Bolivar Hernandez*
Salgo de madrugada a caminar por la avenida principal de la finca donde vivo, y me encuentro a un vecino, un hombre de mediana edad, llorando desconsoladamente. Emanan de su boca efluvios alcohólicos, está borracho aún. Y me pide ayuda.
Quiere hablar, desahogarse, y quejarse de su miserable vida matrimonial. Tiene el rostro lleno de rasguños. Su esposa lo agredió tanto en forma física como en lo emocional.
Tienen tres hijos adultos, y ninguno de ellos le dicen papá, sino por su nombre de pila, Joshua. Está tramado por su mujer. Su esposa lo ofende todo el santo día, de perdedor no lo baja, y lo cubre de epítetos denigrantes.
Los motivos de una relación enferma entre ellos, obedece a una infidelidad de él, hace muchos años. Y a los celos desbordados de su esposa. ¡No lo perdona!
El alcoholismo de Joshua no es una razón del rencor de su pareja
Siempre ha sido borracho desde que ella lo conoció. Y ella pensó que lo iba a apartar del vicio, y 45 años después, ya se dio por vencida. ¡No pudo!
Después de escuchar su largo relato, 50 minutos, en la banqueta. Le hice una sola pregunta:
-¿Y qué hacen juntos?
Pero no pudo responder, se quedó tirado en la acera, durmiendo la mona…
*La Vaca Filósofa

