Arturo Rios
La costa de Guerrero se caracterizaba por sus selvas vírgenes, muy espesas, cuando llegaron los primeros habitantes a poblarla. Muchas zonas de su región nunca habían sido pisados por un pie humano.
En ese inhóspito territorio, la enfermedad de Lázaro le hacía perder su piel, se le descarnaba. De hecho, ya no sentía las extremidades. El mal de ese desdichado custodio era incurable, padecía lepra.
Por ende, nadie se le acercaba, ni siquiera quienes más lo querían y fue condenado al destierro. Los vecinos se atrevieron a apedrearlo, y nadie salió en su defensa.
Con la poca energía que le quedaba, el hombre huyó del pueblo. Llegó a un lugar donde había águilas, cuyas alas medían tres metros y florecían las palmeras de cayaco, planta exótica muy popular en la costa de Guerrero y otras localidades de clima tropical. Era un pequeño prado, cruzado por un arroyito amenazado con secarse.
Ese lugar escogió Lázaro para morir…
Había variedad de plantas comestibles, se acostó en el pasto y durmió. Despertó con sed, tomó agua del arroyito y curó la resequedad. Ahí estuvo tomando agua y comiendo los cayacos que abría con unas piedras.
Cuando se enfadaba de los cocos, consumía las plantas agridulces del lugar; comida no le faltaba.
Un día, al despertar, vio cómo sus heridas desaparecían. Sintió las extremidades. Lloró de alegría y siguió ahí. ¡Se curó!
Buscó entonces el motivo de su alivio. Siguió el arroyo y llegó hasta donde brotaba el agua de una ladera y encontró el cadáver de una víbora de cascabel que se deshacía en el ojo de agua.
Fuente: Libro Mil y una crónicas de Atoyac, de Víctor Cardona Galindo

