Bolivar Hernandez*
La ciudad de Puebla es una joya arquitectónica colonial que fue fundada el 16 de abril del año 1531. Tiene una típica traza española con cuadrantes perfectos, traza reticular, traza inventada para América solamente. Con un centro que alberga los poderes militares, civiles y religiosos: El ayuntamiento, la iglesia y el cuartel.
La bella catedral poblana se inició su construcción en 1536 y se concluyó en 1649, ciento trece años después. Bellísima arquitectura colonial, imponente.
Puebla fue concebida como una ciudad intermedia entre el Puerto de Veracruz y la Ciudad de México. Para albergar a los inmigrantes españoles: conquistadores, encomenderos, conquistadores casados con indias, caciques, soldados españoles pobres, artesanos y sacerdotes católicos.
En esta hermosa ciudad recatada
Católica, conservadora y con posturas políticas inclinadas hacia la derecha por consecuencia, vive una linda señora de mediana edad, de ojos grandes y negros y con una cabellera larga recogida en un chongo a la altura de la coronilla.
Esta mujer de medio siglo, es alta y de constitución fuerte. Sonrisa angelical. Ella es originaria de un pueblo legendario del estado de Puebla, que ha dado hijos pródigos a la política nacional, los Lombardo Toledano y los Ávila Camacho: Teziutlan.
Es un pueblo de lloviznas perennes y neblinas al ras del suelo. Lugar de fríos y vientos intensos, nortes llegados del Golfo de México.
En pleno siglo XXI, esta bella dama radicada ahora en Puebla de Los Ángeles, fue invitada por una amiga suya a una reunión de campesinos y pequeños agricultores y ganaderos. Reunión en la cual ella no tenía nada que ver con el propósito de dicho encuentro con personas de sombrero y botas vaqueras, camisas de cuadros y pantalones de mezclilla.
La reunión de campiranos remató con un gran banquete, un almuerzo sencillo, compuesto de arroz con mole y pollo, y frijoles negros, muchas tortillas, refrescos embotellados, café y pan de dulce.
Antes de iniciar la multitudinaria reunión y posterior banquete, la amiga que la invitó tuvo a bien presentarle a un señor venido de la Ciudad de México en calidad de invitado de honor y como el conferencista estelar de dicho convivio.
Bastó un cruce de miradas al momento de estrechar las manos al presentarse, y de inmediato el deseo surgió entre ambos como una corriente eléctrica.
Fueron ubicados en sitios separados durante el almuerzo, pero él no dejó de mirarla todo el tiempo. Y ella se daba perfecta cuenta de ello.
A la hora del café, de los postres
El caballero acudió frente a ella y le solicitó amablemente el correo electrónico y ella accedió de inmediato, pero lo dio un email equivocado.
El caballero retorna a México y espera pacientemente para comunicarse con ella, y es imposible. ¡No hay modo!
Mucho tiempo después, ella se percata que proporcionó mal sus datos al caballero, rectifica y escribe un mensaje: Aquí estoy, perdón.
Han pasado muchos años de aquella memorable reunión campesina, y la bella dama y el caballero, iniciaron el romance más sufrido de la vida. Se han visto muchas veces brevemente, inclusive han compartido la cama de él, en la Ciudad de México. Unas pocas noches y madrugadas, pero el reencuentro ansiado y prometido no llega, porque el caballero vive ahora en otro país.

Esta dama es una especie de Penélope, la mujer de Ulises
Una vez concluida la guerra de Troya, Ulises no volvía a casa en Ítaca, donde lo esperaba Penélope. Y aquella sufrida esposa, mientras tanto, era asediada por varios pretendientes sabedores, según ellos, que Ulises había muerto en la batalla.
Ella intuía que Ulises estaba vivo pero que andaba de parranda, y que él se entretuvo en el camino con sirenas y con otros seres mágicos.
Penélope, cuenta la leyenda, se quitó de encima a todos los pretendientes que deseaban casarse con ella, con un sencillo artilugio, que consistió en que ella aceptaría a alguno de ellos el día que terminara de tejer una larga manta en el telar.
Ella era muy lista, tejía todo el día y en las noches deshacía lo hecho en el día. Y los pretendientes desesperadamente clamaban que ya terminara la bendita manta.
Un día Ulises volvió a casa y Penélope fue feliz, intensamente feliz.
La Penélope poblana teje y teje, y vuelve a tejer gigantescas colchas con todos los estambres de colores que el caballero le indicó.
A la Penélope poblana le duelen las articulaciones de las manos y los codos, y además tiene que usar lentes para la vista cansada por tanto tejer. Su cabello antes negro y su chongo, se han tornado grises, las canas platean sus sienes ya.
La vuelta a Ítaca, Puebla, es un sueño por cumplir. La guerra del caballero en tierras ignotas aún no concluye, y Penélope no tira la toalla, se resiste con firmeza a darse por vencida.
El tiempo transcurre inexorablemente y la pasión de los amantes sigue siendo una llama encendida e inextinguible.
Es un amor posmoderno, lleno de chats, videoconferencias y llamadas telefónicas interminables.
El retorno del caballero solo es posible a caballo, o a pie, como en la Edad Media. Pero ambos reinos están distantes, tanto como ir de la Tierra a la Luna.
-Volveré, dijo el caballero, y él suele cumplir sus promesas.
Penélope, prometió seguir tejiendo una colcha kilométrica, mientras tanto. Ella también tiene palabra de honor.
*La vaca filósofa.

