Bolivar Hernandez*
Hace muchos años conocí en la universidad católica donde trabajaba como docente, a una bella profesora de economía. Perfecta se llamaba, y ella, obviamente, odiaba su nombre y a su madre por haberle puesto semejante apelativo.
No está de más contarles que Perfecta sufrió un intenso bullying o acoso escolar permanente a causa de ese nombre tan pretencioso que portaba.
En esa universidad privada dedicada a instruir, que no a preparar, a las clases pudientes, conocí a Perfecta en el Club de Profesores de esa universidad. Coincidían nuestros periodos de clases y de descanso durante el día; y pues el refugio de los maestros era ir al club de profesores en los descansos a beber café con galletitas corrientes. Esto no era gratuito porque nos descontaban una cuota mensual de la nómina.
En esos convivios cotidianos en el club de profesores, se discutían asuntos docentes, también corrían ahí los chismes o rumores sobre los directores de las carreras, o de los profesores y sus problemas personales y/o familiares.
Pueblo chico, infierno grande
Los corrillos en las mesas eran de profesores de las mismas carreras, no había relaciones con docentes de otras áreas, eran raro que eso ocurriera. Eran relaciones endogámicas, por supuesto. Todo sucedía sólo entre colegas de profesión. Antropólogos con antropólogos, economistas con economistas, etcétera, etcétera.
Yo ya le había puesto el ojo encima a esa chaparrita bonita y elegante, sin saber su nombre aún. A un amigo en común, le pedí el favor que me presentara con ella.
Y así ocurrió un día en que esa chaparrita iba con un pantalón de cuero negro, botas altas hasta la rodilla, una blusa blanca con aplicaciones al frente, una especie de revuelos, como una blusa del renacimiento. Peinada con un chongo alto. Un collar de perlas naturales completaban su atuendo ese día memorable. Las profesoras de esa universidad privada se vestían bien, pero sin elegancias extremas.
Me presentó mi amigo Guillermo con Perfecta
Hacía tiempo que ambos nos teníamos ya en el radar. Yo era un profesor muy popular entre el estudiantado, pues impartía clases en cuatro carreras distintas. Ella solo en economía, pero había escuchado de mí algunas anécdotas divertidas. Como el día que hipnoticé a un grupo de alumnos en plena clase.
En ese momento de nuestras vidas, Perfecta y yo estábamos solteros sin compromisos, ya habíamos pasado por divorcios necesarios.
Perfecta tenía varios pretendientes tanto dentro de la universidad como fuera de ella. Así que me apliqué con mucha astucia para seducirla, ¡y lo logré!
Ella venía de Europa, donde estudió un doctorado en economía, y ahí estuvo casada con un miembro de la realeza española. Vivía bien, cómoda, y sin apuros económicos. Concluyó sus estudios de posgrado y se divorció del marido aquel, y volvió a su país. Llegó con costumbres de una buena vida burguesa.
Comía sólo delicatessen y bebía buenos vinos todo el tiempo. Ella me educó en esas artes del buen comer y el buen beber, aunque he dicho en otra parte que soy abstemio, pero soy capaz de beber una copa de un buen vino tinto francés.
Después de unos cuantos meses de noviazgo al estilo europeo, con mucha independencia y libertad, decidimos convivir bajo el mismo techo.
Mi mini departamento
Era inapropiado para albergar a una dama de esa categoría y alcurnia, así que me trasladé con mis pocas pertenencias a su amplio departamento, en una zona residencial del poniente de la Ciudad de México.
Desde que me instalé en sus dominios, las reglas las puso ella, todas.
Algunas de sus reglas eran:
Aquí se come fino y elegante, y se bebe solo vino tinto francés. También, me avisó que ella solo dormía con sábanas de seda, o bien con sábanas de algodón, pero de 300 hilos.
Entendí el mensaje. Me tocaba buscar esas sábanas de algodón de 300 hilos. O de seda, y éstas no intenté buscarlas porque imaginaba su alto costo. Entonces me lancé a buscar sábanas de algodón de 300 hilos, por cierto, muy caras también.
Le di gusto a Perfecta.
Esta relación terminó poco tiempo después de vivir juntos como grandes burgueses, porque yo era un simple pequeño burgués sin ningún título nobiliario, y ella era una perfecta princesa o reina, o vaya usted a saber…
