Bolivar Hernandez*
En México se suele decir que a alguien se lo cargó el payaso, cuando a esa persona le ocurre una tragedia de cualquier tipo. Ignoro de dónde proviene esa frase tan común, en mi tierra.
A mi sí me cargó el payaso, no metafóricamente hablando. Hace muchos años andaba paseando por el barrio típico de Coyoacán, del brazo de una novia muy bella y pretenciosa, a la que solo le gustaba comer en restaurantes finos y exquisitos.
Buscaba un buen restaurante en el Jardín Hidalgo, la plaza central de Coyoacán, cuando veo salir a un centenar de payasos de la Iglesia de San Juan Bautista, que celebraban ahí, con una misa, El día del payaso.
Imagínense ustedes el tremendo colorido que ofrecían los trajes, los zapatos descomunales, los maquillajes y los globos que traían en las manos. Un espectáculo multicolor, ideal para un fotógrafo amateur como yo.
Pensé en tomar muchas fotos de este centenar de payasos
Ya sean gráficas espontáneas y naturales, como también fotos posadas. Me encontraba a unos 60 metros de distancia de todos esos payasos. Ellos, en el atrio de la iglesia, y yo cerca de la Fuente de los Coyotes.
Se me ocurre salir corriendo a su encuentro, y de pronto tropecé con un adoquín y salgo disparado por los aires, lastimándome gravemente la pierna izquierda, al grado que fui a parar a las urgencias médicas del Hospital General, con el diagnóstico de unas roturas de ligamentos y tendones.
Salté por los aires sin soltar la cámara fotográfica. Y fui a dar a un metro del grupo de payasos que pretendía fotografiar. Y un payaso fortachón me levantó entre sus brazos, y me condujo a la ambulancia que alguien solicitó para mí.
Estuve inválido sin poder caminar y tirado en la cama, con dolores agudos. La novia, esa mujer bellísima y pretenciosa, y testigo del accidente junto a los payasos, un día fue a mi casa, para comunicarme que terminaba nuestro noviazgo, porque ella no nació para cuidar hombres inválidos.
