Bolivar Hernandez*
En los años 60 del siglo pasado, llegué a la Ciudad de México para estudiar la universidad; tenía escasos 20 años y muchas ilusiones por destacar en esa sociedad, después de dejar atrás mi segunda patria y a mi familia.
Como he contado en otras historias personales, mi equipaje cabe perfectamente en una maleta grande. Y siempre viajo muy ligero, con lo indispensable. En mi juventud en Guatemala, tuve varios trajes de casimir hechos a la medida con el sastre de mi padre. Esa vestimenta formal se quedó colgada en serchas (ganchos) en un closet de la casa de mis padres, en Quetzaltenango.
En la universidad de México tuve pocas ocasiones de asistir a fiestas o reuniones muy importantes, en primer lugar mis finanzas eran escasas y no daba para ningún lujo de ninguna clase.
Fui un estudiante bien vestido con pocas prendas, y buen calzado, porque necesitaba caminar mucho para ir de mi casa a la universidad, y eran travesías de varias horas y muchos kilómetros.
Por supuesto que no poseía un traje formal, ya que no me alcanzaba para comprar uno solo ni tenía compromisos sociales que lo ameritaran.
Al paso de algunos años…
Mi interés amoroso por una linda jovencita, hizo necesario salir más a menudo a gastar el poco dinero que ganaba como ayudante de investigación en el Museo Nacional de Antropología en el Bosque de Chapultepec.
Y un día la novia me dijo:
Viene una fiesta de 15 años de mi hermana, y tenemos que ir a ese baile.
Vi la urgencia de adquirir un traje elegante para tan importante festejo de mi cuñada. No había escapatoria alguna para mi.
Me angustió mucho el tener que comprar un traje nuevo y no tener el dinero suficiente para ello.
Fui al centro histórico de la Ciudad de México y caminaba por la antigua avenida San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas), y que veo en la planta baja de la Torre Latinoamericana, esquina con Madero, una tienda Milano con trajes para caballeros.
Y el precio era increíblemente barato: escasos 100 pesos mexicanos, y pues lo adquirí de inmediato; era un traje de dos piezas: pantalón y un saco color turquesa. Me gustan los colores fuertes por mis raíces afroamericanas.
Llegó el ansiado día de la fiesta de los quince años de mi cuñada menor, La Lupita, y mi novia, La Verónica, y yo, estábamos felices por tal acontecimiento.

Todas las fiestas de 15 años son cursis y siguen un ritual muy tradicional
Palabras del padre diciendo que su hija ya es una señorita, una flor en capullo, y otras frases hechas. Y luego bailan el vals, ella y su padre en primera instancia, y a su lado los chambelanes ejecutan una coreografía típica.
Después todas las parejas invitadas saltan a la pista del salón alquilado a bailar.
Bailaba yo con mi novia, La Verónica, canciones románticas de esas que se bailan muy pegadizos y con los ojos cerrados.
Ella era chaparrita, muy chaparrita, y le gustaba bailar conmigo con sus brazos rodeando mi cuello, según ella eso era señal de un gran romanticismo.
A media noche, sudorosa ella y yo también, nunca dejamos de bailar ni una sola pieza musical, era la oportunidad de oro de estar muy juntos.
En un momento dado, la Verónica, me puso sus manos en las costuras de las hombreras, ahí donde arrancan las mangas, y clavó sus largas uñas en las costuras que las rompió totalmente, y me dejó sin las mangas del saco. Ya el pantalón se había descosido un poco de la entrepiernas, en un paso de rock and roll, pero no le di importancia.
A las tres de la mañana mi aspecto era desastroso
El saco descociéndose de las mangas, y el pantalón roto de la entrepierna. La Verónica estaba muy divertida viendo mi situación bochornosa.
Ese traje color turquesa duró una sola noche, y lo tiré a la basura sin remedio alguno.
Los trajes posteriores que compré para desempeñar funciones ejecutivas y diplomáticas, muchos años después, eran confeccionados con elegantes casimires ingleses, que combinaba con exquisitas corbatas italianas de seda, y zapatos Florsheim.
Por cierto, de La Verónica nunca supe más de ella, después que me deshilvanó mi traje de 100 pesos. Esa es una de las pocas veces en que me sentí ridículo e incómodo.

