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La defensa de la dignidad humana, de la justicia y de la paz: Papa León XIV

PAPA LEÓN XIV/ gemini

El pasado 9 de enero, el Papa León XIV dio un discurso al cuerpo diplomático acreditado en el Vaticano, al que este año se han unido diplomáticos de Bielorrusia, Burundi y Kazajistán. Lo que hizo especial a su discurso fue la referencia a San Agustín (354-430 D.C) quien fuera testigo del trágico saqueo de Roma del año 410 DC y autor de “De Civitate Dei” (La ciudad de Dios), con la que estableció los principios teológicos y filosóficos del Cristianismo.

Elisabeth Hellenbroich, desde Wiesbaden (Alemania)

Una parte destacada del discurso papal fue “La ciudad de Dios” de San Agustín, la gran obra que el Papa calificó de “una de las obras teológicas, filosófica y literarias más poderosas. Narra, en términos de aquella época, lo sucedido entonces”, dijo el Pontífice. “Los paganos, aún muy numerosos en ese entonces, e incluso algunos cristianos pensaban que el Dios de la nueva religión y los mismos apóstoles habían sido incapaces de proteger la ciudad. En los tiempos de los dioses paganos, Roma era la cabeza del mundo (Caput mundo), la gran capital, y nadie se hubiese imaginado que caería en manos de sus enemigos”.

El significado verdadero de La ciudad de Dios

El Papa León XIV dice que esta obra de San Agustín, igual que los clásicos, “le habla al pueblo de cada generación. Agustín interpreta los eventos y la historia de acuerdo al modelo de dos ciudades. La primera es la ciudad de Dios, que es eterna y guarda la característica del amor incondicional de Dios ((amor Dei) y del amor a los semejantes, en especial a los pobres. Luego está la ciudad terrena, que es el hogar temporal del hombre hasta su muerte.

En nuestros días incluye todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado nacional y las organizaciones internacionales. Esta ciudad, para Agustín, era epitomizada por el Imperio Romano. La ciudad terrena, por desgracia, se centra en el orgullo y en el amor propio, en su sed de poder y gloria mundano que lleva a la destrucción.

Para San Agustín “las dos ciudades coexistirán hasta el fin de los tiempos. Tienen que entenderse a la luz de la forma externa que las construye por medio de acontecimientos históricos. Desde esta perspectiva cada uno de nosotros es un protagonista y, por ello, responsable de la historia. (…) Agustín resalta que los cristianos tienen el llamado de Dios de habitar la ciudad terrena con sus corazones y mentes vueltos a la ciudad divina, su verdadera patria. Al mismo tiempo, los cristianos que viven la ciudad terrestre no son extraños al mundo político, y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil. (…)

La ciudad de Dios no propone un programa político; pero, en cambio, si ofrece reflexiones valiosas sobre asuntos fundamentales relativos a la vida social y política, como la búsqueda de una coexistencia más justa y pacífica entre los pueblos. Agustín advierte de los graves peligros de la vida política, que se eleva de falsas representaciones de la historia, de nacionalismos excesivos y de la distorsión del ideal del líder político.

El Papa resalta que hay de verdad muchas similitudes entre el siglo quinto y nuestros días, es decir, “en ese entonces y ahora vivimos eras de movimientos migratorios generalizados; hoy, al igual que entonces, vivimos un tiempo de reajuste profundo – de desequilibrios geopolíticos y de paradigmas culturales, como entonces, en la palabra del Papa Francisco, nos encontramos no en una era de cambio, sino en cambio de era.”

Sólo la paz los hace lucir mejor

La referencia papal a La ciudad de Dios de San Agustín describe el dilema geopolítico que enfrenta el mundo de hoy. Advirtió con firmeza que los que vemos hoy es la debilidad del multilateralismo. “Una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes cede su lugar a pasos agigantados a la diplomacia de la ‘fuerza’ tanto de individuos como de grupos de aliados. La guerra está de vuelta y el celo por la guerra se extiende.

El principio establecido luego de la Segunda guerra mundial, que prohíbe a las naciones hacer uso de la fuerza para violar las fronteras de otros, ha sido minado por completo. La paz ya no se busca como un presente y como un bien deseable en sí, o en la búsqueda del establecimiento del universo ordenado por la voluntad de Dios, con forma más perfecta de justicia entre los hombres. (…) en cambio, se procura la paz por las armas como la condición para asegurar el dominio.

Esto amenaza gravemente el imperio de la ley, que es el principio de toda coexistencia pacífica.” Aun si básicamente no hay nadie que no desee la paz, la diferencia es que quieren alcanzarla sobre el pueblo y dominar, es decir, quieren la paz que mejor les acomode. Por lo tanto, no desean la paz, sino tan sólo la paz que desean.”

El Papa recordó a los asistentes que “fue precisamente esta actitud la que condujo a la humanidad a la tragedia de la Segunda guerra mundial. En sus cenizas nacieron las Naciones Unidas, cuyos ochenta años se acaban de celebrar. Las Naciones Unidas se establecieron por la determinación de 51 naciones como el centro de la “cooperación multilateral” para evitar futuras catástrofes mundiales, para salvaguardar la paz, para defender los derechos fundamentales del hombre y para promover el progreso sostenido.”

El Papa recalcó con vehemencia la “importancia del derecho humanitario internacional,” que, además garantizan un mínimo de humanidad en los desastres de la guerra, es un compromiso que han asumido los estados. Ese derecho siempre prevalece sobre las ambiciones de los beligerantes, para mitigar los efectos devastadores de la guerra, así como en la reconstrucción. “No podemos ignorar que la destrucción de hospitales de la infraestructura energética, de hogares y de lugares esenciales para la vida cotidiana, constituye una violación del derecho humanitario internacional.

La Santa Sede reitera con firmeza su condena a toda forma de incorporación de civiles a operaciones militares. Espera, igualmente, que la comunidad internacional recuerde que la protección del principio de inviolabilidad de la dignidad humana y de la santidad de la vida siempre cuenta más que cualquier interés nacional.

Por todo esto, el Papa pidió un “papel fortalecido” de las Naciones Unidas que desempeñé un rol clave para fomentar el diálogo y el respaldo humanitario, en la ayuda para construir un futuro más justo. Esto significaría un esfuerzo que buscaría normas más eficientes para alcanzar la unidad de la familia humana, un lugar de las ideologías. A la luz de las múltiples voces que escuchamos en el “Foro económico mundial de Davos,” esta advertencia podría entenderse como una clara advertencia a Occidente -el gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea (UE)- más específicamente, para actuar con más sentido de la responsabilidad y para hacer todo lo que esté a su alcance para llevar la guerra de Ucrania a un fin pacífico.

El multilateralismo está vinculado al uso correcto del lenguaje

El Papa hizo una observación, al vincular el “multilateralismo” que hoy se entiende como el principio por el que muchos países con diferentes visiones y metas trabajan juntos, para describir el dilema en relación con el uso correcto del lenguaje:

“Para iniciar el diálogo, tiene que haber un acuerdo sobre las palabras y los términos que habrán de usarse. (…) Redescubrir el significado de las palabras es, quizás, una de las primeras dificultades de nuestro tiempo. Cuando las palabras pierden su relación con la realidad y la realidad misma se convierte es debatible y, finalmente, incomunicable, nos convertimos en esos individuos que San Agustín dice que están obligados a permanecer juntos sin que ningunos de ellos conozca el lenguaje del otro.”

El Papa deploró también que hoy el significado de las palabras sea cada vez más ambiguo:

El lenguaje ya no es el medio preferido por el cual los seres humanos se conocían y se encontraban unos con otros. El lenguaje se ha convertido en un arma con la que engañamos, o golpeamos y ofendemos a los oponentes. Necesitamos las palabras otra vez para expresar de forma inequívoca realidades distintas y claras. Sólo de esta forma podemos reiniciar el diálogo auténtico sin malas interpretaciones. Así debería ser en el hogar y en los espacios públicos, en la política, en la prensa y en los medios sociales. Esto es de verdad necesario para evitar conflictos y para asegurar que nadie intente prevalecer sobre los demás con el pensamiento de la fuerza, ya sea verbal, física o militar.

Destacó además que el debilitamiento del lenguaje se invoca con frecuencia en nombre de la “misma libertad de expresión.” También observó, de forma muy apropiada, que “es todo lo opuesto, que la libertad de expresión se garantiza precisamente con la certidumbre del lenguaje y por el hecho de que todo término está anclado en la verdad. Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la libertad de expresión genuina se está encogiendo con rapidez.

Al mismo tiempo que está apareciendo un nuevo lenguaje de estilo orweliano (¡), que en un intento de hacerse más inclusivo, termina excluyendo a los que no forman parte de las ideologías que los están alimentando.

Esta particular observación merece atención, dado que nuestro lenguaje cotidiano en los últimos años se ha distorsionado con las ideologías woke y de género. Es igualmente importante la observación que hizo el Papa de la inteligencia artificial (IA), que pone al hombre al ‘servicio’ de una máquina de lenguaje programada. (Esto es similar a la IA ChatGPT, que produce contenidos a partir de una reserva enorme de datos, pero sin intención, sin cración ni identidad personal. No es nada más que una acumulación gigantesca de algoritmos que la IA sintetiza para convertirla en una acumulación colectiva de ideas. (E.H, véase Roberto Simanowski: “Máquina de lenguaje -una filosofía de la inteligencia artificial”, C.H. Beck, 2025.)

La dignidad inalienable de toda persona

El Papa se quejó también de que “en muchos países cristianos se restrinja la posibilidad de proclamar las verdades del Evangelio por motivos políticos o ideológicos, “en especial cuando defienden la dignidad de los más débiles, de los no nacidos, de los refugiados y de los emigrantes o la promoción de la familia.” (¡) Por ello, “la Santa sede toma posición consistentemente en defensa de dignidad inalienable de cada persona. No se puede ignorar, por ejemplo, que todo emigrante es una persona y que como tal tiene derechos inalienables que deben respetarse en toda situación”.

Expresó de forma similar su preocupación sobre el papel de la familia, al subrayar que hoy la familia en particular enfrenta dificultades que la arrastran, Por una parte, existe una aterradora tendencia en el orden internacional a negar o a subestimar su papel social fundamental, lo que la conduce a su marginalización institucional. Por la otra, no podemos ignorar la creciente y dolorosa realidad de las familias frágiles, rotas, afligidas por las dificultades internas y por fenómenos perturbadores, entre ellos la violencia doméstica.

Por todo esto, insistió, hay que proteger la vida de las familias y de los niños por nacer. “A la luz de esta profunda visión de la vida como un regalo que hay que aplaudir y de la familia como guardián encargado, rechazamos categóricamente toda práctica que niegue el origen de la vida y su progreso. Al respecto, la Santa Sede expresa profunda preocupación por los diferentes proyectos dirigidos a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de alcanzar lo que llaman el derecho al aborto seguro.

También considera deplorable que los recursos públicos se destinen a suprimir la vida, en lugar de dedicarse a la atención de madres y familias. Esto va también por los embarazos subrogados. Además, le dedicó atención a los enfermos, a los ancianos y a los aislados.

La estulticia del orgullo

El Papa terminó su discurso refiriéndose de nuevo a La ciudad de Dios de San Agustín. Así, resaltó que mientras Agustín “le daba realce a la coexistencia de las ciudades divina y terrena hasta el fin de los tiempos, nuestra era parece inclinarse a negarle el derecho a la ciudadanía de la ciudad Dios. Pareciera que sólo existe la ciudad terrena, encerrada dentro de sus mismas fronteras. Buscando tan sólo los bienes inmanentes indeterminados, en lugar de lo ‘tranquilidad del orden’ que para Agustín es la misma esencia de la paz, que interesa tanto a la sociedad y a las naciones como al alma humana y que es esencial para toda existencia civil.

En la ausencia de principios trascendentes y objetivos, sólo prevalece el egoísmo, al grado de confundirse con Dios, quien gobierna la ciudad terrena. Tal como los señala Agustín, grande es la estulticia del orgullo en aquellos que creen que el bien supremo puede encontrarse en esta vida y que pueden ser felices por sus propios medios. El orgullo oscurece tanto la realidad como nuestro aprecio por los otros. No es coincidencia que el orgullo sea la raíz de todo conflicto.

A referirse al sangriento conflicto de Ucrania, la horrenda situación de los palestinos de Gaza, las tensiones en el mar Caribe y en la costa americana del Pacífico, la situación que afecta a la región de los Grandes lagos, el peligro de una nueva carrera de armas nucleares, y el peligro de regresar a la carrera de producir armas más sofisticadas, ahora por medio de la inteligencia artificial, el Papa retomó lo que ya había mencionado en su mensaje por el Día mundial de la paz (21-09-2025):

Perdimos nuestro sentido de realismo y nos rendimos a una visión parcial y distorsionada del mundo, desfigurada por la oscuridad y el miedo, allanando así el camino para el pensamiento de la confrontación, que es precursor de toda guerra. Sin importar la trágica situación que desfila ante nuestra mirada, la paz pareciera a un bien difícil, aunque realista. San Agustín nos hace recordar que la paz es el ‘objetivo de Dios,’ porque es el mismo objetivo de la ciudad de Dios a la que aspiramos, aun inconscientemente, y de la que podemos disfrutar por anticipado en la humildad de vivir en la verdad.

Imágenes: IA Gemini/Pixabay
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