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“Estamos perdiendo la razón”: El neuropsiquiatra Raphael Bonelli advierte sobre la preocupante incapacidad del cerebro humano para pensar en la era digital

En su obra Sin cabeza (2026), el especialista vienés diagnostica la autodestrucción cultural de Occidente a través del pensamiento de burbuja, la ideologización de las escuelas y el abandono de la verdad frente a la inteligencia artificial.

Elisabeth Hellenbroich (Desde Alemania)

Hace algunas semanas, el psiquiatra y neuropsicólogo austríaco Dr. Raphael Bonelli pronunció una conferencia ante un público alemán. El especialista dirige en Viena el Instituto de Recursos en Psiquiatría, Psicología y Psicoterapia (RPP), una entidad que sigue la tradición del célebre Viktor Frankl (1905-1997) y promueve el diálogo de la salud mental con disciplinas como la filosofía y la teología (EH).

En su intervención, Bonelli presentó las tesis centrales de su libro más reciente: “Kopflos: Wie Denken funktioniert. Warum wir es verlernt haben. Wie wir es zurückgewinnen” (2026), cuyo título se traduce: Sin cabeza: Cómo funciona el pensamiento, por qué hemos olvidado pensar y cómo podemos recuperarlo.

Bonelli es discípulo ide Viktor Frankl, el conocido psiquiatra austríaco. Frankl sobrevivió a los campos de concentración, donde ejerció la medicina, fue el fundador de la logoterapia y se desempeñó como profesor invitado en numerosas universidades estadounidenses. En 1977 publicó el libro “El hombre en busca de sentido” (titulo en español), en el cual describió su experiencia en los campos de concentración y analizó las distintas etapas del desarrollo emociona en la psique de los prisioneros.

Bonelli también ha subrayado en diversas entrevistas que ha llegado a la conclusión de que “estamos comenzando a perder la razón y tenemos dificultades para pensar de verdad”.

Según Bonelli, la pérdida actual de la cognición humana se relaciona con el hecho de que vivimos en un mundo completamente digitalizado, inundado por tal cantidad de información que el cerebro humano es incapaz de analizarla en su totalidad.

Nos convertimos en prisioneros de un pensamiento superficial y tendemos a confiar más en la máquina de la inteligencia artificial —por ejemplo, en el sistema de navegación o en ChatGPT— que en nuestra propia mente, afirma. Según el autor, los medios de comunicación tampoco se concentran en informar con profundidad, sino que se precipitan hacia determinadas conclusiones, emitiendo juicios apresurados acerca de los hechos.

En su reciente libro “Sin cabeza”

Bonelli identifica varios ámbitos de deterioro cognitivo a los que nos enfrentamos actualmente:

Según Bonelli, el pensamiento superficial característico de nuestra época se adapta al pensamiento de grupo. Pensamos dentro de una “burbuja”.

Pensar en una burbuja significa internarse en una sociedad cerrada que se distancia del pensamiento de los demás. Dentro de la burbuja no existe contradicción. En la computadora solo se habla con quienes piensan de manera idéntica o semejante, lo mismo se observa en George Orwell… Es una forma de desintegración de la sociedad.

Podríamos aplicar esta reflexión a la “disonancia cognitiva” que actualmente se observa entre las élites europeas, especialmente las alemanas. Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, no solo se han distanciado cada vez más de la realidad y de sus propias poblaciones, sino que viven en un completo autoengaño. Lo que celebran como la futura victoria de Occidente sobre Rusia es una ilusión total. Han provocado mayores trastornos económicos contra sí mismas que contra Rusia.

Según Bonelli, existe un poderoso impulso de “Tánatos” —el impulso inconsciente de muerte, término empleado originalmente por Sigmund Freud (EH) —. Así lo afirmó Bonelli en una entrevista: “Alemania es como el paciente tendido en el diván del psiquiatra. Padece de Tánatos. Ya no quiere seguir… Tánatos es el rechazo del Bien”.

Relaciona esta situación con la incapacidad para percibir la Verdad, el Bien y la Belleza. Alemania parece haber perdido sus valores interiores”. Somos una sociedad compulsiva, esto quedó demostrado durante la crisis del coronavirus. La verdadera solución se encuentra en el individuo. En este sentido, Bonelli hizo referencia a Viktor Frankl.

La importancia de Viktor Frankl

En el libro antes mencionado, Frankl describió las diferentes etapas por las que atravesaban los prisioneros en los campos de concentración. Según él, después del primer choque del internamiento, el prisionero pasa a una segunda etapa, caracterizada por una apatía relativa. Con ella se produce la muerte interior de las emociones. El prisionero añora intensamente a sus seres queridos y le repugna la fealdad de cuanto lo rodea. La anulación de las emociones personales avanza rápidamente.

El sufrimiento, la enfermedad y la muerte se experimentan con tanta frecuencia que, después de algunas semanas, el prisionero deja de reaccionar emocionalmente. Frankl relata que fue medico en un barracón destinado a enfermos de tifus y escribió, refugiarse interiormente del terrible entorno en el mundo de la libertad espiritual y de la riqueza interior […] hace posible sobrevivir y vuelve más soportable la vida en el campo (de concentración).

Subrayó que, personalmente, quedó sobrecogido al comprender que “el amor es la meta última y más elevada a la que puede aspirar la existencia humana. Comprendí el sentido de la vida, aquello que la poesía, el pensamiento y la fe del ser humano pueden expresar: la salvación por medio del amor y en el amor”.

Frankl se refirió al célebre escritor ruso Fiódor Dostoyevski, quien había dicho en cierta ocasión: “Solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”. Frankl agregó: “Pensaba con frecuencia en estas palabras cuando conocí a aquellos mártires, a aquellas personas cuyo sufrimiento y cuya muerte en el campo daban testimonio de su libertad interior. […]

La libertad espiritual del ser humano, que puede conservarse hasta el último aliento, le brinda la oportunidad de configurar su vida de una manera plena de sentido. […] No solo el disfrute de la vida, sino también el sufrimiento, debe tener un sentido, pues forma parte de la vida del mismo modo que el destino y la muerte.

De ahí surge la necesidad de preguntarnos por el “sentido de la vida”. Según Frankl, necesitamos modificar la manera de plantear esta cuestión. Debemos aprender y enseñar a quienes caen en la desesperación que lo decisivo nunca es aquello que nosotros podemos esperar de la vida, sino aquello que la vida espera de nosotros.

Entonces, comenta en su libro: “En el campo de concentración pudimos contemplar el abismo de la existencia humana, pero también conocimos al ser humano verdadero. Es el ser humano quien, en última instancia, decide lo que es. Es el mismo ser que inventó las cámaras de gas, pero también el que entró en ellas con la cabeza erguida y rezando el Padre Nuestro”

Anna Haag: Pensar ya no está de moda. Diario 1940-1945 (Penguin, 2023)

La autora de este artículo acaba de concluir la lectura del diario de Anna Haag (1888-1982), periodista alemana, madre y autora de varios libros, quien relató detalladamente la vida cotidiana bajo el régimen nazi entre 1940 y 1945, cuando residía en Baden-Wurtemberg. Algunos de sus hijos vivían entonces en Inglaterra; uno de ellos se encontraba recluido en un campo de prisioneros en Canadá. Su esposo era profesor universitario y su hija Ludowika permaneció algún tiempo con ella.

Entre otras cosas, Haag reprodujo los comentarios cotidianos de sus vecinos, que en su mayoría fueron fervientes partidarios del Führer Hitler hasta el final del régimen nazi. Entre ellos se encontraban el farmacéutico, el maestro y el director de una escuela. También registró las reacciones del ciudadano común ante los prisioneros extranjeros —polacos, franceses y rusos— y los estallidos de odio cuando alguien del vecindario les daba alimentos o ropa adicionales. Ese gesto era considerado una traición al Führer y a la raza alemana.

Anna Haag documentó que la gente común sí sabía lo que les ocurría a los judíos de Colonia, quienes, por ejemplo, eran conducidos a los pabellones de exposiciones —las Messehallen— para ser deportados posteriormente a los campos de concentración.

También describió las variaciones de sus propios sentimientos, que oscilaban entre una profunda depresión y la esperanza y confianza en que algún día los Aliados liberarían al pueblo alemán de aquel yugo. Relató cómo buscaba refugio en la música clásica y en el piano, y cómo escuchaba clandestinamente las noticias de la BBC. Vivía bajo la presión constante de guardar silencio, pues alguna persona de su entorno podía denunciar cualquiera de sus observaciones críticas.

Haag también describió el comportamiento irracional de sus vecinos cuando comenzaron los bombardeos aliados y cuánto sufría a causa del predominio de la ideología nazi en la mentalidad de la gente común, que establecía una distinción entre los “Herrenmenschen” (los hombres superiores) y los Untermenschen (los hombres inferiores por ejemplo, los esclavos).

Esta convicción era tan poderosa que impedía que personas como el farmacéutico vecino reconocieran el fracaso colosal de la Operación Barbarroja de Hitler contra Rusia y las enormes pérdidas sufridas entonces tanto por los soldados rusos como por los alemanes. Persistía la creencia en las Wunderwaffen, las “armas milagrosas” y la fe en la victoria alemana. Es una realidad que hoy vemos reflejada dolorosamente en algunos debates celebrados en Alemania. Anna Haag rezaba con frecuencia, ayudaba desinteresadamente a otras personas y reflexionaba sobre la inmensa presión interior ejercida sobre quienes amaban la justicia durante el Tercer Reich.

¿Volverá a terminar trágicamente?

A la luz de los hechos mencionados, todo resulta aún más estremecedor cuando observamos los acontecimientos de las últimas semanas, posteriores a la cumbre de la OTAN en Ankara. Allí, con el pleno respaldo del presidente estadounidense Donald Trump, la Alianza formuló unánimemente sus objetivos: Derrotar estratégicamente a Rusia, aumentar en varios órdenes de magnitud la ayuda militar a Ucrania y endurecer las sanciones. El resultado, la guerra se ha intensificado en ambos bandos y avanza por una senda de escalada, así lo han confirmado también el presidente Vladímir Putin y su portavoz, Dmitri Peskov.

En este sentido, merece la pena considerar una conversación reciente, celebrada el 16 de julio de 2026, entre el conocido presentador ruso Vladímir Soloviov y Roger Köppel, del semanario suizo Weltwoche, igual que la conversación que Köppel mantuvo al día siguiente con el general retirado Harald Kujat, antiguo inspector general de la Bundeswehr y expresidente del Comité Militar de la OTAN.

Soloviov formuló la siguiente pregunta retórica: ¿Por qué debería Rusia esperar antes de atacar a Europa, después de todo lo que se ha desencadenado contra ella en las últimas semanas, especialmente desde la cumbre de Ankara?. En cierto momento presentó una lista de empresas militares europeas que, en cooperación con Ucrania, producen drones y otros componentes militares utilizados actualmente por Ucrania en la guerra contra Rusia. Entre ellas mencionó compañías del Reino Unido, Dinamarca, Italia, España, Francia, Chequia, Alemania e Israel, entre otros países.

Preguntó repetidamente por qué Rusia debería esperar para actuar, teniendo en cuenta que Europa ha gastado 140.000 millones de euros durante los últimos dos años. Al referirse al espectacular asesinato de un oligarca ucraniano ocurrido en Mónaco algunas semanas antes, expuso un escenario sobre el aspecto que podría presentar Europa después de una guerra que quizá terminase caóticamente: el poder de la mafia ucraniana, con su dinero y sus armas, intentaría someter cada vez más a Europa Occidental al control de su dinero sucio y de sus operaciones terroristas.

Al hablar del odio generalizado contra Rusia en Europa —especialmente entre las élites—, Soloviov explicó que ello se debía a que “nosotros, Rusia, ganamos la Segunda guerra mundial. Los abuelos y las abuelas de Alemania sufrieron mucho. La invasión alemana de Rusia no tenía justificación alguna. Ahora, en la mente de algunos revanchistas europeos, surge la idea de que esta es la oportunidad de atacar”.

La idea del Übermensch frente al Untermensch —del “superhombre” frente al “hombre inferior”, vuelve al primer plano.

Guardamos silencio durante más de 85 años; ahora ellos dicen que esta es su oportunidad de vencer… Todo está estrechamente relacionado con la historia familiar que influye en cada decisión adoptada”.

Al día siguiente, 17 de julio de 2026, se produjo una breve conversación entre el general retirado Harald Kujat y Roger Köppel. Kujat señaló que el antiguo jefe del Estado Mayor ucraniano, Valeri Zaluzhni, había afirmado en cierta ocasión que no esperaba que la guerra de drones produjera una ruptura decisiva. Añadió que Estados Unidos, es decir, Trump, se encontraba ya al margen de la guerra de Ucrania y también de la mediación para la paz.

Según Kujat, en el campo de batalla los rusos han intensificado visiblemente sus ataques contra Ucrania con el propósito de conquistar el resto de Donetsk y han ampliado sus operaciones hacia regiones por ejemplo Sumy. Pretenden crear una zona de seguridad que impida que Ucrania vuelva a realizar incursiones como la llevada a cabo en Kursk. También mencionó que Odesa había sido atacada nuevamente. Según Kujat, Rusia está concentrada en alcanzar sus objetivos bélicos.

Kujat subrayó que la puerta de las negociaciones no debería cerrarse y que Europa tendría que reflexionar acerca de cómo hacerlas posibles. Manifestó plena comprensión hacia el deseo ruso de establecer zonas de protección y seguridad y agregó que, dado que Rusia no tolerará determinadas iniciativas de Ucrania y Europa, aumenta el peligro de un conflicto entre la OTAN y Rusia.

Según Kujat: “La escalada rusa es diferente de la de la OTAN. Nosotros, en la OTAN, escalamos mediante pequeños pasos. Rusia posee una gran tolerancia. No podemos saber dónde termina esa tolerancia”.

En cuanto a las maniobras de la OTAN cerca de la frontera rusa y a la decisión de instalar un “escudo antimisiles” europeo-ucraniano, Kujat afirmó que se trataba de una escalada que Rusia no aceptaría bajo ninguna circunstancia. Los sistemas Patriot tienen una eficacia limitada. El suministro de programas informáticos destinados a apuntar contra objetivos militares rusos, así como la entrega de equipos para atacar el espacio ruso, serían una clara escalada contra Rusia. Criticó que “los políticos alemanes carecen de un plan”.

En respuesta a una pregunta acerca de la afirmación de Soloviov de que una guerra en Europa podría ser inevitable, Kujat contestó que es optimista y considera posible encontrar una ‘solución basada en la razón”. Añadió: “En Alemania utilizamos la ‘amenaza rusa’ como pretexto. Soy discípulo de la teoría del equilibrio de fuerzas de Helmut Schmidt. La condición previa para la paz es dialogar con la otra parte. Esto también comprende negociaciones para la reducción y el control de armamentos; es decir, una estrategia dual. Pero la realidad actual es que nos negamos a hablar con la otra parte”.

Todavía conservo la esperanza de que en algún momento se produzca un punto de inflexión. La política no debe fundamentarse en la desesperación. No solo estamos tratando con la mayor potencia nuclear de la Tierra, es decir, Rusia. Una guerra futura superaría a la Segunda guerra mundial en varias dimensiones.

“Estamos escalando desde una posición de debilidad. Demonizamos a Putin en lugar de confiar en su racionalidad. No tenemos el dominio de la escalada. Podemos ayudar a Ucrania, pero no podemos jugar con Europa. En Rusia existe una disposición creciente a alcanzar una solución negociada que incluya garantías de seguridad. Por eso no creo que la guerra sea inevitable”.

*MSIA Informa

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