La escalada a una guerra de enormes proporciones, con el ataque militar de Israel a Irán guarda un significado más allá de las maquinaciones políticas del primer ministro Benjamín Netanyahu, de la prevalencia del Establisment oligárquico anglo-americano en el gobierno de Donald Trump y de la mal disfrazada complicidad de las potencias de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en la embestida israelí.
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Con todo rigor, asistimos a los estertores del modelo imperialista y colonialista fraguado por las oligarquías occidentales desde los últimos cuatro siglos, un curso histórico modelado en la idea de la predestinación judaico-calvinista. De tan mal árbol no se podría esperar otra cosa sino un sistema supremacista expresado en: el “fardo del hombre blanco,” el “excepcionalismo,” el “destino manifiesto” y otras variantes.
Esto ha justificado el imperialismo británico, el expansionismo militarizado estadounidense -del cual la OTAN es parte activa- y, no menos, la creación del Estado de Israel para servir de punta de lanza del control colonial del Medio Oriente y del Norte de África.
Sin que se cuestione el derecho de existencia de Israel, un Estado del que también debería gozar el pueblo de Palestina, salta a la vista que el Estado judío llegó al ápice de su capacidad de representar la función asignada, para la cual su aura de invencibilidad militar era crucial.
Israel encontró en Irán, por primera vez, un adversario capaz de responder a la altura de los golpes recibidos y con una actitud moral que partía de una percepción clara del significado civilizatorio de su resistencia a la agresión del sistema hegemónico occidental. Además de estar inspirado por convicciones espirituales por lo menos tan profundas semejantes al mesianismo fundamentalista, la creencia del movimiento sionista palanca de la creación de Israel.
Por una ironía histórica, la República Islámica de Irán
Es el resultado de dos intervenciones directas de las potencias líderes de Occidente, Estados Unidos y el Reino Unido. Primero, en el derrocamiento del primer ministro nacionalista Mohammed Mossadegh, en 1953, sustituido por el Sha Reza Pahlevi, quien al final fue derrocado por el dueto mencionado en 1979, debido a la audacia de emprender la modernización empleando la energía nuclear.
Más tarde la manija giro nuevamente y el derrocamiento abrió el camino para sucesivos regímenes teocráticos, unos más fanáticos que otros, en la actualidad representado por el ayatola Ali Jamenei.
Así, la furia belicista de Netanyahu no la provoca tan sólo el programa nuclear de Irán (que, al contrario de Israel, es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear y sometido a las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica), sino forzar un cambio de régimen, especialidad angloamericana probada con éxito en docenas de países, entre los que destacan Irak, Libia, Siria, Ucrania y muchos otros.
Debido al efecto de ese simbolismo, como en Ucrania, el Establishment oligárquico no se pueden dar el lujo de permitir una percepción de derrota de uno de los principales instrumentos de su supremacismo. De manera que, aquel poder mundial ejerce presión máxima sobre Donald Trump, para asegurar la participación abierta de Estados Unidos en los ataques a Irán.
Más aún, con su guerra generalizada, la marcha de la Historia no se revertirá: La predestinación supremacista no tiene lugar en el siglo XXI.
