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La opacidad del gobierno de AMLO y sus ojos opacos

Sergio Uzeta Murcio*

Hace muchos años, en la década de los 90, cuando yo dirigía los noticiarios de Once TV, tuve la oportunidad de entrevistar a Andrés Manuel López Obrador, cuando estaba recién llegado de Tabasco y buscaba afanosamente la presidencia nacional del PRD.

La cita fue en la casa de Pablo Gómez, hoy flamante titular de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) de la Secretaría de Hacienda, en la zona de Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México.

Comenzó la grabación y yo inicié con las preguntas para AMLO. De repente, él suspendió el rodaje aduciendo que yo tenía una mirada muy fuerte que lo amedrentaba.

Yo le expliqué que un entrevistador tiene que clavar la mirada en su interlocutor para poder seguir de mejor manera el flujo de sus ideas, por lo que me resultaba indispensable seguir atentamente su mirada. Que nada extraño había en ello, mucho menos una mala intención.

Con el paso de los años

Recuerdo que tras esa entrevista, noté que López Obrador era un animal político con gran hambre y sed de poder; ¿y qué?, pensé, llegaría muy lejos, incluso hasta la presidencia de México.

Sin embargo, también noté que los ojos de AMLO decían más que las palabras que salían de su boca. No lo sentí sincero, sino a la defensiva, como si temiera el ser descubierto por algo que hubiera hecho.

Me llamó la atención que sus ojos eran opacos, casi sin brillo. Una característica de personas que no son del todo sinceras o que ocultan algo.

Al paso de los años, ya en la silla presidencial, el andar del presidente López Obrador se ha caracterizado por la desconfianza, la mentira y la creación de una narrativa que le permite darle la vuelta a la realidad para establecerse en un mundo paralelo.

Esta fórmula le ha servido, cual encantador de serpientes, para sobrevivir políticamente durante años. También le ha sido útil para darse el margen de maniobra que requiere para tratar de ocultar el fracaso de su gobierno.

Pero ahora, cuando ya se apaga su sexenio

La falta de resultados comienza a pesar tanto que no hay discurso ni cortina de humo que sea tan grande como para ocultar el mal gobierno de la llamada Cuarta Transformación.

Los ojos opacos de López Obrador son el símbolo de la opacidad con la que se ha conducido su gobierno en las áreas más sensibles para las familias mexicanas, comenzando por la creciente inseguridad, corrupción e impunidad, siguiendo por la precaria situación del sistema de salud y, ahora, por la bajísima calidad de la educación pública.

Esa opacidad se ha trasladado a la falta de transparencia de su gobierno, incluyendo los intentos por minar al INAI, y las acciones para reservar información relevante sobre las mega obras del sexenio arguyendo motivos de seguridad nacional.

Este punto, el de la opacidad, se convierte ya en un sello característico de los gobiernos de Morena y la llamada 4T y, seguramente, estará en el centro de las campañas y debates políticos en las elecciones del 2024.

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