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Un informe especial y tema de la portada de la revista The Economist, con el emblemático título de ESG: tres letras que no salvarán el mundo, publicado en el número del 22 de julio, señala los vicios y los problemas del concepto de ESG, siglas en ingles de Ambiente, Social y Gobierno, el nuevo entretenimiento de los grandes negocios “globalizados,” supuestamente dedicada a adecuarlos a los requisitos de los cuidados ambientales y preocupaciones sociales e identitarias en boga.
En un párrafo crucial, el periodista Henry Tricks sintetiza los problemas del concepto, que él considera “profundamente defectuoso”:
La popularidad del concepto ha sido alimentada parcialmente por preocupaciones del mundo real, especialmente el cambio climático. Sin embargo, ha tenido un efecto despreciable en las emisiones de carbono, en especial por los contaminadores más grandes. Su intento de abordar cuestiones sociales, como la diversidad en los lugares de trabajo, es difícil de medirse. En lo que toca al acto de gobernar, la industria ESG hace un trabajo flojo de prestación de cuentas, menos aún de las compañías que supuestamente estaría administrando. Hace promesas desmesuradas a los inversionistas. Y hace exigencias imposibles de administrar a las compañías.
Otro problema señalado por Tricks es la misma dimensión de los mercados de inversión ESG, que varía de acuerdo con los criterios utilizados:
Aportadores de datos, como Global Sustainable Investment Alliance, hacen declaraciones para componer la visión del tamaño del mercado ESG. De acuerdo con su último informe, las inversiones sustentables alcanzaron los 35, 3 billones de dólares en 2020, más de un tercio de todos los activos administrados en las grandes economías comprendidas por ella. Esto hace parecer que el ESG es más importante para los mercados financieros que lo que es realmente. La enorme mayoría de esto (cerca de 25,2 billones de dólares) se refiere a la integración ESG, que la experiencia de la DWS (empresa alemana de Frankfort castigada por fraudes de rotulación ambiental- “greenwashing”- en mayo pasado -n.e.) muestra ser poco más que el dedo expuesto al viento. Para una industria que se enorgullece de tratar de medir cosas que son difíciles de medir, el trabajo que hace para evaluarse a si misma no es muy inspirador de confianza.
La integración ESG, explica Tricks, “significa hacer que los gerentes de portafolio de fondos no ESG utilicen las clasificaciones como herramientas de gestión de riegos, en lugar de hacer lo que se hace habitualmente para evaluar los peligros de recesión de interrupción de las cadenas de abastecimientos.”
Tricks no se anda con medias tintas para calificar esa práctica:
Fanfarronería que raya en la estupidez. La subjetividad de los criterios utilizados es otro problema grave de las agencias calificadoras de ESG, que Tricks considera “el verdadero colmo de la inconsistencia.” Un estudio de seis de ellas mostró que usaban 709 índices diferentes englobados en 64 categorías, de las que las que sólo 10 eran comunes a todas. Y, curiosamente, dice, ninguna de ellas “incluía aspectos básicos como las emisiones de gases de efecto invernadero.” Omisión deveras peculiar, si se considera el papel de villano planetario de las emisiones de carbón provenientes de las actividades humanas, atribuidas por la “industria calientista.” Además, afirma Tricks, la ESG se convirtió en “un tren de la alegría” para la industria de las inversiones:
Aunque haya emergido en respuesta a las preferencias de los inversionistas, especialmente los millenials (término genérico para los nacidos en las dos últimas décadas del siglo XX -n.e.), hacer más con sus inversiones que hacer dinero, los gerentes de los activos cambiaron eso a su favor. En promedio cobran mayores comisiones por las inversiones ESG que para las no ESG. En la propaganda afirman que los fondos ESG tienen rendimientos superiores a los comunes, aunque esto no se sostenga no teórica ni empíricamente.
De forma hasta cierto punto rara en un periodista “top” de la revista que es uno de los principales portavoces de las altas finanzas “globalizadas,” Tricks sentencia: “Por encima de todas estas faltas, el ESG ha sufrido una reacción de los que piensan que las élites financieras quedaron muy atrás de las causas de moda. Los críticos de extrema derecha del “capitalismo woke” lo ven como un camino para que los directores ejecutivos santificados contrabandeen ideas progresistas rechazadas por muchos, como la prohibición de combustibles fósiles.” E, igualmente, registra la crítica de que la adopción del ESG es un pretexto para evitar la imposición de tasas coordinadas sobre las emisiones de carbono. Pero también observa que el ESG pueda ser conservado, precisamente por las dificultades políticas de la adopción de tales tasas.
Tricks concluye con una sugerencia para que el ESG no sea propiamente una idea condenada:
El término ESG, idealmente, debería descartarse. Como una amalgama de tres palabras, Ambiente, Social y Gobierno, que suenan más a un mantra piadoso que a una fuerza para el cambio, su reputación está ahora manchada. Esto puede empeorar si las salidas continúan, a medida que los retornos se deterioran. Sin embargo, las inversiones sustentables no están por desaparecer. Pero la reglamentación puede hacerlo más creíble.
Así como la mayor vigilancia de los compromisos de carbono neto cero. Para los inversionistas seguirá teniendo importancia no sólo los ingresos, sino también el mundo en el que viven. Con un nombre nuevo adecuado -digamos, inversiones en capital natural-, no hay motivos por los que una mezcla de clima y capitalismo no pudiese demostrar su utilidad. Mientras no sea proclamada mucho más allá de lo que realmente puede alcanzar.”

