Al mismo tiempo que la diplomacia pontificia clama con urgencia por el fin de la guerra en Ucrania, y advierte que “una escalada del conflicto sería una amenaza para la destrucción de la humanidad”, expresado en muchos mensajes del papa Francisco, busca una salida diferente que reúna el concepto de estabilidad mundial con “una paz justa resistente y sólida” y, en realidad, con la construcción de una verdadera autoridad política mundial.
En ese sentido, el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, propuso convocar a una nueva Conferencia de Helsinki, con la intención de acercar a las partes en conflicto, tal y como se hizo durante la Guerra fría en la década de los años 1970, con la política de distensión para mejorar el orden internacional de seguridad y cooperación en Europa. Se evoca en la propuesta el histórico “espíritu de Helsinki” como el marco orientador que permita renovar las relaciones internacionales agudamente fracturadas con la explosión del conflicto bélico en Ucrania.
El primero de agosto de 1975, la Conferencia de Helsinki, congregando a 35 estados nacionales, estableció en su acta final una ruta para remodelar las relaciones entre la Europa Occidental y la Europa Oriental, abriendo, así, las puertas a una política de distensión. El Vaticano, en esa ocasión, realizó una intensa actividad diplomática y, por primera vez, desde el Congreso de Viena de 1815, actuó como miembro de pleno derecho en un Congreso de estados.
Si las naciones hubiesen mantenido aquella osadía después de la disolución de la Unión Soviética, ciertamente hoy no tendríamos una Europa de espíritu apocado, atada a las cabriolas geopolíticas angloamericanas y postrada ante la OTAN y la Unión Europea (UE). No obstante, la elite dirigente danza al ritmo que le marca la batuta de una burocracia tecnócrata acuartelada en Bruselas que defiende a capa y espada lo que dicen ser los “valores democráticos europeos”, a ejemplo de la visión post humana de la ideología identitaria resultado del laicismo radical y divorciada de los valores tradicionales de la cultura cristiana fundante de Europa.
“Tercera guerra mundial en pedazos”
El 29 de abril, el Cardenal Parolin se refirió ampliamente al actual y obsoleto andamiaje de las relaciones internacionales para fundamentar la necesidad de un dialogo renovado igual al que ocurrió en Helsinki, aprovechando la presentación en la Universidad Lumsa del libro del papa Francisco “Contra la guerra”.
Hoy es necesaria una nueva Conferencia de Helsinki, enfatizó, el cardenal. En la nota de prensa publicada por del servicio Vatican News del 29 de abril se agrega: “Una propuesta que también presentó hace tres días el presidente italiano, Sergio Mattarella, ante la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa.
Limitarse a las armas es una respuesta débil. Sí, las armas son una respuesta débil, no una respuesta fuerte», sostuvo el cardenal. “Una respuesta contundente es una respuesta que emprende -tratando de involucrar a todos- iniciativas según el esquema de la paz, es decir, iniciativas para detener los combates, para llegar a una solución negociada, para pensar en cuál será el futuro posible de convivencia en nuestro Viejo Continente.
Aunque el foco es evidentemente la guerra en Ucrania, él menciono la zozobra que hunde al mundo y mencionando otros brotes de belicosidad nombró a los siguientes países, Siria, Yemen y Tigray, para afirmar que ellos son piezas de un gran rompecabezas que el Papa Francisco ha definido como “la Tercera Guerra Mundial en pedazos”.
Parolin agregó que la comunidad internacional “tiene la obligación de no continuar la guerra, sino de poner en práctica todas las iniciativas políticas y diplomáticas posibles para lograr un alto al fuego y una paz justa”. Una paz justa y, sobre todo, “duradera” que “no puede confiarse solo a las deliberaciones del agresor y del agredido”.

Nuevo sistema de relaciones internacionales
Así, el cardenal pidió “reforzar la participación de los organismos internacionales y también una mayor capacidad de iniciativa europea”. Según él es la “Europa cristiana” la que de hecho se ve afectada por la “tremenda guerra” en curso.
Al referirse al camino que ha llevado a poner en la picota la paz mundial, hizo una fuerte crítica al orden, económico, de seguridad y de las hegemonías reinantes en la era de la globalización y un llamado para crear un orden diferente
Hemos seguido construyendo un mundo basado en alianzas militares y en la colonización económica”, expresó el secretario de Estado: “Mirar lo que ha ocurrido en las últimas décadas debería convencernos de la necesidad de confiar más en los organismos internacionales y en su construcción, intentando que sean más una ‘casa común’, donde todos se sientan representados.
Al mismo tiempo, lo más importante es “construir un nuevo sistema de relaciones internacionales, ya no basado en la disuasión y la fuerza militar”. Es imprescindible no “correr hacia el abismo de la guerra total”.
Siempre sobre la propuesta de un “Nuevo Helsinki”, Parolin hizo hincapié en que “lo importante es volver al espíritu” de aquella conferencia que se “perdió demasiado pronto”.
Tal vez nadie pensó que esta guerra estallaría, que se encontraría algún tipo de salida. Pero tengo la impresión de que esta guerra ha sido la consecuencia evidente de un proceso de las últimas décadas. La Santa Sede ha hablado de la erosión del multilateralismo, estaba claro que las naciones y los responsables ya no creían en una solución común de los problemas. Era lógico que se avanzará en esta dirección, y se seguirá yendo a conclusiones similares si no se detiene esta tendencia, finalizó el secretario de Estado.
En su presentación, el cardenal Parolin resaltó el papel de Aldo Moro, ex primer ministro de Italia para la realización de la Conferencia y la firma del tratado: es un espíritu que hay que “recuperar, que hace cuarenta y siete años impulsó a 35 países a firmar acuerdos en la capital finlandesa para ir más allá de la lógica de los bloques”.
El horizonte de la paz y la equidad
En otra instancia, en la conmemoración de los 45 años de la Conferencia de Helsinki, el 16 de septiembre de 2020, el cardenal Parolin ya había manifestado que aquella fue «una señal concreta de la Concepción de la paz entre las naciones como un valor moral, antes incluso de ser un asunto político, y una oportunidad de reivindicar la libertad religiosa como una de las libertades fundamentales de cada persona”.
El paso dado en Helsinki no era para menos, ahí estaban los presidentes de la URSS, de Estados Unidos y de Europa en la capital finlandesa en 1975 para firmar una especie de decálogo que establecía el compromiso de:
La igualdad soberana; el no recurso a la amenaza o al uso de la fuerza; la inviolabilidad de las fronteras; la integridad territorial de los Estados; la solución pacífica de las controversias; la no injerencia en los asuntos internos; el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, incluida la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión o de creencias; la igualdad de derechos y la autodeterminación de los pueblos; la cooperación entre los Estados; y el cumplimiento de buena fe de las obligaciones derivadas del derecho internacional.
La otra gran figura que impulsó con vigor la realización de la conferencia de Helsinki, fue el gran Papa Pablo VI, quien, en su pontificado, se proponía sentar las bases de un concepto de paz que evitara una tercera guerra en Europa. Al inquirir sobre la misión de Europa se preguntaba “¿Qué Europa? aquella encarnadora de una misión universal, no puede ser la pequeña Europa Occidental” sin incluir a la Oriental, también con seculares raíces cristianas.
Su visión pacificadora iba más allá: “construir una civilización de solidaridad mundial”, para lo cual había dedicado un buen espacio en el que cuestionaba el colonialismo que aun perduraba en esa época en los países del Tercer Mundo y que había producido las convulsiones de la descolonización, expresadas en la creación del movimiento de los Países No Alineados, que, a su vez, fuera de Europa, buscaban escapar de las redes que los ahogaban en la Guerra Fría.
A esta situación dedicó su encíclica, Populorum Progressio, sobre el desarrollo de los pueblos, o el desarrollo integral del individuo y de las naciones, en 1967. Con el contundente mensaje: “la regla del libre cambio no puede seguir ella rigiendo sola las relaciones internacionales”, se “requieren nuevos principios de desarrollo” este es el nuevo nombre de la paz. Al mismo tiempo que proponía crear una instancia de relaciones internacionales compatible con los fines propuestos:
Esta colaboración internacional, requiere unas instituciones, que la preparen, la coordinen y la rijan hasta construir un orden jurídico universalmente reconocido. (…) Vuestra vocación, (lo dijimos a los representantes de Naciones Unidas) es la de hacer fraternizar, no solamente a algunos pueblos, sino a todos los pueblos (…) ¿Quién no ve la necesidad de llegar así progresivamente a instaurar una autoridad mundial que pueda actuar eficazmente en el terreno jurídico y en el de la política?
Más tarde, el papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Verítate, dedicada a revivir el espíritu de Populorum Progressio, afirmaba “…la urgencia de la reforma tanto de la ONU como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones…urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial”.
*MSIA Informa

