Silvia Palacios* A quince meses de haber asumido la presidencia de Chile, el programa post modernista, o identitario, del gobierno de Gabriel Boric, se desplomó. La primera cuarteadura, sufrida en el referéndum de septiembre de 2022, que impugno el proyecto inicial de una Constitución identitaria, ambientalista y etnonacionalista, fue rematada el pasado 7 de mayo pasado, cuando la coalición gubernamental, no consiguió la representación política para influir en la nueva redacción de la Carta Magna. De manera que, la figura y programa del proyecto de control político maquinado por el Establishment angloamericano y sus portavoces en los medios de comunicación, que convirtieron la candidatura y gobierno de Boric en un acontecimiento mundial, augurando su repetición hacia el Cono Sur, se desinflaron ante el rechazo de la población chilena a un proyecto que no refleja su identidad nacional Así, en las elecciones para elegir la composición del Consejo Constituyente que se espera redacte la nueva Carta Constitucional del país, de los 50 escaños en juego, el Partido Republicano, sentado a la derecha en el espectro político partidario chileno, se quedó con 22, cinco más que los 17 ganados por la coalición gobernante y uno más de los 21 votos necesarios para mantener el poder de veto sobre ciertos puntos en la redacción de la Carta. La coalición conservadora Chile Seguro, igualmente, obtuvo 11 escaños, dando al bloque conservador la gran mayoría de 33 votos; una cantidad más que suficiente para bloquear cualquier iniciativa de cuño post moderno semejante a la enarbolada por la coalición gobernante, como las que convencieron a dos de cada tres chilenos a oponerse al proyecto de constitución presentado en el referéndum de septiembre de 2022. Sonoro ¡no! al etnonacionalismo En realidad, la elaboración del proyecto constitucional que Boric recibió y respaldó antes y al asumir la Presidencia en marzo de 2022, fue el resultado de una verdadera omelete de propuestas, unas, de los partidos más tradicionales del país, y las otras de un conglomerado de varias vertientes “post modernas” y contraculturales desapegadas de la trayectoria histórica nacional, militantes del “cancelamiento histórico” y otros delirios que el magnate George Soros y sus socios han regado por todo el mundo.
Una de ellas fue la decisión mayoritaria de la Asamblea Constituyente de aprobar la modificación del carácter del actual Estado chileno, definido siempre por ser un Estado unitario, para convertirlo en un “Estado regional, plurinacional e intercultural conformado por entidades territoriales autónomas”.
Evidentemente, era el banderazo para dar vida a la antigua demanda incubada, principalmente en algunas aguerridas comunidades mapuches, por un grupo de ideólogos mapuches que se apropiaron del término etnonacionalismo, para justificar el separatismo étnico. Tales ideólogos tuvieron tiempo y recursos para elaborar sus tesis en la década de los 1980 en Europa, osando elaborar un bosquejo de un estatuto de autonomía indígena; esa red, creció bien protegida por el departamento militante indigenista del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), creando en Bristol, Inglaterra, una organización no gubernamental (ONG) bautizada con el sugestivo nombre de Mapuche Nation.
La tramoya malograda era transformar a Chile en un compuesto de regiones indígenas con derechos y sistemas jurídicos propios, resguardado bajo el manto de un Estado plurinacional de cuño etnonacionalista, ensayo que se propone extender a territorio argentino en la Patagonia. Por si las dudas, los números más altos del rechazo a la Asamblea Constituyente ocurrieron en las provincias del Sur, Araucana y Bío Bío, donde se concentra la insurgencia de grupos terroristas mapuches.
Que la población mapuche, el grupo indígena mayoritario del país, haya sido demandante de la autonomía resultó ser una ficción finamente cultivada durante décadas por un batallón de antropólogos de la “acción” protegidos por el Consejo Mundial de Iglesias, por organizaciones no gubernamentales patrocinadas desde Europa y por los organismos específicos de la ONU. Por el lado de la ideología identitaria y la preocupación ambientalista, la hipotética Constitución le daría derechos a la naturaleza, y subrayaría la preocupación por los animales como seres que sienten, al mismo tiempo que hacía del aborto amplio e irrestricto un derecho constitucional, pero no le daba ningún derecho a un ser humano en el vientre materno. Ante todo, el factor catalizador de la respuesta de unidad nacional, fue el rechazo al etnonacionalismo y la plurinacionalidad. Tanto que en las negociaciones partidarias post plebiscito, quedo estipulado que la integridad territorial de Chile quedaba como una especie de clausula pétrea de cualquier nueva Constitución que se elaborase. No obstante, en el plebiscito que aprobó la instalación de la Asamblea Constituyente realizado en 2021, la gran mayoría de la población sí voto a favor de una nueva Constitución, un cambio, una exigencia enérgica que no es propia de Chile, y que queda pendiente por resolver.
Es un rechazo a los gobiernos establecidos que se identifican con la corrupción y sin un rumbo de grandeza por construir que atraiga a la población, sobre todo a los más jóvenes, gobiernos y partidos, un mundo político que no ha cumplido con su razón de ser. No obstante, a pesar del paso dado, el rescate de la identidad nacional queda incompleto si no cuenta con los medios para hacer justicia económica y social.
La sacudida en Chile, tendrá repercusiones fuera de sus fronteras, ya que anota un revés al proyecto de la tambaleante era del Nuevo Orden Mundial que se viene trabajando por varias décadas para pulverizar los tejidos de cohesión interna de las naciones de Iberoamérica, esto es, su ethos común: sus raíces culturales cristianas. Lo que emergió en Chile fue este factor cultural de apego a valores transcendentes de amor a la Patria constituida. Un elemento latente que escapa a los cálculos ordinarios de politólogos, juristas y el mundo político dominado por la ceguera de la post modernidad y el ansia de poder.
Chile mantuvo su identidad nacional, pero quien anda a la deriva buscando la suya es el moribundo gobierno de Gabriel Boric.
*MSIA Informa
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