Bolivar Hernandez*
La costumbre de ‘sopear‘ la adquirí tempranamente en mi infancia, cuando llegué de México a Cuilapa, el pueblo de mi padre, yo tenía 2 años. Y muy pronto fui criado amorosamente por las tías de mi padre, unas señoras que eran señoritas, porque nunca se casaron, y que me consentían demasiado.
Sobre todo la mamá Lotía, Carlota, me enseñó a comer al estilo guatemalteco, varios antojitos de maíz:
Atoles y tamales; a tomar café con pan dulce, a beber aguas gaseosas, a comer caramelos en abundancia; cosas que a mi padre le hubiera enfadado mucho saber cómo estaba siendo alimentado.
De estas costumbres arraigadas desde la infancia, perduran hasta el día de hoy una de ellas: la de “sopear el pan dulce en el café”.
Sopear significa remojar el pan en el café…
Mojarlo, y llevárselo a la boca de inmediato. Es una exquisitez para muchos guatemaltecos niños, y adultos también.
En mi niñez llevé el acto de sopear a extremos: Sopeaba el pan dulce en un vaso de agua gaseosa sabor (color) frambuesa. Me encantaba observar cómo esa pieza de pan dulce sumergida en el refresco, se impregnaba de burbujas.
He sopeado en atole, en chocolate, en café; y en leche no, porque soy intolerante a la lactosa.
Toda mi vida, que es muy larga ya, he sopeado el pan en el café.
En todos mis matrimonios con mujeres de otras culturas, la costumbre de sopear les parecía un acto desagradable e incomprensible. Me lo criticaban fuertemente y me impedían enseñar esa fea costumbre a los hijos que procreé con ellas.
Obviamente, les enseñé a sopear a todos mis hijos y nietos, en contra dé la opinión de sus madres. Y todos mis vástagos disfrutaron de ese extraño placer de su progenitor.
Cuando yo sopeaba mis panes dulces en el café o chocolate, al momento de que el pan se remojaba dentro del líquido que fuera, se desprendían migajas que se asentaban en el fondo de la taza, y mis esposas las denominaban submarinos o restos sumergibles.
Submarinos que yo bebía al final con gran alegría
Y ellas ponían caras de asco al verme hacer esa osadía. Han transcurrido 78 años y yo sigo empeñado en beber el café con un pan dulce, sopeado. Es un pequeño placer imposible de abandonar.
Sopear, en el argot policiaco, significa que el acusado confiese o suelte la sopa…
Mi clan Hernández es un grupo humano peculiar que disfruta sopear sus panes dulces en el café o en la leche, pienso que el responsable de eso, soy yo.
*La vaca filósofa.
