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La abuela Cuca y su fortaleza a prueba de balas

Foto: Pixabay
Bolivar Hernandez*
Mi abuela materna se llamaba Refugio Ortiz Moncayo, originaria de Cocula, Jalisco, México. Murió casi a los 100 años.
En mi familia existe una leyenda urbana que refiere que el gran compositor tapatío José Pablo Moncayo, 1912-1950, autor de El Huapango, considerado el segundo himno nacional, era primo de mi abuela Cuca.
Tengo mis dudas sobre los nexos familiares consanguíneos entre la abuela Cuca y Moncayo, es decir, si son verdaderos o no.
Los Hernández Estrada
Propala la especie de ese parentesco de nuestra familia materna con el compositor jalisciense. Y se sienten muy orgullosos de esa leyenda urbana, yo nunca he hecho eco de esa historia, ni me la creo.
Mi abuela Cuca era de ascendencia indígena, tenía un rostro moreno, y era bajita de estatura; pero muy fuerte, con una fortaleza a prueba de balas.
Tenía una salud espléndida, nunca se quejaba de alguno malestar. Sin embargo, solía colocarse chiquiadores en las sienes para contrarrestar las jaquecas. Estos consistían en rodajas de papa cruda o de tomate rojo, que se ponían en la frente o en las sienes.
Ya entrada en años, la abuela Cuca padecía de reumas en las extremidades inferiores, y se curaba con unos emplastos con mariguana.
Como he contado…
Mi abuela enviudó muy jovencita con dos niñas pequeñas, María Isabel, mi madre, y la Tía Bertha. Unos primos de mi abuelo Agustín Estrada, lo asesinaron a balazos en plena calle cerca de su hogar, por una disputa de tierras agrícolas, propiedad de mi abuelo que sus primos no le quisieron devolver.
Aquí empieza la odisea en la vida de mi abuela Cuca
Abandonan para siempre la hacienda Bellavista, una hacienda azucarera, cercana a Cocula, Jalisco, mi abuela Cuca y sus niñas.
Y en lugar de ir a Guadalajara que estaba más cerca de su pueblo rural, emprenden el viaje a la lejana Ciudad de México, en el año 1940.
Mi abuela busca un cuarto en una vecindad, que era un típico refugio de gente del campo, con malas condiciones de vida, muy precaria la vivienda colectiva, con un patio central y los cuartos alrededor de el, y con servicios sanitarios colectivos o comunales.
Esto ocurre no en el centro de la CDMX, sino en una colonia Obrera, distante del centro.
Mi abuela Cuca trabajaba como obrera y mi madre y mi tía Bertha, muy jovencitas, como dependientas en comercios del centro histórico, atendían en almacenes y zapaterías.
El barrio universitario, de la entonces UNAM, estaba en pleno centro de la capital. Mi padre estudiaba la carrera de Medicina, ahí junto con otros jóvenes guatemaltecos también. En ese barrio universitario, mi padre conoce a mi madre, por azares del destino. Se enamoran perdidamente uno del otro. Y mi joven madre, 19 años, resulta embarazada de mí.
El drama de mi madre se inicia ahí mismo
¿Cómo le dice a su madre, a la abuela Cuca, que está embarazada?
Mi abuela Cuca era estricta, enojona, de mal carácter, peleonera, capaz de retar a golpes a hombres, inclusive.
Buscó a mi padre para pegarle una paliza. Mi padre se salvó de ser agredido por mi brava abuela, pero mi madre no pudo evitar unas golpizas.
Aparte de resultar embarazada mi madre, lo peor era que ese hijo por venir era de un extranjero. De pronto mi madre se va a vivir con mi padre, y esto enardece a mi abuela Cuca. En el año 1944, agosto, nací yo.
Y la abuela Cuca de pronto se calmó, y se dulcificó en extremo. Y me convierto en su primer nieto, en el consentido de ella.
Según contaba la abuela Cuca, me llevó a vivir con ella, para cuidarme y mimarme.
Ya mis padres me habían registrado en el juzgado civil como Bolivar. Y mi abuela Cuca no estuvo de acuerdo con mi nombre.
Ella deseaba bautizarme a escondidas de mi padre, el comunista, y me llevó a la Catedral Metropolitana, y me puso Luis Bolivar, porque el cura le dijo que Bolivar no era nombre de ningún santo católico.
Conservo aún la boleta de bautizo con los nombres de Luis Bolivar. Jamás he empleado el nombre de Luis. Nombre que, por cierto, era el nombre de mi abuelo paterno.
Fui el consentido de la abuela Cuca toda la vida
Su amor hacia mi lo traducía en comidas. A lo largo de mis varias estancias en México y retornos obligados a Guatemala, la abuela Cuca preparaba unas cantidades industriales de antojitos mexicanos, acompañados de litros y litros de atoles y tazas gigantes de café con leche o chocolate. Y muchos panes dulces.
Y me servía una y otra vez sin parar, de todo lo que había preparado para mí. Nunca le pude decir: ¡Ya no me sirva más!
Dos veces mi abuela Cuca se desgarró literalmente por mi. Una, cuando a los dos años mis padres deciden volver a Guatemala, y me arrancan de sus brazos; y la otra, cuando a los 12 años, mi padre decide volver a Guatemala después de la amnistía a los perseguidos políticos.
Y un día, de la noche a la mañana, dice: Empaquen lo necesario porque volvemos a la patria.
Yo quise quedarme en México y vivir con la abuela Cuca. Y mi padre no lo permitió, fue tajante, y dijo: ¡No, eso jamás!

Lloré mucho en esa despedida de la abuela Cuca
Varios años después, 10 años más tarde, volví a México, solo ya como un adulto joven, con el propósito de estudiar en la universidad. Viví una corta temporada con la abuela Cuca, en una colonia proletaria llamada Agrícola Oriental, que se ubica en la salida a Puebla, por la calzada Ignacio Zaragoza.
La corta temporada que viví con la abuela Cuca, porque la universidad me quedaba en el otro extremo de la CDMX, me puso en engorda con tantos platillos deliciosos que ella sabía que me encantaban.
Una anécdota de la abuela Cuca, muy simpática y que la retrata de cuerpo entero, es la siguiente:
En su humilde casita de la colonia Agrícola Oriental, la abuela Cuca criaba en su patio trasero muchas aves de corral. Gallinas y guajolotes (pavos), a los que engordaba amorosamente y luego los mataba sin piedad.
O tomaba un cuchillo muy afilado y les cortaba el pescuezo, o bien mataba a los guajolotes a puras cachetadas. Era un espectáculo grotesco para mi sensibilidad tan delicada.
Con la abuela Cuca tuve un distanciamiento muy grande y ocurrió cuando me divorcié de mi primera esposa, a la cual ella admiraba y amaba tanto. ¡Nunca me lo perdono!
La relación de mi madre con la abuela Cuca siempre fue difícil y conflictiva. Mi madre nunca más quiso volver a México y se quedó toda la vida en Guatemala, sin cambiar su nacionalidad mexicana.
Su última voluntad fue ser enterrada con los acordes del Son de la Negra, interpretada por un mariachi, cosa que le cumplimos todos sus hijos.
Esta historia tiene este final inesperado, la abuela Cuca sobrevivió a sus dos hijas, María Isabel, mi madre, y a la tía Bertha.
*La vaca filósofa.
Fotos: Pixabay/Pexels
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