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El “gobierno invisible” se queda sin cartas

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El accidentado camino hacia las elecciones presidenciales de noviembre y el visible agotamiento de las capacidades de los EUA y de sus representantes en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) e Israel, de ejercer manu militari en sus roles de la agenda hegemónica hacia Ucrania y Oriente Medio, denotan que el “gobierno invisible” que da las cartas en el eje Washington-Londres se quedó sin baraja.

MSIA*

Por “gobierno invisible”, entiéndase la cúpula de la coalición de intereses financieros con los carteles de materias primas y de energía junto con el complejo de “seguridad nacional”, que ejerce una influencia determinante sobre la clase política y la prensa corporativa, y cuyos programas se ejecutan independientemente de quien ocupe la Casa Blanca. Cuando algún presidente se desvía de la ruta trazada, aunque sea poco, se ponen en práctica los viejos métodos de coerción y, en casos extremos, la eliminación del oponente.

Son ejemplos típicos los asesinatos de John Kennedy (1961-63) y de su hermano Robert Kennedy, el gran favorito de las elecciones de 1968, año que también presenció el asesinato del líder de los derechos civiles Martin Luther King. Todas, acciones de gran relevancia en la consolidación del “gobierno invisible”, convenientemente atribuidas a individuos aislados, pero que, debidamente investigadas, denuncian sus tentáculos.

Donald Trump, un outsider quien en su mandato (2017-2021) le dio mucho trabajo a esta estructura de poder, escapó por milímetros de engrosar la lista de asesinatos políticos en los EUA (en un atentado rápidamente achacado a un joven desajustado, en la más rápida investigación en la historia del FBI), como parte de un virtual golpe de Estado pretendido por aquellos altos oligarcas para asegurar sus intereses en noviembre próximo. 

Golpe que incluyó la exposición en tiempo real

De la incapacidad cognitiva del presidente Joe Biden, en el debate presidencial anticipado con Trump, y el bloqueo de las multimillonarias donaciones de campaña, para forzarlo a renunciar a la reelección. La propia opción de Biden, cuyos problemas cognitivos eran visibles desde hace años, para la tarea de derrotar a Trump en 2020, fue indicativa de la escasez de cartas de peso para el juego hegemónico de los dueños del poder real. Ahora, la unción de la vicepresidente Kamala Harris, cuyas cualidades para la disputa se restringen al hecho de encuadrarse perfectamente a la “agenda woke”, refuerzan la percepción de que las cartas se agotaron.

Es relevante que Trump se haya manifestado contrario a continuar los conflictos en Ucrania y en Gaza, dejándolo claro, incluso, en conversaciones directas con el presidente Volodymir Zelenski y el primer ministro Benjamin Netanyahu, a pesar de ser un firme defensor de Israel. En su perspectiva pragmática, ambos conflictos son lavabos de recursos estadounidenses que benefician preferencialmente al complejo militar industrial, en detrimento de las necesidades de reconstrucción de la base industrial y de infraestructura del país.

Las dos guerras están exponiendo a la luz del día las limitaciones de la maquinaria militar hegemónica

En Ucrania, la guerra de desgaste practicada por Rusia destapó la incapacidad de la OTAN de sostener un conflicto prolongado, por la insuficiencia de su base industrial, perjudicada por décadas de financierización globalista. E Israel, otrora una potencia militar sin rival en la región, ve a sus recurso humanos, materiales y económicos ser fuertemente drenados por la tenacidad de la resistencia palestina en la confrontación más larga de su historia, además de demostrar su vulnerabilidad ante las operaciones de venganza de Irán, de Yemen (el país más pobre del mundo árabe) y del Hezbollah libanés, que los dos últimos prometen suspender en cuanto cesen los combates en Gaza.

En este escenario, el gobierno invisible está recurriendo al viejo recurso de patear la mesa del juego, mediante una estrategia de tensión destinada a desparramar el caos. En ella se encuadran atentados políticos, tal cual fue en contra del primer ministro eslovaco Robert Fico, las amenazas al húngaro Viktor Orbán, notorios opositores a la extensión de la guerra en Ucrania, la intención de instalar misiles de crucero estadounidenses en Alemania, el permiso a Ucrania para usar misiles de largo alcance contra objetivos en el interior de Rusia, y otras medidas del género.

De igual manera, el complot para atentar contra la vida del Papa Francisco en Trieste, denunciado por el propio Vaticano e investigado por las autoridades italianas, no puede descartarse de inmediato de estar desvinculado de la agenda de caos del “gobierno invisible”. En rigor, no sería la primera vez que esta estructura de poder haya atentado contra un Pontífice, visto el ataque contra Juan Pablo II en 1981, perpetrado por un operativo turco de las redes clandestinas de la OTAN, involucradas en una agenda de ampliación de tensiones cuyos métodos no difieren mucho de los actuales.

En aquel momento histórico, a mitad de la Guerra Fría, el “gobierno invisible” se encontraba en la cresta de su poderío, y la Unión Soviética, a pesar de ser un poderoso rival, no ofrecía la amenaza existencial hoy representada por el surgimiento del mundo multipolar y la migración del centro de gravedad geopolítico-geoeconómico del eje euroatlántico hacia el euroasiático.

De ahí viene la desesperación de los señores del poder real en Washington, Londres y Bruselas, al verse sin condiciones de proseguir en el juego hegemónico.

Fotos: Pixabay
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