El salto comunicacional del mundo: El cambio de paradigma de comunicación que experimentó el mundo moderno durante los últimos cincuenta años, ha sido una de las transformaciones civilizatorias más profundas de la historia contemporánea.
Javier Esteinou Madrid
Esta mudanza implicó el tránsito de un modelo industrial, vertical, masivo, analógico y centralizado de comunicación de masas, hacia un modelo digital, interactivo, algorítmico, globalizado, descentralizado y segmentado, basado en redes de datos y plataformas tecnológicas inteligentes.
Tal viraje no solo modificó las tecnologías de transmisión de mensajes a la sociedad, sino que alteró profundamente la organización del poder, la economía, la política, la cultura, la percepción de la realidad, la construcción de identidades, el psiquismo, las emociones, la vida cotidiana de las comunidades y la propia estructura civilizatoria coetánea.
Por ello, el paso de la sociedad industrial a la sociedad de la información, constituyó una mutación histórica equiparable a la presencia de la Revolución Industrial, al surgimiento de la imprenta, e incluso, al nacimiento de la escritura.
La transformación del modelo de comunicación nacional
Derivado de la vertiginosa dinámica de mudanza global el principal cambio en el patrón de comunicación que se experimentó en México, consistió en la transición de un esquema de regulación autónoma y relativamente plural hacia un modelo de comunicación más centralizado, digitalizado y articulado alrededor del Poder Ejecutivo y de las plataformas tecnológicas como nuevos ejes estratégicos de la gobernabilidad nacional.
Se transitó de un sistema liberal-autónomo-mediático, basado en el pluralismo regulatorio y el concierto de medios tradicionales, para oscilar hacia un nuevo patrón centralizado-digital-estatal, orientado a la conectividad social, la gobernanza tecnológica, la administración integral del ecosistema comunicacional y la digitalización de la vida posmoderna de la sociedad.
Tal viraje estructural no fue únicamente técnico o administrativo, sino profundamente político, cultural y civilizatorio, pues modificó la relación histórica tejida entre el Estado, los medios, la ciudadanía, las telecomunicaciones y el espacio público mediático y digital.
La gran discusión histórica que abrió este abismal cambio consistió en determinar si dicha oscilación fortaleció la democratización tecnológica, la soberanía digital y la inclusión social; o si derivó en crear mayor aglutinación de poder, debilitamiento de contrapesos ciudadanos, reducción del pluralismo y expansión de mecanismos de control político-comunicacional, especialmente, sobre el espacio público virtual.
Medio siglo de vida académica
Dentro de este contexto de revolución comunicativa universal, el 27 de junio del año 2026 el Consejo Nacional Para la Enseñanza e Investigación de la Comunicación (CONEICC) cumplió medio siglo de existencia en México, como una institución académica dedicada a fomentar la investigación, la enseñanza y la extensión de las ciencias de la comunicación hacia el alivio de los problemas sociales, técnicos y educativos que plantea la realidad nacional, mediante el aprovechamiento racional e integral de los recursos humanos, metodológicos y materiales disponibles en lo que a esta disciplina respecta (Estatuto del CONEICC, 2024, p-1).

¿Qué significa conmemorar 50 años?
Celebrar medio siglo de existencia de una institución de comunicación en nuestro país conlleva una relevancia histórica, cultural, académica y política de gran importancia, pues encarna la consolidación de una trayectoria estructural capaz de trascender coyunturas sexenales, saltos tecnológicos, cambios ideológicos y mutaciones del sistema político nacional. No se trata únicamente de certificar la permanencia burocrático-cronológica de una organización, sino de demostrar su capacidad histórica para sobrevivir, adaptarse e influir en la construcción de la vida pública y de la cultura comunicacional de la nación.
En términos históricos, cincuenta años permiten evaluar integralmente la evolución de una entidad a través de diversas etapas del desarrollo nacional, entre las cuales figuraron el modelo autoritario priista, la apertura democrática, la globalización mediática, la transición digital, la expansión de internet, las plataformas virtuales y la actual reorganización del ecosistema comunicacional.
Desde la perspectiva académica, permite valorar la acumulación de capital intelectual, la formación de generaciones de profesionales, investigadores y periodistas, así como la creación de escuelas de pensamiento, paradigmas analíticos, líneas de investigación y aportaciones teóricas propias.
Ello significa reconocer la participación de esta institución en la afirmación de la comunicación como disciplina científica y la evolución del campo profesional como un espacio autónomo. Muchas entidades universitarias nacieron cuando la comunicación todavía era vista solamente como técnica periodística o instrumento propagandístico, por lo que llegar a cumplir medio centenio de vida, involucra haber contribuido a convertirla en objeto estratégico de reflexión social, política, cultural e histórica.
En el plano social y democrático, un centenario puede ser evaluado por su contribución al fortalecimiento de la libertad de expresión, la pluralidad informativa, la democratización de los medios, la formación de ciudadanía crítica y la edificación de espacios públicos deliberativos. Retomar dicha trayectoria permite observar si la institución actuó solamente como aparato reproductor del poder o si colaboró en la creación de contrapesos democráticos y pensamiento crítico.
Visto desde el ángulo simbólico, celebrar cincuenta años entraña ingresar al patrimonio histórico de la nación, pues muy pocas instituciones lograron sobrevivir y mantenerse activas durante tantos cambios estructurales profundos, conservando legitimidad, reconocimiento y capacidad de incidencia en nuestra República.
La permanencia de una entidad con tales características durante este largo ciclo de evolución, como son las instituciones en México y América Latina, representa estabilidad, memoria colectiva, continuidad cultural y avance del pensamiento crítico, lo cual implica participar en la conformación del patrimonio histórico del país.
Por ello, reconocer un onomástico comunicativo de cincuenta años no solo invita a conmemorar el pasado, los relatos y las fábulas institucionales, sino sobre todo obliga a realizar balances críticos acerca de sus aportaciones históricas; su capacidad de adaptación, su relación con el Estado, el mercado y la sociedad civil; su papel frente a fenómenos contemporáneos como la inteligencia artificial, las plataformas digitales, la concentración mediática, la irradiación de la posverdad, la crisis de credibilidad pública; los errores, las limitaciones y los desafíos pendientes.
De este modo, el cincuentenario de una institución académica de comunicación no constituye únicamente una ceremonia protocolaria, sino representa un momento estratégico de autorreflexión histórica, de evaluación estructural y de redefinición de su misión futura dentro del desarrollo democrático y cultural de México.
El estilo dominante para celebrar
Sin embargo, pese a la trascendencia que encierra dicho reconocimiento, en la fase de la “sociedad del espectáculo” en la que nos encontramos como especie humana, la práctica prevaleciente para festejar la existencia de una entidad, se inclina por privilegiar la realización de “eventos divertidos”, “espectaculares”, “ruidosos”, “adrenalínicos”, e incluso frívolos que no le aportan justicia a la riqueza de los organismos, pues en el fondo no modifican nada de su misión, y en contraparte, si refuerzan los viejos hábitos y trayectorias arraigadas, sin ninguna estimación autocrítica.
De esa forma, se adopta mecánicamente como comportamiento colectivo la continuidad de la herencia ideológico-administrativa predominante, que sustituye la reflexión histórica crítica por la celebración hollywoodense del momento.
La conmemoración del cincuentenario de una institución de comunicación bajo este modelo, reflejaría la presencia de una profunda crisis cultural, epistemológica e institucional del propio campo comunicacional mexicano.
En lugar de convertir el natalicio en un acontecimiento excepcional para impulsar rigurosamente la revisión de cinco décadas de producción intelectual, construcción teórica, aportaciones científicas, omisiones reflexivas y desafíos futuros; se corre el riesgo de convertir el suceso en un ritual simbólico de simple auto celebración emocional, vacío de densidad analítica y de capacidad autocrítica. Se fomentaría pasar de una reflexión histórico-social de suma trascendencia, a un desnudo acto de carácter socialité.

Debilitamiento reflexivo
La pérdida de discernimiento expresaría el debilitamiento de la función cardinal que le corresponde a las instituciones académicas como espacios generadores de razonamiento renovador, diagnóstico social oportuno y construcción de horizontes civilizatorios alternativos. Paradójicamente, una comunidad especializada en estudiar la comunicación, la cultura, los medios, los procesos simbólicos y la construcción social de la realidad, terminaría reproduciendo exactamente la lógica espectacular, sentimentaloide, glamorosa y trivial que durante décadas múltiples investigadores las han cuestionado en el funcionamiento de las industrias mediáticas contemporáneas.
La sustitución de la observación estructural por mero el “festín fastuoso” evidenciaría que el campo de la comunicación podría haber transitado gradualmente de una vocación intelectual transformadora hacia una dinámica de sobrevivencia burocrática, de reproducción institucional y de legitimación simbólica interna. Bajo dicha lógica, un aniversario dejaría de ser un momento de balance científico colectivo para convertirse únicamente en una escenificación ritual de cohesión grupal, nostalgia generacional y reconocimiento interpersonal, donde predominarían los homenajes, las imágenes románticas, el “entretenimiento académico”, las felicitaciones provisionales, los encuentros afectivos, etcétera, pero no necesariamente de estricta exploración sobre el papel que desempeñó el campo comunicacional en la transformación de la sociedad mexicana.
En términos más directos la adopción de este hábito sociocultural reflejaría la pérdida de espesor intelectual del propio pensamiento comunicacional en México. Es decir, la disminución de su potencial pensativo para generar interpretaciones estructurales profundas sobre los grandes cambios civilizatorios contemporáneos, como son la expansión del capitalismo digital; la concentración planetaria de plataformas tecnológicas; la fulminante inserción de la inteligencia artificial; la crisis de la democracia liberal; el autoritarismo mediático, la manipulación algorítmica; la desinformación masiva; la vigilancia digital; la fragmentación del espacio público; la erosión de la verdad factual; y la creciente mercantilización de la vida cotidiana mediante la acumulación de datos.
En otras palabras, el conflicto no consistiría solamente en realizar un acto fútil, sino en evidenciar que el propio campo académico podría haber perdido parcialmente la conciencia de su misión histórica esencial frente a los nuevos centros de poder comunicacional global.
Mientras el mundo vive una de las transformaciones más extremas de la historia de la comunicación humana, el riesgo sería que las instituciones de comunicación mexicanas permanezcan atrapadas en dinámicas conmemorativas divertidas, acomodaticias, autorreferenciales o de festividades light incapaces de formular respuestas teóricas, metodológicas y políticas frente a la nueva reorganización del poder informacional a escala mundial.
La carencia de este balance indagador podría tornar el cincuentenario en una forma sofisticada de simulación institucional, donde se agasaja la permanencia administrativa de la asociación, pero no necesariamente su vigencia intelectual, su facultad innovadora o su responsabilidad social contemporánea. La incapacidad orgánica para convertir medio centenio de existencia en una fuerza de redefinición estratégica revelaría la insuficiente visión prospectiva sobre el futuro de la comunicación en México.
Si un aniversario de tal magnitud se reduce únicamente a una experiencia “socialité”, lo que realmente proyectaría sería el arraigo de una peligrosa desconexión entre memoria histórica, capacidad crítica y responsabilidad civilizatoria del propio quehacer académico de la comunicación. Es decir, expresaría la renuncia inconsciente a ejercer el rol vigilante de la inteligencia crítica frente a una de las mayores transformaciones comunicacionales de la humanidad contemporánea.
Romper la inercia
Una auténtica conmemoración histórica tendría que actuar como una gran fuerza de raciocinio no solo para elogiar lo alcanzado, sino fundamentalmente para comprender con rigor intelectual qué se hizo bien, qué se dejó de entender y qué nuevas responsabilidades orgánicas deberá asumir el pensamiento comunicacional frente al convulsionado siglo XXI.
De este modo, el reconocimiento de este largo ciclo comunicativo debería actuar como un gran laboratorio colectivo neuronal orientado a discutir el futuro de la democracia comunicativa; la soberanía tecnológica; la gobernanza de plataformas virtuales; los derechos comunicativos emergentes; la reconstrucción del espacio ciudadano; la proliferación acelerada de la posverdad; el retroceso de los medios de Estado; la protección cultural frente a monopolios globales; y la formación de nuevas generaciones de investigadores capaces de interpretar críticamente la nueva ecología comunicacional planetaria.

Evitar el “festejo cutáneo”
En este entorno civilizatorio es fundamental que el CONEICC evite adoptar la propensión cultural dominante de validar su existencia en la fase de la modernidad mexicana reduciendo su remembranza únicamente a la simple organización epidérmica de cenas de gala, entrevistas memorables, presentación de fotografías nostálgicas, entrevistas memorables, felicitaciones a colegas, convivencias “rompe hielos”, brindis coloquiales, sembrado de “Cajas del Tiempo”, toma de “selfis amistosas”, recuento público de anécdotas, etcétera; pues esto reflejaría el enraizamiento de una profunda crisis de autoconciencia histórica, institucional y epistemológica de la academia de la comunicación en México.
Todas estas actividades se pueden realizar responsablemente si, paralelamente, se evita el mero festejo epidérmico que implica solamente quedarse en el nivel hollywoodense de la fiesta, evadiendo retomar el compromiso del análisis crítico de su evolución institucional.
La responsabilidad evocativa
Compendiando, si la celebración del 50 aniversario del CONEICC se limitara exclusivamente a efectuar “rituales jugetones” y protocolarios, trasluciría la sustitución de la reflexión histórica crítica por la alimentación de la “remembranza liviana” del campo profesional y la incapacidad institucional para convertir medio siglo de existencia en un verdadero “motor neurológico” para impulsar un balance científico autocrítico y de redefinición estratégica del futuro de la comunicación en México.
Un auténtico cincuentenario histórico de la comunicación está obligado a convertirse en una revisión teórico-metodológica profunda; en un diagnóstico exigente sobre la disciplina; en una ponderación de aportaciones y omisiones; en un balance crítico integral; y en la elaboración de una nueva agenda estratégica cultural para los próximos 25 o 50 años del proceso de la comunicación en la nación.

