En una entrevista con el periódico suizo Neue Zürcher Zeitung (NZZ) el 7 de mayo, el renombrado politólogo estadounidense John Mearsheimer afirmó, con detalles sorprendentes, que él habría actuado de la misma forma que el presidente ruso, Vladímir Putin, en relación con Ucrania. Yo habría invadido Ucrania aún antes, dijo. Mearsheimer calificó a Putin de estratega racional de primera clase, quien durante años expresó con claridad las opiniones y los intereses de Rusia, es decir, que Rusia jamás aceptaría a Ucrania dentro de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte).
Elisabeth Hellenbroich, desde Wiesbaden (Alemania)*
Desde una perspectiva estrictamente rusa, “Putin actuó de forma inteligente,” dijo Mearsheimer, uno de los pocos especialistas de la escuela realista de relaciones exteriores de Estados Unidos.
“Los europeos y Estados Unidos (entonces a las órdenes de Joe Biden) no creyeron en las palabras de Putin, ni de Ucrania. Provocamos a Putin y él atacó a Ucrania, con el resultado final de que Ucrania será destruida. Debimos tomarlo en serio. No mintió. En febrero de 2022, Ucrania era, de hecho, miembro de la OTAN y, por ello, Rusia la invadió,” subrayó.
Mersheimer reiteró opiniones semejantes en una entrevista del 23 de mayo con el juez retirado Andrew Napolitano, en el canal Judging Freedom, donde dijo que “Rusia vencerá en el campo de batalla” y recalcó:
Occidente y Europa son los culpables de la guerra en Ucrania. Nos negamos a escuchar a los rusos. Semana a semana la situación de Ucrania se deteriora y es difícil imaginar cómo resistirá Ucrania para llegar a fin de año… En diciembre de 2021, quedó claro que los rusos intentarían todo para evitar una guerra. No hicimos nada para evitar una guerra. Cuando la guerra comenzó, los rusos de inmediato hablaron con los ucranianos para pedir negociaciones. Pero, entonces, ¿quién cerró las negociaciones de Estambul? Los estadounidenses y los británicos, cuando le dijeron a Ucrania que se retirara de ellas. ¡Creíamos que podríamos derrotar a los rusos!… Creíamos que las sanciones económicas serían un golpe devastador para la economía rusa, que acabarían con el presidente Putin.
Añadió que “en el otoño de 2022, el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, el general Mark Milley, había alertado claramente que se había llegado a un divorcio de aguas en la guerra y que era hora de iniciar negociaciones. No obstante, el gobierno de Biden prosiguió la guerra. Su conclusión: “¡Estábamos equivocados catastróficamente!”
Respecto a las negociaciones en marcha entre Washington y Moscú
Mearsheimer es de la opinión de que el presidente Trump, o acepta la visión rusa, lo que equivale a la “cuadratura del círculo en términos de concesiones que tuvieran que hacerse para resolver las causas de la guerra, o se retirará.” Para él, Trump puede preferir retirarse y dejar que Rusia resuelva las cosas en el campo de batalla. Europa no tiene armas para ayudar a Ucrania, afirmó, y “una vez que Estados Unidos se retiren de la ecuación, Ucrania estará condenada.”
Esas observaciones se deben situar en el contexto de los acontecimientos de las últimas semanas y preguntarnos por qué Europa se apegó tan desesperada y obsesivamente a la idea de que podía vencer en la guerra con Rusia, aunque todos los hechos en el campo de batalla de Ucrania demostrasen que la situación se deteriora día a día.
¿Por qué se apegan obsesivamente al arma de las sanciones económicas, aunque sea en detrimento propio? ¿Por qué creen que tienen que darle una lección a Trump en estos momentos catastróficos?
El problema de la rusofobia y sus orígenes británicos
Una comprensión aguda la dio a conocer Robert Skidelsky, integrante de la Cámara de los Lores británica, profesor emérito de la Universidad de Warwick y autor de una celebrada biografía de John Maynard Keynes, en un artículo en la revista estadounidense The Nation del 7 de mayo, titulado “Rusofobia -¿una enfermedad epidémica?”
El artículo es ilustrado por una caricatura de 1877, que retrata a Rusia como un polvo gigante que se extiende por Europa. Comienza con la observación de que John Stuart Mill, el destacado filósofo y economista liberal, en 1836 había afirmado que el entonces gobierno de Lord Melbourne estaba infectado “de la enfermedad epidémica de la rusofobia,” un “pánico irracional que había desencadenado un aumento innecesario de los gastos de defensa.”
Según Skidelsky, toda la historia de las relaciones anglo-rusas, desde la década de 1830 hasta el presente, se caracteriza por la rusofobia británica, que parte de un repertorio firme de ideas e imágenes que políticos, soldados y periodistas invocan repetidamente cuando se reúnen tres condiciones: incompatibilidad ideológica, fricción imperial o de seguridad y utilidad política interna.
Delineó esencialmente las diferentes fases de la rusofobia, que pueden observarse en el siglo XIX, como las fricciones imperiales entre Gran Bretaña y Rusia con relación a la India, la supresión de la revuelta polaca de 1830 y de la revuelta húngara de 1848:
“Los exiliados polacos y húngaros en Londres alimentaron la imagen de una “Rusia como el bárbaro pretenso policial de Europa. La crisis de los Balcanes y la Segunda guerra afgana de 1878 son otros ejemplos de rusofobia… La sociedad angloamericana con Stalin, que derrotó a la Alemania nazi en 1945, naufragó por el famoso discurso de Churchill en Fulton, Missouri, en 1946, en el que declaró que “de Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, se bajó una cortina de hierro sobre el continente”…
Los años de 1946 a 1991 fueron testigos de la institucionalización de la rusofobia en la alianza de la OTAN, pero también la disensión en la década de 1970, haciéndose eco de los ciclos de epidemias morales y de pragmatismo del siglo XIX… La caída del comunismo, el fin del dominio ruso sobre Europa Oriental, la disolución del Pacto de Varsovia y la misma disolución de la Unión Soviética trajeron la luna de miel de la década de 1990, que partía de la creencia de que Rusia, por fin, se había unido al mundo civilizado. Pero eso no sobrevivió a los 2000. El caso Litvinenko (exagente de espionaje ruso envenenado en Londres) de 2006, los ataques cibernéticos a la expansión de la OTAN y el miedo de la dependencia energética de Rusia desencadenaron el primer pico de rusofobia post comunista.
La anexión de Crimea por Rusia, en 2014
Revivió el lenguaje victoriano (oso ruso, gran juego 2.0, libertad contra autocracia). El envenenamiento de Serguei y Yulia Skripal, en Salisbuey, Inglaterra) cimentó la desconfianza pública. La Rusofobia en gran escala resurgió con la invasión de Ucrania por Rusia, en 2022, y desde luego Gran Bretaña asumió el liderato del abastecimiento de armas a Kiev, imponiendo sanciones económicas y prohibiendo intercambios culturales y deportivos con Rusia.
Automáticamente se escuchó el grito de que Europa Occidental se debe rearmar para defenderse de Putin, que era comparado rutinariamente con Hitler… Entonces, ¿hasta qué punto la rusofobia ha sido usada para justificar programas de rearme? La Rusia del siglo XIX era, sin duda, una autocracia, pero buscaba vecinos débiles en vez de conquistas.
Los británicos y los estadounidenses veían en la Guerra fría una batalla ideológica entre la democracia y el totalitarismo, mientras que los soviéticos, con la experiencia de dos invasiones de Alemania, estaban interesados principalmente en establecer ‘amortiguadores’ en Europa Oriental contra los que Stalin creía que sería un ataque inevitable encabezado por los estadounidenses.
Estados Unidos fue alentado por los cabilderos letón, ucraniano y polaco en Washington a creer que la insistencia soviética de convertir a Europa Oriental en una zona de influencia era tan sólo el preludio para el intento de subyugar a toda Europa… Exactamente el mismo raciocinio fallido se emplea hoy para justificar el rearme de Europa. Zonas-tapón y esferas de influencia pueden ser repugnantes para nuestro orden internacional basado en reglas. Pero no presagian objetivos expansionistas peligrosos.
Skidelsky concluye: “La rusofobia en Gran Bretaña se convirtió en un síndrome recurrente desencadenado por la convergencia de ideología, fricciones de seguridad e incentivos domésticos, que nada tienen que ver con una respuesta racional a amenazas objetivas.”
En una entrevista con el politólogo noruego Glenn Diesen, Skidelsy describió la “cruzada moral en Occidente para desmantelar a Rusia” -en contraste con los esfuerzos de paz del presidente Trump- y retrató el “reflejo imperial” que puede observarse en Europa, que se considera un socio menor de Estados Unidos: “La política exterior británica siempre tuvo esa hipocresía de la ‘perfidia rusa.’ También llamada expansionismo ruso, y la idea de que somos una raza mejor. Eso explica por qué Gran Bretaña lidera la rusofobia. No se puede encontrar una visión diferente en nuestro país. El otro factor también es que la Gran Bretaña ya no es una gran potencia. Su moralidad puede correr suelta. En el siglo XIX, Gran Bretaña tuvo que lidiar con Rusia, ahora no tiene fuerzas que usar. Es todo moralismo y nostalgia imperialista.”
De acuerdo con Skidelsky, “la rusofobia abierta” es el “keynesianismo militar” que se manifiesta en Gran Bretaña y que puede observarse en Alemania y en la Unión Europea (UE). La decisión de quebrar las reglas fiscales, “todo eso justifica la política de rearme y el expansionismo militar. La rusofobia actual está devolviendo al mundo a la década de 1930.”
Aumenta la presión de Trump por la paz
Lo que aconteció durante la larga conversación telefónica del 19 de mayo entre Trump y Putin dejó a la UE en conmoción completa, ya que descarriló todos sus juegos de manipulación cuidadosamente planeados con relación a los esfuerzos del gobierno de Trump para las negociaciones de paz.
Los hechos hablan por sí mismos: en un corto mensaje al respecto en las redes sociales, Trump afirmó que “el tono y el espíritu de la conversación fueron excelentes.” Según él, “Rusia quiere hacer comercio a gran escala con Estados Unidos cuando este ‘baño de sangre’ catastrófico termine, y yo estoy de acuerdo. Hay una tremenda oportunidad para que Rusia cree enormes cantidades de empleos y riqueza. Su potencial es ilimitado. De la misma forma, Ucrania puede ser una gran beneficiaria del comercio, en la reconstrucción de su país.”
Agregó que, luego de la conversación con Putin, informó al presidente ucraniano, Volodomyr Selensky, al presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, al presidente francés, Emmanuel Macron, a la primer ministro italiana, Giorgia Meloni, al canciller alemán, Friedrich Merz, y al presidente finlandés, Alexander Stubb (cabe destacar la falta de mención del primer ministro británico, Keir Stramer).
En entrevista con la prensa, Putin, a su vez, afirmó que la conversación fue sustantiva y bastante franca y agradeció a Trump por el apoyo para facilitar el reinicio de las negociaciones directas entre Rusia y Ucrania, con vistas a alcanzar potencialmente un acuerdo de paz e reiniciar las negociaciones que, como sabemos. Fueron frustradas por el lado ucraniano en 2022.
