El artículo publicado en Valor Económico de Jamil Chade (Cómo el jefe del USTR explica el Plan de Trump) provocó escalofrió en la Faria Lima*. No porque dijera algo revolucionario, sino porque decía lo que ningún liberal tropical tiene el valor de admitir: El libre comercio fracasó como proyecto de desarrollo. El jefe del comercio americano, Jamieson Greer, afirmó sin rodeos que ‘la soberanía se produce, no se negocia’. Para un país dominado por bancos y planillas de cálculos, fue tal cual y escuchar una blasfemia.
MSIA Informa*
Estados Unidos está regresando a Hamilton. Mientras Brasil todavía receta a (Milton ndr.) Friedman, el gobierno americano relee las “Cartas de la Economía Nacional y el Informe sobre las Manufacturas”.
En éstas, Alexander Hamilton explicaba que la libertad de una nación depende de su capacidad de producir lo que consume. “Quien depende de otros para el sustento, depende de otros para el poder”, afirmó.
Greer trajo esas ideas al presente afirmando, “el comercio debe estar al servicio de algo mayor” y que la soberanía “es una mezcla de autonomía y resilencia”
De acuerdo a él, Estados Unidos necesitan de una economía de producción, apoyada por una clase media grande que trabaja, crea y acumula. Así, esa economía enfatiza una sociedad que produce y crece, en lugar de una elite pequeña que succiona, traslada y desperdicia.
Es una crítica directa al modelo globalista que el propio Occidente creó –y que Brasil copió sin entender. El libre comercio, sin base productiva, no genera prosperidad: Produce dependencia.
En Brasil, el debate económico está copado por los bancos y consultorías que nunca fabrican nada
Ellos deciden la política industrial, la fiscal la ambiental, siempre con el mismo objetivo: Preservar el rentismo, Catalogan de populismo cualquier intento de planificación, y de eficiencia cualquier política que mantenga el Estado rendido a la deuda.
La Faria Lima transformó el crédito en ideología y el spreed en símbolo de virtud. El país se convirtió en un laboratorio de subdesarrollo sofisticado, donde se celebra el equilibrio fiscal, aunque eso cueste el empleo, la industria y la soberanía.
Mientras el gobierno americano regresa a unificar Estado, trabajo y moral productiva, Brasil profesa que basta agradar al mercado. Pero el mercado no es la Patria. Una nación es la que planta, la que construye, que transforma. Hamilton entendía eso, en1791, cuando escribió que las manufacturas eran la garantía material de la libertad.
Greer únicamente repite, más de dos siglos después, que una nación de productores es una nación de ciudadanos libres. Y que lo que Estados Unidos está haciendo ahora es rescatar el papel político de la economía –es eso lo que más asusta al Brasil financiero.
Porque si el Estado vuelve a pensar en desarrollo de largo plazo, los bancos pierden el monopolio sobre el futuro. El crédito deja de ser fin y regresa a ser medio. Y la nación vuelve regresa a tener proyecto, no planillas de cálculos.
La soberanía no se decreta, se produce. Y Brasil solo va a encontrar la suya cuando pare de entregar su propio destino a los bancos. Hasta entonces, la Faria Lima continuará necesitando de Rivotril (nombre de un calmante ndr).
