinónimo de pobreza).
- Ser divorciado y con hijos. ( Excepto en mi primer matrimonio, obviamente).
- No ser propietario de bienes inmuebles, joyas o fincas.
Yo no era el candidato ideal para sus hijas, ya que sus padres aspiraban a algo mejor para ellas. Y ese sujeto no era yo, evidentemente.
Después de varios años mis suegros me aceptaron en todos los casos, principalmente mis suegras, con quienes mantenía una relación amistosa y cordial siempre.
Mis suegros me veían con recelo, con desconfianza, y me hablaban muy poco, lo mínimo.
Uno de mis suegros tenía una sordera funcional, que consistía en oír solo lo que le conviene. Mi futura esposa le comunicó que se iba a casar conmigo, y el señor fingió no haber escuchado eso, y tanta fue su oposición , que se “enteró” de la boda de su hija el mismo día en que nos casamos (¡¡).

En una de mis últimas pedidas de mano
Ocurrieron cosas muy divertidas. El padre de mi novia y futura esposa, ya había fallecido. Mi futura suegra era una mujer de 90 años, española, bella mujer de ojos azules, chaparrita, muy simpática.
El día que la conocí le dije:
Señora, vengo a pedirle la mano de su hija.
-¡No!, me contesto, pídala completa no solo la mano.
En esa pedida de mano que yo organicé, fue en un restaurante de lujo de la ciudad de Toluca, lugar donde residía toda la familia de mi prometida. Invité a toda su honorable familia, incluía a hermanos y sobrinos.
Yo disponía de una buena cantidad de dinero para pagar esa comida familiar. Pero ocurrieron algunos imprevistos. Ellos, mi futura familia política, comían como náufragos, muchísimo. Y los varones bebían alcohol en exceso, también.
Yo no bebo, pero como muy bien. Todo iba de maravilla hasta que me percato que los comensales, mis invitados, pedían y pedían más platillos y más alcohol. Y comienzo a hacer cuentas mentales de lo que ya habían consumido todos ellos, y concluyo que no me va a alcanzar lo que traigo para pagar esa cuenta exorbitante.
Comienzo a sudar copiosamente, y eso que Toluca es la ciudad más fría de toda la República Mexicana.
La fiesta era inolvidable, de pronto aparecen mariachis y todos se ponen a cantar eufóricos, eso no estaba planeado.
Ya teníamos varias horas en ese magnífico restaurante de lujo, y yo le pedía al universo que ya terminara ese gran festín.
Hubo discursos de todos ellos pidiendo que tratara bien a la novia y futura esposa. Y yo ofreciendo y prometiendo maravillas, a mi suegra y cuñados.
¡Yo, sudando frio!
Al cabo de cuatro horas, decido ir al servicio sanitario, a relajarme un poco y a contar de nuevo el dinero que tenía para pagar aquello. Lo conté y, obviamente, no era suficiente.
Vuelvo al salón privado donde estaban todos mis futuros parientes políticos.
Soy moreno, pero estaba pálido para esas horas.
Me siento junto a mi suegra, y pido en voz alta a un mesero:
¡La cuenta, por favor!
Las risas de todos me descolocaron, ¿por qué se reían?
Y me dice mi suegra:
Yerno querido, ya no sufras más, ¡yo ya pagué la cuenta!
*La vaca filósofa.

