Reseña: Vida, mi historia a través de la Historia, del Papa Francisco
Elisabeth Hellenbroich, desde Weisbaden, Alemania*
En marzo pasado, se publicó la autobiografía de Papa Francisco, Vida-mi historia a través de la Historia. Este bello libro se publica en un momento crítico de la Historia, cuando el destino de la humanidad pende de un “delgado hilo”. Las crueles y sangrientas guerras en Ucrania y en Oriente Medio voltearon al mundo patas para arriba.
En cualquier lugar, las personas están aterrorizadas por el asunto: ¿si los estadistas de nuestro tiempo quedaran “sin rumbo” y fueran incapaces de iniciar la paz y el diálogo, sería este es el fin de la humanidad?
El libro se basa en dos modalidades de narración
Por un lado, un relato del periodista italiano Fabio Marchese Ragona, quien tuvo muchas pláticas con el Pontífice, en las cuales le narró los acontecimientos mundiales específicos, en el transcurrir de sus 87 años, que moldearon su vida. Del otro, el relato autobiográfico del primer papa latinoamericano sobre su primera infancia y su vida hasta este año de 2024.
El relato incluye el testimonio de Jorge Bergoglio desde que siendo niño (nació en 1937 en Buenos Aires) vivió la eclosión de la Segunda Guerra Mundial; la noticia sobre el ataque nuclear contra Hiroshima y Nagasaki, hacia el final de la guerra y sus efectos; en la década de 1950, la era McCarthy en los EUA y la “cacería de brujas” contra espías soviéticos, como el caso de la pareja Rosenberg, la cual fue ejecutada; su ingreso a la orden jesuita en Buenos Aires; los efectos del golpe militar dado en 1976 por el general Jorge Videla (una pesadilla vivida por la suspensión de la Constitución y la aplicación de la ley marcial, así como la persecución de miles de personas, que solamente terminó en 1983).
La caída del Muro de Berlín en 1989; el nacimiento de la Unión Europea, en 1992; los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en New York; la explosión de la crisis económica mundial de 2008; la renuncia de Papa Benedicto XVI, en febrero de 2013, seguida por la propia elección de Francisco; la pandemia global del Covid-19; los años de 2022 y 2023, marcados por surgimiento de las sangrientas guerras en Ucrania y en Oriente Medio, cuyos devastadores efectos se resienten en todo el mundo y en respuesta a los cuales la mayor parte de la humanidad espera una solución basada en la paz y en el diálogo.
El tema guerra y paz es una línea conductora a lo largo del libro
En cuyo capítulo final (“La historia que todavía debe escribirse”) el Pontífice levanta críticas contra las personas que, en la Iglesia se comportan casi como “monarcas”. Afirma que no desistirá de “soñar que nuestra iglesia sea suave, humilde y compasiva”, que sirva con la cualidad de Dios, es decir, una Iglesia tierna y comprensiva, cerca del “pueblo”. Por encima de todos, esto exige que “intentemos superar el ‘clericalismo’, la idea de superioridad moral que mantiene a distancia a los fieles y que se convirtió una verdadera enfermedad y una verdadera plaga. La Iglesia está llena de santos, pero en algunos casos se convirtió en una Iglesia pecadora, porque el clericalismo es pecaminoso”
En cuanto a las actuales guerras, afirma que se ha ofrecido para negociar: “Intercambie telefonemas de varios líderes internacionales, quienes podrían cambiar alguna cosa mediante sus acciones y les recordé la importancia de la vida humana, sea esta musulmana, cristiana o judía”. Resaltó que la Santa Sede “inició una serie de propuestas diplomáticas y humanitarias, esperando que tengan el efecto deseado. Pero, en todo el mundo, debemos empeñarnos para que el diálogo venza y los responsables entiendan que las bombas no resolverán el problema, sino que crearán otros nuevos”.
Infancia y Juventud de Jorge Bergoglio
El libro comienza con una vívida memoria de Jorge Bergoglio sobre su país y la abuela Rosa, madre del padre de Bergoglio, Mario, escuchando las noticias sobre el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939. La familia vivía en el barrio de Flores, en Buenos Aires, donde creció Jorge. Junto con su hermano menor Oscar iban todas las mañanas a quedarse con la abuela Rosa, quien vivía cerca de la familia. La pareja Mario y Regina Bergoglio quedaron aterrorizados con la noticia del ataque de Hitler contra Polonia. La abuela Rosa, nos dice el Papa, fue “una de las personas más importantes en mía educación. Vivía a 50 metros de nuestra casa. Yo pasaba el día entero en su casa. Ella me dejaba brincar y cantaba canciones de su infancia. Con frecuencia, la oía conversar con mi abuelo en lengua piamontesa que aprendí como la lengua de sus memorias. Algunas veces, ella me llevaba a visitar a los vecinos con quienes tomaba mate. O me llevaba a cuantas cosas tenía que hacer en el barrio, antes de llevarme de vuelta a casa. Y antes de esto, oraba conmigo”.
Los abuelos de Bergoglio y otros parientes emigraron del Piemonte (Asti) en 1929, como muchos migrantes en la época, forzados por los efectos de la crisis económica mundial que estalló en ese año. Cuando joven, su padre Mario trabajó de contador en una gran fábrica de pinturas en Buenos Aires. Jorge aprendió sobre los inmigrantes, especialmente los italianos, quienes dejaban atrás su tierra natal para emigrar hacia América del Sur.
En el segundo capítulo, el Papa y su “con-narrador” hablan sobre el “holocausto”. Recuerda a su madre gritando: “¡Qué monstruo!” y a su hermana menor María y su hermano Oscar aterrorizados. Una atmósfera sombría reinaba en casa de los Bergoglio en diciembre de 1941. Regina lloraba mientras lavaba los trastes. Una amiga de su abuelo Margarita Muso, los relató los “acontecimientos”. Las leyes raciales de 1938 los hicieron escapar de Europa, donde ocurrían persecuciones a los judíos en varios países. “En aquella época, yo escuchaba a los adultos, durante las comidas o cuando un primo y un tío estaban de visita, decir: ¡Hitler es un monstruo!”. Muchas veces a los chamacos se les mandaba ir a jugar fútbol en el barrio de Flores (toda la familia era porrista del club San Lorenzo de Almagro y frecuentaba el estadio los domingos), para evitar que oyesen las atroces noticias”, recuerda Francisco.
“A los cinco o seis años de edad, yo todavía no podía lograr imaginar los que las personas son capaces de hacer, pero, por las clases de Historia en la escuela y las historias contadas por los sobrevivientes, escuchando de su experiencia en los campos de exterminio, tomé consciencia de como la dignidad del hombre fue pisoteada”. Dice. Igualmente, recuerda las historias contadas por su buen amigo rabino Skorka en Buenos Aires y por las personas que conoció más tarde en El Vaticano, como Edith Bruck y Lidia Maksymowicz:
La memoria sobre el asesinato de millones de judíos nunca podrá olvidarse. El genocidio y la crueldad deben acabar y el Holocausto nos enseña a ser vigilantes…La Historia se repite, como podemos ver en los acontecimientos en Ucrania y en Oriente Medio. Y recuerda la manera de sentirse viendo en los ojos de los amigos en su país y en los ojos de los hijos, que muchas veces brincaban con él: Casi nunca reían y mirar era triste. Hoy, conozco ese mirar cuando recibo a los niños de las áreas de guerra. Ellos nunca ríen y la sonrisa en sus rostros parece casi actuada. Podemos aprender mucho con los chamacos en tiempos de guerra.

Otro vívido recuerdo es el del 2 de septiembre de 1945, un domingo histórico
Cuando la radio de Buenos Aires anunció que el canciller japonés Mamoru Shigemitsu había firmado la capitulación de Japón. “En aquel domingo, mi padre puso el disco ‘Fidelio’ de Beethoven…Cuando el vecino gritó ‘¡la guerra acabó!’ mi madre comenzó a llorar de alegría, las sirenas del periódico La Prensa estaban sonando…En aquella época, las personas en el mundo entero ansiaban el fin de la guerra. La Historia se repite, entonces, como ahora. Todos sufrimos con guerras y conflictos en las diferentes regiones del mundo y preguntamos lo que podemos hacer. Deberíamos aprender a establecer en este mundo una cultura de paz (…)”.
También recuerda el shock sufrido por el lanzamiento de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945) y de los relatos hechos por el padre Pedro Arrupe (1907-1991), quien fue secretario general de la Orden de los Jesuitas en Roma. Algunos años después de la catástrofe, Arrupe visitó Argentina cuando Francisco era novicio de los jesuitas. En ocasión del ataque, era misionero en Hiroshima, donde encabezaba el Noviciado de la Compañía de Jesús, con 35 novicios viviendo en el colegio, y sobrevivió casi de milagro al ataque nuclear. “Él me contó que, durante el día de agosto de 1945, después de una gran explosión se colapsó todo el predio y puertas, ventanas, paredes y muebles volaron cual pedazos de papel. El padre y los novicios se salvaron corriendo hacia los arrozales próximos, desde donde observaron a la ciudad arrasada. Describió de una forma muy impresionante su mirada hacia un mar de llamas y muchos cadáveres quemados”.
En tanto el padre Arrupe había estudiado medicina, transformó el Noviciado en ruinas en un hospital de campaña. Un campesino le llevó 20 kilos de ácido bórico, el cual, mezclado con agua, se utilizó para tratar a muchas personas. El padre Arrupe no solamente ayudó a las víctimas, también recaudó dinero para la reconstrucción del Colegio de los Jesuitas. Recuerda Francisco: “Mientras Arrupe vivía junto a miles de sufrientes personas, otros levantaban sus copas para un brindis por la victoria. El uso de bombas nucleares es un crimen contra la humanidad, un crimen contra la dignidad del hombre y contra el futuro de nuestra casa común. ¡El uso de armas nucleares es inmoral! ¿Cómo podemos luchar por la paz y por la justicia, si construimos simultáneamente armas de guerra?”
Dadas las muchas zonas de conflicto en el mundo, Francisco exhorta repetidamente en el libro que “debemos abrirnos hacia la esperanza y convertirnos en instrumentos de paz y reconciliación, nunca de tanto sufrimiento. Paz para todos y una paz duradera sin armas”.
*MSIa Informa

