Lorenzo Carrasco*
El general invierno está asombrando una vez más a los europeos, y descargando duros golpes de realidad a la soberbia, que convirtió la matriz energética del continente (y de buena parte del mundo) en una fábrica de ganancias especulativas y en un sistema vulnerable a cualquier desvío de sus condiciones óptimas de funcionamiento provocados por los vaivenes del mundo real.
La mera posibilidad de un invierno más riguroso que el de 2020-21, reforzada por las poco comunes nevadas de septiembre y en lo que va de octubre en varios países del hemisferio Norte (Finlandia, Suecia, Noriega, Groenlandia, Estados Unidos, Corea del Sur y otros), y la súbita falta de viento que paralizó los aerogeneradores, está crispando los nervios de los dirigentes políticos y de los profesionales de todas las ramas involucradas en la vasta estructura de intereses vinculados al tema de los cambios climáticos y sus consecuencias energéticas.
En la prensa especializada en asuntos económicos, y no solo en ella, ya se habla abiertamente de que la transición de los combustibles fósiles a las llamadas energías verdes o limpias se está haciendo sin las debidas precauciones. ¡Bienvenidos al club!
En un reportaje publicado el 5 de octubre, la agencia Bloomberg afirmó que el mundo vive la primera gran crisis de transición a la energía limpia, y que no sería la última. Los autores denotan la nerviosidad de muchos formadores de opinión que se orientan más por ideologías que por la realidad, y afirman que “la transición a una energía más limpia se proyecta para hacer más flexibles a aquellos sistemas (energéticos), y no menos”. Pero se ven obligados a admitir que “el sistema energético mundial se volvió radicalmente más frágil y propenso a las sacudidas”.
El 14 de octubre, en la revista Forbes, el comentarista de energía y seguridad Ariel Cohen, señala que Europa está pagando el precio de una “transición apresurada de las fuentes de energía de base tradicionales (gas, carbón y nuclear) a la generación renovable intermitente”. El problema no es tan sólo la ilusión ambiental, sino también la especulación financiera.
Dice: El plan maestro de Europa para la neutralidad de carbón separó a los estados miembros de los acuerdos de compra a largo plazo, en favor de la formación de precios a corto plazo (mercados libres), lo que hizo que la crisis se tornase más costosa para las empresas de energía y para otros consumidores que ahora buscan fuentes de combustibles diferentes. Los exportadores de gas, como Rusia y Catar, están listos para facturar.
A pesar de dividir la responsabilidad con lo que llama el “póquer energético” de Rusia, Cohen atribuye la crisis a la “soberbia de la política verde europea”. Para él: “La lección principal es: no se puede convertir en realidad la voluntad de una transformación energética sin construir una capacidad de generación de base amplia, confiable y viable económicamente”.
Al respecto de la actitud de Rusia, la Canciller alemana, Angela Merkel, y el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, afirmaron que los contratos de abastecimiento de gas natural firmados con aquel país se han cumplido rigurosamente. A su vez, el presidente Vladímir Putin afirmó que Rusia está lista para ampliar los abastecimientos de petróleo a Europa, si fuesen solicitados. Y, por ironía, quien hizo esto fue la subsecretaria de Estado de Estados Unidos, Wendy Sherman, quien pidió al viceprimer ministro de Rusia, Alexei Overchuk, que Rusia “haga más para garantizar la seguridad energética europea” (Reuters, 14/10/2021).
En cuanto a su recomendación, sería de sentido común que no sólo los europeos, sino todos los dirigentes políticos, formadores de opinión y ciudadanos interesados en política tomasen nota de ella.
Dos días después, la revista The Economist (16/10/2021) casi plagió a Bloomberg, al dedicar un editorial al tema “la primera gran sacudida de energía de la era verde” en el que admite que “existen problemas graves con la transición a la energía limpia”. El párrafo siguiente sintetiza el mensaje al respecto:
El pánico (que se cierne sobre Europa) es un recordatorio de que la vida moderna necesita energía abundante: sin ella, las cuentas se vuelven prohibitivas, las casas se congelan y los negocios reducen su paso. El pánico también ha expuesto problemas más profundos, en la medida en que el mundo se dirige hacia un sistema energético más limpio, inclusive ha mostrado inversiones inadecuadas en energías renovables y en algunos combustibles fósiles de transición, riesgos geopolíticos al alza y tenues ‘buffers’ de seguridad en los mercados de energía. Sin reformas rápidas, habrá más crisis de energía y, tal vez, una revuelta popular contra las políticas climáticas (subrayado nuestro).
Además de la evidente preocupación por las cuentas de energía prohibitivas, el congelamiento de los hogares en invierno y la desaceleración de los negocios, el editorial resalta el temor del grupo de poder globalista, del cual Economist es uno de los principales portavoces, con un posible descrédito y hasta el rechazo del programa de la “financierización climática”. Esta, como se sabe, es una pieza clave de la estrategia de aquellos altos círculos oligárquicos para convertir parte de los colosales activos financieros especulativos que están llevando al sistema financiero mundial a un límite crítico e imprevisible.
Del lado positivo, vale la pena señalar la hasta cierto punto sorprendente iniciativa de un grupo de 25 destacados académicos, periodistas y ambientalistas europeos y estadounidenses que publicó una carta abierta en el periódico alemán Die Welt (14/10/2021), en el que pide que Alemania no cierre sus últimas seis plantas nucleares, que tienen a su cargo la generación de 11 por ciento de la electricidad del país.
Con el título de “Querida Alemania, por favor, deje las plantas nucleares en la red”
La carta afirma que el país “no se puede dar el lujo de tal retroceso innecesario”, que sólo aumentaría sus emisiones de carbono, “porque se tendrían que quemar más combustibles fósiles para proveer la sustitución necesaria”. La mención “más combustibles fósiles” es la admisión implícita del fracaso de la insistencia alemana en la expansión de la generación eólica, que, en el último invierno, vio los generadores parados durante casi todo el tiempo, a causa de la falta de vientos. Por consiguiente, los autores piden una enmienda de la legislación alemana para extender la operación de las plantas hasta 2030.
A pesar de los argumentos salidos de la supuesta influencia de las emisiones de carbono en la dinámica mundial, no deja de ser interesante ver a ambientalistas como el periodista inglés George Monbiot, del periódico The Guardian, o al climatólogo estadounidense James Hansen, uno de los padres del catastrofismo climático, y a otros respaldando la energía nuclear, detestada en general por dichos círculos. Una prueba más, posiblemente de los asombros provocados por el “General invierno”, que está a las puertas de la conferencia climática COP-26 (Glasgow, Escocia, a partir del 30 de octubre), a la espera de que baje la crisis de la soberbia ambientalista, con su pretensión de que la humanidad influencia los procesos climáticos a escala mundial.
Australia, uno de los mayores exportadores mundiales de carbón, estará en la picota en la reunión de Glasgow por tratar de alterar sus metas de reducción de emisiones de carbono, así como Brasil, acusado de “devastar” el bioma amazónico.
*MSIa Informa

