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La fantasía hollywoodense del “Acuerdo de Mar-a-Lago”

Luy

Desde hace algún tiempo se habla mucho sobre un cierto Acuerdo de Mar-a-Lago, un plan mediante el cual la presidencia de Donald Trump intentaría resolver los dobles déficits de Estados Unidos, comercial y de gasto público. Mar-a-Lago es la residencia privada de Trump, donde se toman las decisiones estratégicas más importantes de su mandato.

Mario Lettieri y Paolo Raimondi, desde Roma*

El plan sigue las instrucciones contenidas en el dossier “Una Guía del Usuario para Reestructurar el Sistema Global de Comercio”, preparado para el entonces presidente electo por el economista Stephen Miran, en noviembre pasado. Miran encabeza ahora el Consejo de Consultores Económicos de la Casa Blanca.

Su argumento es que el dólar está persistentemente sobrevalorado, en gran parte, porque los activos denominados en dólares funcionan como una moneda de reserva mundial. Esta sobrevaloración pesa mucho sobre el sector manufacturero estadounidense, mientras los sectores financierizados de la economía se benefician.

La verdadera causa del colapso industrial, -ignorada olímpicamente- es la tercerización, es decir, la transferencia de la producción de empresas estadounidenses hacia otros países con bajo costos de mano de obra y sin ningún control.

La deuda pública llegó a 36 billones de dólares, para el año fiscal de 2025

La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) proyecta un déficit presupuestario de 1.9 billones de dólares; el déficit comercial, solamente en el sector de bienes, es superior a 1.2 billones de dólares, mientras los servicios representan un superávit de casi 300 mil millones de dólares. Todas estas son tendencias en constante crecimiento.

Para resolver los problemas, se argumenta que el dólar debería ser desvalorizado, ya que una moneda fuerte sería responsable del gigantesco déficit comercial y las actuales condiciones para las inversiones extranjeras en EUA también deberían alterarse. Según esto, debe volver la deuda más sustentable, las exportaciones más competitivas y las importaciones menos accesibles.

El plan fue inspirado en el Acuerdo Plaza de septiembre de 1985, según el cual los Estados Unidos negociarían una desvalorización del dólar con sus principales socios comerciales. El dólar estaba sobrevalorado gracias a los enormes aumentos en las tasas de interés iniciados por Paul Volcker en octubre de 1979. En 1981, la tasa de interés llegó a un pico superior del 20%. Esta operación, enteramente “made in USA”, cuya intención era contener la inflación, también arruinó todo el sistema internacional de deuda, castigando especialmente a los países en desarrollo.

El Acuerdo Plaza, llamado así en referencia al hotel de New York donde se realizó la reunión, es considerado el último ejemplo de política monetaria coordinada abiertamente en nivel global. Es claro que hay muchas diferencias entre la economía actual y la de la década de 1980. De inicio, la relación deuda/PIB (producto Interno Bruto) está hoy por arriba del 120% contra el 40% de la época.

Regresando al Acuerdo de Mar-a-Lago, éste prevé una posible revaluación de las reservas de oro, para permitirle al Departamento del Tesoro emitir nuevos títulos para comprar otras monedas internacionales, aumentando su valor y, consecuentemente, causando una devaluación del dólar.

A nuestro parecer, el razonamiento por detrás del nuevo acuerdo es muy, muy simplista. Se argumenta que, una vez que los EUA provean al resto del mundo seguridad y acceso a sus mercados y consumidores, Washington, a cambio pedirá tres cosas: una devaluación del dólar en relación con otras monedas importantes, para convertir más competitivas a sus exportaciones; una revitalización de su sector industrial y la transformación de la actual deuda del Tesoro en posesión de países y grupos extranjeros en nuevos títulos con vencimiento a cien años.

Estas medidas nos parecen verdaderamente fantasiosas, típicas de un imperio en decadencia y en fase terminal. Y Trump todavía añade a su propio cargamento personal, las tierras raras de Ucrania, Groenlandia, Canadá y otros países.

Para lograr semejantes resultados

El gobierno pretende usar el arma de los aranceles para presionar a otros países y forzarlos a firmar el acuerdo. Dice que los aranceles también impulsarán la industria estadounidense. Una ilusión, un piadoso deseo de aquellos que perdieron la brújula y todo el conocimiento de las reglas fundamentales del desarrollo económico, tecnológico y de la modernización.

El segundo movimiento consistiría en la creación de un fondo soberano estadounidense, mediante el cual sería posible comprar monedas extranjeras para devaluar al dólar. Igualmente, prevé el uso del Fondo de Estabilización Cambiaria, un fondo de reserva de emergencia creado en 1934 por la Ley de Reserva de Oro (Gold Reserve Act).

Aquellos que conocen un poco de la historia de EUA, reconocerán en la medidas una reinterpretación fuera de contexto de algunas de las ideas de los Padres Fundadores del país, entre ellos “El Informe sobre las manufacturas y el Informe sobre el Banco Nacional”, del secretario del Tesoro Alexander Hamilton. No obstante, las personas no quieren entender que los aranceles pueden servir como una herramienta de defensa para que una economía emergente pueda enfrente las restricciones del subdesarrollo impuestas por la supremacía colonial. Era la situación de la joven república estadounidense con relación al Imperio Británico. Pero esto no es verdad en los EUA de hoy, una nación dominante que se considera la más tecnológicamente avanzada del mundo.

El choque para los inversionistas causado por la avalancha de órdenes ejecutivas y amenazas de nuevas tarifas es adrede. Se anuncian acciones punitivas para aquellos que no acepten la nueva política. En realidad, bajo el liderato de Trump, el Acuerdo de Mar-a-Lago también pretende sustituir a la Reserva Federal como la principal institución de poder financiero y monetario.

El objetivo de la visión del llamado “Acuerdo” es crear un gran escenario, en el cual los EUA de Trump demostrarán su poder coercitivo para cambiar unilateralmente todos los parámetros básicos de la economía mundial.

En noviembre, Stephen Miran ya había anticipado el primer movimiento de Trump sería sobre aranceles, para evaluar el sistema y ejercer presión y amenazas, especialmente contra aliados. El día 2 de abril llegó, con sus perturbadoras perspectivas.

*MSIA

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