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Las sanciones impuestas a Rusia por Occidente encabezado por Estados Unidos, como castigo colectivo por la guerra en Ucrania, está agravando considerablemente los problemas alimenticios mundiales, que ya se manifestaban con la pandemia del COVID 19.En mayo, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, advirtió que el mundo está ante el “espectro de una escasez mundial de alimentos”, que podrá durar años. En todo el mundo, el alza de precios de los alimentos básicos ya elevó el número de personas que viven en la inseguridad alimentaria a 1 600 millones, de las cuales, cerca de 250 millones se encuentran al borde de la inanición. Un reportaje de la revista The Economist presenta una sombría síntesis del problema. Informa que Rusia y Ucrania juntas representan nada menos que 12 por ciento de las calorías comercializadas en el mundo, de ellas 28 por ciento del trigo, 29 por ciento de la cebada, 15 por ciento de maíz y 75 por ciento del aceite de girasol. Ambas abastecen la mitad de los cereales importados por Líbano y Túnez y dos tercios de los importados por Libia y Egipto. Ucrania, cuyas exportaciones están reducidas al mínimo, alimenta a nada menos que 400 millones de personas en todo el planeta.
Además, a causa de la guerra, los precios del trigo subieron 62 por ciento desde principios del año.
En China, el mayor productor mundial de trigo
A causa del atraso de las lluvias el año pasado, la cosecha de este año puede ser la peor de todos los tiempos. India, el segundo productor más grande, enfrenta problemas con una fuerte sequía, problema que también afecta a Estados Unidos, a Francia, y al Cuerno de África.
Las sanciones también alteraron el comercio de fertilizantes, de los que Rusia, Ucrania y Bielorrusia, también sancionada, representan un cuarto de la producción mundial, en el caso de los fertilizantes potásicos. Sumada al alza generalizada de los precios de los combustibles, la reducción de la disponibilidad de fertilizantes y su aumento de precio tienen otro efecto negativo en la producción de alimentos.
No es ninguna sorpresa que los sean los más afectados. En el África Subsahariana, los gastos en alimentación representan el 40 por ciento del presupuesto familiar, contra un promedio de 25 por ciento en las economías emergentes. En muchos países, los gobiernos no pueden subsidiar a los pobres, problema que se agrava para los importadores de energía, mercado afectado también fuertemente por el alza de los precios provocada por la guerra.
Pero Europa no escapa de los problemas y ya enfrenta la escasez de ciertos alimentos y una inflación inusitada, con los precios de los granos y de los aceites muy por encima del promedio mundial de 30 por ciento.
Y la crisis amenaza con serias repercusiones políticas y de seguridad, con inestabilidad política y convulsiones sociales, no sólo en los países en desarrollo, sino en la misma Europa y en Estados Unidos, ambiente que puede favorecer al extremismo y al terrorismo.
En esencia, si tal estancamiento persiste por un periodo más largo, el mundo corre el riesgo de verse de nuevo en una crisis alimenticia de gran envergadura, quizá una sin precedentes en la Historia contemporánea.
