Bolivar Hernandez*
Tengo la hipótesis de que los gimnasios son un magnifico negocio. Porque los clientes flacos (los menos) y los gordísimos (la mayoría), acuden presurosos a inscribirse en diciembre y enero para cumplir sus metas de reducir de peso, en la mayoría de los casos.
Pagan un año completo por adelantado, y solo irán unas cuantas sesiones durante un mes y medio, enero y la mitad de febrero, y se retiran silenciosamente sin haber bajado más que unos pocos kilos o libras. Que al rato recuperan.
Hoy 27 de diciembre, me aparecí en un gimnasio de lujo cercano a mi casa a investigar e interrogar a los entrenadores sobre el tema del ausentismo de los clientes al poco tiempo de haberse inscrito.
Y pude corroborar mi hipótesis, sí es un gran negocio para los gimnasios que los clientes se inscriban y abandonen al poco tiempo.
Afirman los entrenadores que los clientes se sienten culpables cuando los fines de semana se emborrachan y comen en exceso comida basura, por lo que los lunes asisten muchos de ellos a pagar sus culpas con esfuerzo y mucho sudor. Estos culposos van uno o dos días a la semana y se vuelven a retirar y a seguir su vida desordenada.
La obsesión es bajar de peso para los gordísimos, ya que ellos se plantean metas ideales, como reducir 20 kilos o 40 libras en un mes, lo que es risible.
La culpabilidad es el motor del negocio de los gimnasios
No hay gordo sin culpa de su obesidad. Los entrenadores que entrevisté se entusiasmaron con mi supuesto interés de ingresar a dicho gimnasio, ya que yo sería el ejemplo a seguir por mi edad y por mi magnífica condición física.
Obviamente, no voy a pagar cifras estratosféricas por ser miembro de ese elegante gimnasio, tan lleno de espejos, aparatos, y cabinas de bronceado y de colágeno, además de recibir varias clases de zumba, aeróbicos, boxeo y meditación.
Los clientes que observé esta mañana en el gimnasio, todos eran gordos y muy jóvenes, menores de 40 años. Pocas mujeres, y ninguna persona adulta mayor. Prometí volver e inscribirme en enero del 2022.
Historias patéticas
En el consultorio psicoanalítico he podido escuchar toda clase de historias terribles, que son experiencias traumáticas de hombres y de mujeres. Mi capacidad de asombro sigue intacta, y me sigo sorprendiendo tanto cuando yo creía haber oído de todo.
Me busca una paciente de 38 años, madre soltera, tiene dos hijas, una de 19 y otra de 13 años, para solicitar un auxilio terapéutico a su ansiedad.
La observó detenidamente y la escucho atentamente. Es una mujer de condición humilde, con sobrepeso, y de aspecto descuidado.
Empieza el relato:
Mi hija de 13 años es una niña especial, padece de un síndrome extraño llamado Lisoencefalia, que consiste en una malformación cerebral, que no se desarrolla.
La niña tiene 13 años cronológicos pero su desarrollo psicomotriz es de una niña de 6 meses; toma leche en biberón y utiliza pañales desechables; no habla, no puede sostener su cuerpo erguido, no se puede parar. Se comunica solo con el llanto, cuando desea comer o satisfacer sus necesidades fisiológicas.
Mi niña no puede dormir de noche solo de día.
Mi niña toma una leche especial que es muy cara, y le produce reflujo.
Mi niña padece convulsiones epilépticas, también.
Las necesidades económicas que demanda mi niña especial, son muy grandes.
Vivo muy estresada y angustiada por la mala salud de mi niña.
Debo trabajar mucho y me dedico a las ventas de todo producto de primera necesidad y también vendo artículos de belleza, y todo lo entrego a domicilio, y todo el día estoy en la calle procurando ganar los ingresos suficientes para mantener con vida a mi niña. Mientras tanto, mi madre me ayuda cuidando a mi niña en mi ausencia.
Las instituciones de beneficencia solo me apoyan con terapias de rehabilitación para mi niña, pero no me ayudan con alimentos, medicinas y pañales.
Doctor, me han dado deseos de suicidarme, pero no puedo dejar a mi hija sola en el mundo. Doctor, ¿Qué podemos hacer en este caso?
Cuando terminó la sesión me quedé estupefacto ante el relato tan conmovedor.
Voy a ofrecerle una terapia sin costo
Me preocupa la niña especial, porque su expectativa de vida no es muy larga. Puede morir por causas tan simples como puede ser su dificultad para deglutir. No come sólidos, sólo líquidos, aunque en realidad solamente consume leche en polvo.
La problemática de esta paciente no es sólo emocional, sino también económica; además, no posee una red de apoyos familiares que sustenten su precariedad, salvo su madre, la abuela vieja.
¿Qué hacer? A ciencia cierta, no lo sé
Tengo qué explorar la posibilidad de obtener apoyos gubernamentales o de la iniciativa privada o entidades filantrópicas, para aliviar esta situación tan deprimente.
Hago mía la lucha de esta mujer.
Las posadas desaparecieron
En Guatemala existía la tradición cultural católica de celebrar las posadas, que consistía en que dos grupos de personas se organizaban para efectuar las posadas, durante 9 días. Unos hacían los recorridos por las calles y los otros, esperaban en las casas.
Unos pedían posada con cantos y ruegos, y los otros dentro de la casa respondían los ruegos, y al final otorgaban posada a los peregrinos. Gran fiesta, con música, comida y bebidas alcohólicas.
Los peregrinos que andaban por las calles hacían sonar un instrumento muy guatemalteco, como son las tortugas, caparazones de tortugas que, con un palo duro, hacen sonar un ritmo especial y característico de las posadas chapinas.
Será la pandemia o lo que ustedes ordenen y manden, pero se acabaron las posadas en la finca donde yo vivo actualmente.
Durante mi niñez, en Cuilapa, el pueblo de mi padre, o en la capital de Guatemala, asistí a innumerables posadas, y eran muy alegres.
Las tradiciones populares desaparecieron o se transformaron sin darnos cuenta.
¡Hasta pronto santos peregrinos, sin rumbo fijo en estas fechas!
*La vaca filósofa.
