Frente a la violencia, el miedo y los molinos de viento del poder, la fragmentación de la sociedad civil sinaloense se ha convertido en una complicidad involuntaria con el statu quo.
Juan Manuel Acuña Salomón
Sinaloa siempre ha sido una tierra generosa, bendecida por ríos que nutren valles fértiles y poblada por gente dispuesta a entregar la vida por el trabajo, la tierra y la familia. Sin embargo, no podemos cerrar los ojos ante la sombra que la ensombrece: Los gigantes invisibles de la violencia impune, la indiferencia institucional y el miedo rotundo que congela las voces en las calles.
Durante demasiado tiempo se nos ha repetido la consigna de la resignación, el consejo de quien prefiere “no buscarle ruido al chicharrón”: «Eso no va a cambiar nunca. Estás peleando contra molinos de viento».
Nos han querido convencer de que estos gigantes son inamovibles, que sus aspas giran por la fuerza del destino y que a la ciudadanía solo le queda agachar la cabeza. Pero la verdad es otra: Son simples molinos de viento. Estructuras pesadas y ruidosas, sí, pero impulsadas únicamente por la inercia de una sociedad que ha olvidado el poder de su propia indignación.
Sinaloa no está vacía de esperanza; está llena de Quijotes
Hombres y mujeres valientes en los colectivos de búsqueda, en el campo, en las universidades, en los gremios productivos y en las colonias, que no habitan en la ilusión ni desconocen el peligro. Son almas nobles que se niegan a aceptar que el miedo sea nuestra única herencia, y nos recuerdan que la dignidad humana, es capaz de emprender el galope en medio de la tormenta.
Sin embargo, hay una lección cruel que la historia nos exige aprender: Un Quijote solo contra un molino termina con la lanza rota y tendido en el polvo. La resistencia individual es conmovedora, pero en solitario no transforma realidades ni mueve las estructuras del poder.
Es momento de hablar con absoluta crudeza a quienes hoy encabezan colectivos, cámaras empresariales, organizaciones de la sociedad civil, agrupaciones agrícolas y colectivos ciudadanos en Sinaloa.
Han pasado años construyendo parcelas de resistencia, pero debemos preguntarnos sin tapujos: ¿De qué nos sirven diez o veinte iniciativas aisladas si ninguna tiene la masa crítica para mover un solo milímetro las decisiones del estado?
La fragmentación de la sociedad civil sinaloense ha dejado de ser una simple falta de coordinación para convertirse en una complicidad involuntaria con el statu quo. Cada líder que antepone el logotipo de su organización, el celo de su causa, la vanidad del micrófono o la aspiración política personal al bien común de Sinaloa, le está regalando un cheque en blanco al régimen para mantenernos en la oscuridad.
El horizonte del 2027 nos plantea una encrucijada definitiva
No se trata únicamente de resistir en el plano social, sino de tomar las riendas de nuestro destino político. Se trata de entender que el gobierno actual de Morena solo se mantiene firme mientras nosotros sigamos dispersos.
Si los liderazgos sociales no son capaces de sentarse en una sola mesa, deponer los egos y trazar una hoja de ruta unificada para movilizar a la ciudadanía hacia el voto, el futuro de Sinaloa será sumamente incierto. La libertad, la seguridad y el bienestar no se conquistan desde la trinchera del aislamiento, sino en la fuerza organizada del electorado.
No hay gigante demasiado grande que no pueda ser derrotado cuando existe unidad de propósito. Este 2027, la dignidad debe dejar de ser un lamento silencioso para convertirse en un mandato claro en las urnas. Si nos unimos en un ejército de Quijotes, no habrá molino que resista ni viento de costumbre que pueda detener la fuerza del cambio.
Sinaloa sí tiene un buen futuro y ese futuro está en nuestras manos, en las manos de ese ejercito de quijotes, de esos locos soñadores que están dispuestos a sumar esfuerzos de tomar las riendas de nuestro propio destino político. Se trata de entender que el gigante que hoy gobierna y devora nuestras oportunidades desde el poder actual —Morena—, solo se mantiene en pie mientras nosotros sigamos dispersos.
Sinaloa no necesita más héroes solitarios que se desgasten en el intento; requiere un ejército de Quijotes que se niegue rotundamente a aceptar que nuestro estado no tiene futuro.
El 2027 no perdonará la soberbia de las trincheras aisladas. Si los actuales líderes sociales no son capaces de sentarse en una sola mesa, deponer los egos y trazar una hoja de ruta unificada para rescatar al estado con el voto masivo, la historia los recordará no como los Quijotes que intentaron salvar a Sinaloa, sino como los guardianes de sus propios feudos.
