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El olvido cubrió con su manto una masacre después de más de medio siglo

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Bolivar Hernandez*
Cada año, después del 2 de octubre de 1968, salimos los estudiantes a conmemorar la masacre de Tlatelolco con una marcha desde el sitio de los hechos hasta el Zócalo de la CDMX, y la única consigna era: El 2 de octubre no se olvida.
A 53 años de aquellos lamentables hechos sangrientos, de los cuales el gobierno de Gustavo Diaz Ordaz se hizo responsable con un tono triunfalista, por haber derrotado al comunismo representado por nosotros los estudiantes; lamentablemente el olvido cubrió con su manto una masacre después de más de medio siglo.
Solo en la memoria de los estudiantes y maestros participantes en aquella lucha, permanece esa fecha histórica.
La sociedad no recuerda ahora nada de lo ocurrido en 1968, salvo que en ese año se celebraron los Juegos Olímpicos en México.
Estoy seguro que la mayoría de los jóvenes estudiantes del 68, ahora son unos viejos mayores de 70 años, y algunos ya han perdido la memoria, y otros ya han muerto, esos son los saldos de aquella juventud guerrera.
El movimiento del 68
Fue confiscado por aquellos denominados Líderes del 68, quienes se apoderaron de la memoria histórica con un sentido patrimonial, en donde solo ellos podían testimoniar en forma exclusiva lo sucedido en 1968.
Debo decir, de entrada, que no estoy de acuerdo con ello, porque esos estudiantes que integraron el Consejo Nacional de Huelga, eran simplemente los representantes de sus respectivas escuelas y facultades universitarias.
El liderazgo se forja en las batallas no en las asambleas estudiantiles. De esas asambleas surgieron líderes designados, en todo caso.
El movimiento del 68 ha sido objeto de disputas sobre quiénes son los “verdaderos“ actores y dirigentes, y quiénes son los impostores sin derechos de hablar o escribir sobre el movimiento.
Memorable fue el pleito judicial sobre un supuesto plagio de una parte de una novela, cuyo autor fue un dirigente destacado, Luis González de Alba y la escritora Elena Poniatowska, ambos escribieron novelas sobre Tlatelolco, y se enfrascaron en un largo litigio sobre la verdad histórica del 68.
Hay un penoso asunto de querer apropiarse de modo patrimonial de un hecho histórico sangrientamente, y sacar raja de eso, o dividendos políticos y económicos también.
Un 2 de octubre
Después de muchos años de la matanza de Tlatelolco, el dirigente estudiantil Luis González de Alba, en su casa de Guadalajara, decidió suicidarse volándose la caja craneana con su pistola. Luego entonces, debemos reconocer que ese personaje es el verdadero protagonista del movimiento y su propietario intelectual.
En el año de 1968 yo era un aventajado estudiante de antropología en la ENAH, con la tesis concluida y listo para graduarse como etnólogo. Tenía 24 años y me invadía un fervor revolucionario y por esa razón participé activamente en el movimiento del 68, particularmente en la organización de la Marcha del Silencio, del 24 de septiembre, que partió del Museo de Antropología rumbo al zócalo capitalino, por toda la avenida Reforma.
También colaboré en la ocupación del Zócalo de la capital, un día antes del Informe Presidencial de 1 de septiembre, instalamos un campamento y en la madrugada del primero de septiembre fuimos desalojados violentamente por el ejército usando tanques y armas de grueso calibre.
Era el preludio del uso del ejército en contra del movimiento estudiantil que cada día cobraba mayor fuerza entre la sociedad civil.
El 2 de octubre de 1968
Me encaminé hacia la Plaza de las Tres Culturas, para participar en un acto masivo en Tlatelolco; fui acompañado de varios estudiantes de antropología.
En esa multitud reconocí a varios estudiantes de mi escuela, la muchedumbre crecía a cada instante, y cuando, al caer la tarde, observamos en el cielo sobre nuestras cabezas, un helicóptero que de pronto lanzó unas bengalas.
Era la señal de empezar la matanza a mansalva de esa multitud de jóvenes.
Corrimos despavoridos en todas direcciones para salvar la vida, pero muchos compañeros ya habían caído abatidos por las balas disparadas por los soldados del ejército mexicano.
Las cifras oficiales reconocieron 300 muertos y 600 heridos.
Con este hecho sangriento, el gobierno de Diaz Ordaz, aseguraba la celebración de las Olimpiadas que él inauguraría el 12 de octubre de 1968, en medio de una rechifla generalizada en todo el estadio universitario.
Soy un sobreviviente de aquel hecho histórico, y esta es mi versión de los hechos que yo viví.
Vale la pena destacar que en los 50 años que trabajé como profesor universitario en la Iberoamericana, cada 2 de octubre conmemoramos esa gesta con un análisis y una reflexión ante los alumnos. Quienes, me observaban con azoro al desconocer ese hecho histórico. No tenían la menor idea de lo qué pasó en México y en el mundo en 1968.
Hablaba yo antes esos alumnos de la universidad jesuita de la Ciudad de México, del Movimiento del 68, cada año. Ante diversos grupos estudiantiles. Y esos alumnos estaban seguros que el Movimiento del 68, era seguramente un terremoto, un movimiento sísmico.
Este día 2 de octubre del 2021, ya retirado de la docencia universitaria, no me queda más que escribir mi testimonio de un movimiento que marcó mi vida entera.
¡Hasta pronto, desobedientes que desafiaron al sistema político! No fue en vano su sacrificio. Hoy tenemos un México diferente, pero la lucha sigue y sigue.
*La Vaca Filósofa
Foto: LithiumProductions
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