Bolivar Hernandez*
En alguna sitio he contado que fui un funcionario público federal de alto nivel, en el gobierno central de México. Tuve una posición socioeconómica desahogada.
Después fui profesor universitario en instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas, y mi situación salarial sufrió un gran deterioro.
Pagan unos salarios miserables las universidades públicas, y peor aún las privadas.
Casi mi vida entera se la dediqué a la enseñanza universitaria.
Siempre he buscado otras opciones económicas para completar un salario digno y decoroso. Coordiné varios talleres literarios en librerías de prestigio, asesoré a empresas dedicadas a la mercadotecnia. Quise ser asesor parlamentario entre los grupos de diputados y senadores de partidos de izquierda. ¡Y no pude! Casi entro en el grupo de asesores de La Tigresa Irma Serrano, del PRD, y rechacé la oferta.
En asuntos de dinero siempre estuve con el Jesús en la boca, tronándome los dedos cada fin de mes. Y eso que no tengo ningún vicio, no bebo, no fumo, no me drogo. Tampoco soy adicto al juego de azar.
Cuento todo esto sin ningún rubor
Porque para cortejar a una dama interesante, hay que tener unos cuantos pesos en el bolsillo. Y yo lo único que tenía en abundancia era el puro verbo.
Hace 22 años conocí en México a una bella venezolana, esta es una redundancia en este caso, porque Venezuela ha tenido muchas Miss Universo.
Yo era amigo de una linda modelo venezolana radicada en México, y ella me presentó a su tía materna Maricruz, quien vivía en Venezuela y llegó al país azteca a pasar unas muy cortas vacaciones.
En esa época yo vivía en el barrio bohemio de la Condesa, y todos los días bebía café en una cafetería con terraza frente al Parque México. Mi amiga venezolana vivía a una calle de este lugar.
Observaba todos los días a una guapa señora, 45 años quizás, paseando a un par de niños pequeños. Pasaba frente a mi mesa en esa cafetería, El Toscano, me sonreía, y decía buenos días. De inmediato me alboroté con esa bella dama con acento caribeño, así me sonaba a mi.
Una mañana cualquiera me atreví a abordarla y conversar con ella. Me presenté y le dije: Me llamo Bolivar. No lo puedo creer dijo ella muerta de la risa. Soy venezolana y Bolivar es nuestro héroe patrio más grande, y me da mucho gusto conocerte.
En la conversación nos enteramos que su sobrina era mi amiga.
Maricruz, todas las mañanas, salía a pasear con los niños, sus sobrinitos, al Parque México.
En vista de que Maricruz y yo simpatizábamos bastante, la invité a pasear por el Parque México en la noche, y ella aceptó encantada.
Tenía miedo de la inseguridad de la Ciudad de México
Yo le dije que conmigo estaría segura siempre. Fue un atrevimiento osado de mi parte, asegurar tal cosa. Sin embargo, los últimos quince días de su estancia en CDMX, Maricruz y yo caminamos, tomados de la mano, todas las noches alrededor del Parque México. Nunca hubo nada digno de comentar al respecto de la inseguridad.
Casi de madrugada terminaba nuestro paseo nocturno por el parque, eso sí, beso y beso, cada 100 metros.
Nos enamoramos como un par de adolescentes. Sabiendo que era un amor de verano, de vacaciones. Ni ella quería dejar a Venezuela y yo menos deseaba ir para allá. Ambos estábamos divorciados y libres, sin embargo no había futuro en esa relación, hermosa relación.
Invité a Maricruz un par de ocasiones a cenar en un buen restaurante de la Condesa, hay cientos de ellos ahí. Escogió comida italiana, en la Nonna.
En un arrebato de pasión, le dije: Te gusta mucho el Parque México, ¿verdad?
-Si, dijo ella muy emocionada.
¡Pues, te lo regalo! Y me besó muy agradecida.
La noche en que Maricruz de despidió de mi para siempre, extrajo de su bolso de mano, varios millones de bolívares. Y los puso entre mis manos esos fajos de billetes.
Los bolívares estaban tan devaluados, que no sería capaz de contarles a ustedes su valor real en dólares.
Fui millonario esa noche, y muy feliz de haber conocido a una hermosa señora venezolana, cariñosa y generosa conmigo.
Cuando se marchó, nos escribimos todavía unos meses más, y luego desaparecimos de nuestras existencias.
Por cierto, ella todo el tiempo me habló pestes del Comandante Hugo Chávez.
Fue un bello romance inolvidable, porque tantos años después de esos besos, en el Parque México, este 3 de mayo la recordé y celebré su santo.
*La vaca filósofa.
