La situación en Sinaloa, particularmente en Culiacán es crítica, debido a la narcoguerra iniciada en septiembre de 2024. Este conflicto bélico, cuasi una guerra civil, ha paralizado la economía local, provocando el cierre de miles de establecimientos y una pérdida masiva de empleos.
Ivette Sosa
El nombre Culiacán, que proviene del náhuatl Colhuacan, tiene tres interpretaciones principales: Lugar de los que adoran al dios Coltzin, –el dios torcido-; Lugar de los colhuas, -referencia a la tribu que habitaba la zona– y el Cerro torcido o –donde los caminantes tuercen el camino-.
Literal, parece que aquí, en Culiacán de Rosales, la prosperidad y tranquilidad se torcieron conforme el narcotráfico y el crimen organizado fueron entrando y penetrado las diferentes capas de la sociedad. El ambiente criminógeno llegó para quedarse; se arraigó en la cultura a través de la música, series y moda, lo cual normalizó un estilo de vida delictivo, la narcocultura.
¡Sí!, la romantización del crimen, en la capital sinaloense, como en todo Sinaloa y como en muchas entidades del país, facilitó el reclutamiento de jóvenes y debilitó el tejido social, al presentar al capo como un héroe aspiracional.
También, los grupos del crimen organizado han optado por el secuestro y reclutamiento por la fuerza a jóvenes y niños mediante engaños o coerción, para integrarlos a sus filas. Organizaciones civiles y autoridades han alertado sobre esta problemática, que se ha intensificado en años recientes. No sólo en Culiacán y Sinaloa, sino en todo el país.
Debido a la violencia, en Sinaloa se han perdido unos 25 mil empleos (formales e informales). Tan solo en Culiacán, la Coparmex y cámaras locales reportan una caída de entre el 5% y 10% de los puestos de trabajo.
Organismos empresariales reportan el cierre definitivo o temporal de más de 2 mil negocios en la capital. Los sectores más afectados son el restaurantero, el comercio minorista y los servicios de entretenimiento nocturno.
En datos duros, el costo económico supera los 25,000 millones de pesos, aunado a la falta de flujo de efectivo y el ausentismo laboral, por la zozobra y terror a las cotidianas balaceras entre las facciones del Cártel de Sinaloa y también entre estos grupos con fuerzas del orden, que tienen a muchas micro y pequeñas empresas, al borde de la quiebra. Muchos emprendimientos más, han bajado las cortinas.
De hecho, muchos comercios cierran antes del anochecer por el toque de queda autoimpuesto por la población. Al unísono, los narcobloqueos y el robo de vehículos, impiden la logística de suministros. En tanto, profesionales y trabajadores especializados han abandonado Culiacán -fuga de cerebros-, buscando seguridad en otras entidades o, de plano, en el extranjero.
El asentamiento del narcotráfico en Culiacán
No fue casualidad, sino el resultado de una combinación única de geografía, historia y política. Su cercanía a la Sierra Madre Occidental (Triángulo Dorado), ofreció un clima ideal para el cultivo de amapola y mariguana, amén de terrenos accidentados, que han servido como refugio natural y dificultado la vigilancia.
A finales del siglo XIX, inmigrantes chinos introdujeron el cultivo de la amapola y el conocimiento para extraer opio. Cuando fueron expulsados o perseguidos, las familias locales retomaron y expandieron el negocio.
En los años 40s, Estados Unidos incentivó indirectamente el cultivo de amapola en la región, para obtener morfina con fines médicos para sus soldados, lo que consolidó una infraestructura de producción masiva.
Culiacán funciona como el nexo entre las zonas de producción en la sierra y las rutas de exportación hacia Estados Unidos, contando con servicios, comunicaciones y un sistema agrícola avanzado, que facilita el lavado de dinero y la logística.
Con el tiempo, se desarrolló una narcocultura y redes de parentesco que generaron protección social y complicidad con sectores del poder político, económico y policiaco, permitiendo que la actividad se normalizara en la economía local y en la sociedad en su conjunto.
